Los polvos no deben ser públicos / Sexo con Esther

Los polvos no deben ser públicos / Sexo con Esther

Al cuerno la explotación del sexo como atracción turística.

Sexo con Esther

El sexo requiere de una estética y de una puesta en escena que permita sacarle el jugo en un contexto de placer y de intimidad.

Foto:

123RF

30 de julio 2017 , 01:07 a.m.

Aunque defiendo, por encima de cualquier cosa, el derecho natural de la gente a ejercer su sexualidad, esto exige –a mi modo de ver– una serie de condiciones que al pasarse por alto convierten esta función en una manifestación incómoda y hasta cuestionable.

Y no es que haya caído en la mojigatería, ni mucho menos, pero tengo que decir que el sexo requiere de una estética y de una puesta en escena que permita sacarle el jugo en un contexto de placer y de intimidad.

Así como para comer o dormir, con las excepciones de rigor, se ajustan a unas pautas (que no normas) que hacen que los objetivos de estas tareas se cumplan de la mejor manera, el sexo –que también es una tarea vital– las tiene.

Y empiezo por decir que los polvos no son públicos, simplemente, porque en su papel de trabajo orgánico no se puede transformar, así como así, en un espectáculo público, y menos en una atracción turística.

Pues, resulta que en el veraneadero del Mediterráneo llamado Cap d’Agde, al parecer, todo esto les parece una tontería, y se ha convertido, por estos días, en la capital mundial del “todo está permitido”, al punto de que, en ataques de originalidad, la gente puede desde ir en pelota al supermercado hasta participar en orgías a la vista de todos y en medio de aplausos.

Lo molesto es que esta oferta de turismo sexual es la que utiliza este pueblo de la villa costera al sur de Francia para atraer a miles de ganosos que creen que estos desfogues temporales los ubican en el talego de los de mente abierta.

Tonterías, digo yo, porque si, de veras, fueran de avanzada, no tendrían que recurrir a estos artilugios comerciales que desdibujan la sexualidad y promueven estúpidamente desmanes a su nombre. Por más que dicho lugar se presente como una comunidad naturista, eso no tiene nada que ver con la torpe exaltación de los polvos callejeros, y menos para explotarlos con fines comerciales.

De ahí a delitos que involucran sexualmente y en prostitución a menores, a la trata de personas y a otro tipo de abusos, solo hay unos pasos.
Así que, al cuerno la explotación del sexo como atracción turística y la cualificación de los lugares que se lucran de ella como desarrollados. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Especial para EL TIEMPO

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