¿Uno viene con las encamadas contadas? / Sexo con Esther

¿Uno viene con las encamadas contadas? / Sexo con Esther

Diferentes corrientes plantean retener el orgasmo masculino o explorar los límites del mismo.

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Para los taoístas, la eyaculación es exhaustiva y genera pérdida de potencial sexual.

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123RF

03 de septiembre 2016 , 11:55 p.m.

Y algo que había de ser desde entonces la razón de su vida: la convenció que uno viene al mundo con los polvos contados, y los que no se usan por cualquier causa, propia o ajena, voluntaria o forzosa, se pierden para siempre”.

Esta máxima de Florentino Ariza en ‘El amor en los tiempos del cólera’, del gran Gabo, que armonizaba –perfectamente– en la práctica con los desafueros cómplices junto a la viuda de Nazaret, a la que le “había enseñado que nada de lo que se haga en la cama es inmoral si contribuye a perpetuar el amor”, contrasta con la “continencia sexual” que recomienda el milenario taoísmo.

Este sistema de filosofía de vida, creado, por Lao Tsé, les plantea a sus seguidores que retener el esperma en el cuerpo, sin eliminarlo por eyaculación o polución nocturna “amplifica eternamente la disposición erótica de aquellos que se aman”.

En otras palabras, que supriman su tendencia o deseo de eyacular y que, ni de vainas, se dejen dominar por algún mecanismo instintivo.

Todo porque, para ellos –los taoístas– la eyaculación es exhaustiva y genera pérdida de potencial sexual, de energía sutil y de fluidos vitales, que tarde o temprano llevan a la depresión. Cosa complicada, que –mal traducida del mandarín– quiere decir que los polvos hay que ahorrarlos.

Postulado que, al tenor del fogoso Ariza, no sería otra cosa que polvos que se perderían, sin más ni más. Argumento que sería refutado por el mismo Tsé, diciendo que el enamoradizo “garciamarquiano” solo buscaba encamarse y terminar, pero no propender por el verdadero éxtasis erótico que es mental, espiritual y nada tiene que ver con la eyaculación.

Orgasmos de verdad, diría Tsé, sin polución.

Ahora, no se trata de mirar quién tiene la razón. Para mí, un Ariza que incitaba a cambiar la posición del misionero y estuvo a punto de romperse la vida al reventarse “los hicos” al tratar de inventar algo distinto en la hamaca, disfrutaba el placer físico que se desprende de un buen polvo; mientras que los taoístas, al buscar la comunión multidimensional que deja en la conciencia un orgasmo sin esperma, le sacan jugo al placer emocional.

Dos cosas buenas que pueden complementarse.

Pero, si me ponen a escoger, prefiero ahorrar los polvos para echarlos cuando toca y con quién toca. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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