El peligro de los polvos reprimidos / Sexo con Esther

El peligro de los polvos reprimidos / Sexo con Esther

El sexo ha sido objeto de intromisiones ligadas a la moral, a la religión y a normas culturales.

Sexo

Ir a la cama es una necesidad natural que se modula de acuerdo con los preceptos integrales de cada persona y no de otros.

Foto:

123RF

26 de marzo 2017 , 12:13 a.m.

El sexo, entendido como la actividad biológica, hay que decirlo claramente, es una función vital y no una mera opción que se ejerce al vaivén de factores y condicionantes externos. En otras palabras, ir a la cama es una necesidad natural que se modula de acuerdo con los preceptos integrales de cada persona y no de otros.

No hay duda de que, al estar ligado al placer básico, el sexo ha sido objeto de intromisiones ligadas a la moral, a la religión y a normas culturales que lo han separado de su razón de ser y lo han ubicado en el estante de los pecados, lo prohibido y lo censurado, al punto de que se ha despojado de sus esencias biológicas y evolutivas y pasó a ser la única función orgánica que el cuerpo no puede ejercer de manera autónoma.

Absurdo, porque es como si para comer o respirar –funciones similares– se tuviera que, primero, mirar si lo permiten el Código de Policía, la religión y hasta los vecinos.

En ese contexto, la sexualidad quedó en el bajo mundo de lo cuestionable, de lo clandestino, de lo pecaminoso, donde quienes la disfrutan a plenitud son señalados de ligeros, irresponsables e inmorales, condiciones que, de paso, facultan a cualquiera para que participe en esos juicios “útiles para preservar los valores que sostienen a la sociedad”, con lo que se abre camino a la mojigatería y los desmanes.

De ahí los resultados: una sexualidad reprimida de manera antinatural que en ocasiones se desborda con expresiones que pueden bordear lo riesgoso o lo ilegal. Prácticas inseguras, embarazos indeseados, abusos, violencia y algunos delitos sexuales tienen como incubadora esta coacción y el freno de una sociedad que impide incluso que se hable del tema y se eduque con claridad desde la primera infancia.

Que parece una perorata, pensarán ustedes; y no se equivocan, porque la intención es rebatir los estudios que fundamentan la tonta idea de que los buenos polvos están emparentados con la felicidad por el mero hecho de permitir el goce. Nada más frágil, porque sería como decir que alguien es más feliz simplemente porque puede dormir bien.

Una investigación publicada en ‘Personality and Social Psychology Bulletin’ demostró que las buenas encamadas por sí solas no desencadenan júbilo, pero son un pilar fundamental del bienestar general y un ingrediente infaltable para abordar con eficiencia la cotidianidad. Así de simple. Ya es hora de devolver a los polvos su prosaico y delicioso papel de función orgánica vital y quitarles la túnica moral que los convirtió en amenaza social. Empiece por hacerlo con los suyos. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA