La rabia, una asesina que vuelve a estar entre nosotros

La rabia, una asesina que vuelve a estar entre nosotros

Al parecer, los perros ya no son un riesgo, pero aún hay víctimas con los gatos como protagonistas.

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Los expertos recomiendan hacer énfasis en las campañas de vacunación de los animales.

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Archivo / EL TIEMPO

05 de febrero 2017 , 02:12 p.m.

La muerte de una mujer joven por rabia en un hospital de Bogotá, después de haber sido mordida por una gata traída de la región del Tequendama, en Cundinamarca, volvió a encender las alarmas frente este milenario mal, esencialmente mortal para los humanos.

Aunque la escasez de casos –que en el país se cuentan de a uno por año en los últimos tiempos– podría ser muestra de la efectividad de las campañas sanitarias, lo cierto es que la circulación del agente en su modalidad salvaje en una zona en la que se han presentado las tres últimas víctimas mortales exige, de acuerdo con Hernando Nieto, presidente de la Asociación Colombiana de Salud Pública, una revisión de los factores que determinan los ciclos y la supervivencia de este germen que ha acompañado a la humanidad durante toda su historia.

La rabia es una de las enfermedades más antiguas del mundo; tanto, que se considera que apareció al mismo tiempo con los mamíferos carnívoros, que son los que la padecen. Por el terror que produce su presencia, ha sido descrita por los grandes historiadores y literatos de todas las épocas. Se han encontrado referencias sobre ella en la antigua Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma.

En su tesis sobre el tema, Margarita Cediel, magister en salud pública, dice que el término ‘rabiem’ pudo haber sido derivado de la palabra ‘raviem’, que significa “locura” o en otro sentido “ronquido de la voz”, refiriéndose al hecho de que cuando un perro resulta enfermo, no puede ladrar. Independientemente del origen etimológico, las definiciones apuntan a la consecuencia de la infección: una conducta incontrolada y violenta.

(Editorial: La rabia sigue aquí)

Historial en el país

En Colombia, los primeros datos oficiales de la enfermedad son muy recientes. La historia se inicia en 1903, cuando un gato mordió a la hija de Antonio Samper Brush, fundador de la Empresa de Energía de Bogotá, y a su empleada de servicio, y ante la ausencia de recursos en el país, las tuvo que enviar a Estados Unidos para que fueran vacunadas. Años después, otro hijo del empresario, Bernardo Samper Sordo, fundó el primer laboratorio para investigar este tipo de enfermedades, que luego dio origen al actual Instituto Nacional de Salud.

Desde entonces, la rabia en el país ha sido considerado un problema de salud pública y su control ha sido una prioridad específica, que, valga decir, en su ciclo urbano ha dado buenos resultados. De hecho, en el 2014, el Ministerio de Salud anunció que se estaba cerca de cumplir la meta de eliminación de la rabia humana transmitida por perro, propuesta por la Organización Mundial de la Salud (OMS), sobre la base de que desde enero del 2007 no se reportan casos de este tipo.

Pero la situación es otra con la variedad salvaje o silvestre del virus, en la que los gatos han adquirido mayor importancia como transmisores de la enfermedad de los murciélagos a las personas, en razón, según el Ministerio, de sus hábitos nocturnos y de caza que los exponen al germen por el contacto con murciélagos enfermos. La evidencia demuestra que todos los casos de rabia humana en los últimos años, incluido el del mes pasado, han tenido a los gatos como responsables del contagio.

En palabras de Martha Lucía Ospina, directora del Instituto Nacional de Salud, esto significa que el hombre ha invadido espacios naturales y por eso tiene contacto, al igual que sus mascotas, con animales como murciélagos y zorros. “Deben, entonces, extremarse las medidas para mantener la fauna alejada de los sitios de vivienda”, dice Ospina.

Otro componente que actúa en contra del control efectivo es el desconocimiento que profesionales de la salud y la mayoría de la población tienen desde conceptos básicos hasta la historia natural de la enfermedad, sus periodos de incubación y las manifestaciones clínicas, asegura Gustavo Pradilla Ardila, profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad Industrial de Santander, en un artículo publicado en la revista de ese centro académico.

Prevención, la clave

Si la única medida efectiva en 28 siglos para poner a raya esta patología es una vacuna, no queda más que fortalecer los programas oficiales de control que tienen bases definidas. “Hay que circunscribir esfuerzos para reforzar las coberturas de vacunación nacionales mediante campañas de corto plazo por lo menos durante 2 o 3 años consecutivos”, recomienda la salubrista Natalia Cediel.

De igual forma, urge la adecuación de centros de zoonosis en las zonas de mayor circulación del virus, los censos específicos y el control de perros y gatos callejeros, y la instrucción adecuada en las escuelas de formación de profesionales de la salud, así como la permanente ilustración de la comunidad a través de programas sólidos de educación.

“Debido a su desenlace fatal, todos estamos obligados a pensar en la rabia ante cualquier mordedura o accidente traumático con un animal. Debe estar en nuestro pensamiento, porque es la única manera de evitarla y no morir por ella”, insiste Iván Riaño, director de la Unidad de Cuidado Intensivo del Hospital San Ignacio, de Bogotá, donde falleció la última persona en el país por esta aterradora enfermedad.

Abecé de un mal mortal

¿Qué es?

La rabia es una zoonosis, fatal y transmisible, causada por el virus rábico que afecta a los animales de sangre caliente, incluido el hombre.

¿Cómo se transmite?

El virus se transmite por el contacto con la saliva de un animal que lo ha contraído a través de una mordedura o de un rasguño.

¿Cuánto dura su periodo de incubación?

La incubación del virus varía entre dos y ocho semanas, pero puede ser de solo tres días o incluso de hasta un año.

¿Cuáles son los síntomas?

Como el virus tiene una afinidad especial por el sistema nervioso, los síntomas pueden incluir angustia, dolor de cabeza, alteraciones de la sensibilidad y fiebre, que evolucionan hasta paralizar el cuerpo; delirio, convulsiones, coma y muerte por parálisis respiratoria y otras complicaciones.

¿Qué hacer ante una mordedura o rasguño de un animal sospechoso?

Lavar la herida con abundante agua y jabón. Acudir de inmediato a la entidad de salud más cercana. Aplicar rigurosamente las vacunas, en caso de que sean formuladas.

Alertas extremas

Autoridades de salud insisten en vigilar a perros y gatos domésticos.

Deben ser vacunados desde los tres meses de edad.

En caso de adopción o de recoger animales de la calle, es obligatoria la revisión por parte de un veterinario y la aplicación de las vacunas, antes de tener contacto directo con ellos.

Tener a la mano los certificados de vacunación.

Estar alerta y notificar a las autoridades de salud los cambios de conducta o la aparición de agresividad o cualquier tipo de ataque que presente el animal.

En caso de quedar bajo observación, no venderlos ni regalarlos o cambiarlos de domicilio.

Informar de inmediato a las autoridades sanitarias cualquier cambio de conducta o del estado de salud del animal agresor.

Fuente: Sandra Liliana Valderrama, jefe de la unidad de infectología del Hospital San Ignacio, de Bogotá.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO

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