El ángel y el demonio que todos llevamos dentro

El ángel y el demonio que todos llevamos dentro

Bondad y maldad conviven en todas las personas y su expresión depende de circuitos cerebrales.

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Algunos ponen el actuar del ángel o del demonio en el ADN.

Foto:

Archivo particular

30 de octubre 2016 , 10:10 a.m.

"El bien y el mal luchan constantemente y el terreno de esa lucha es el corazón humano", decía el escritor ruso Fiódor Dostoyevski para referenciar el pulso permanente que estos dos conceptos tienen en el interior de cada persona; pero, al tenor de la ciencia, el cerebro sería el mejor cuadrilátero para ese enfrentamiento.

De hecho, son muchas las investigaciones orientadas a identificar dónde están los domicilios de ese ángel que invita amigablemente a actuar de manera bondadosa y el de su contraparte, el demonio, que empuja a tomar decisiones contra las normas y que demuestran que los dos coexisten en el cerebro y que la manifestación de cada uno depende de muchos factores.

Pero esta búsqueda ha ido más allá, tanto que hace unos meses, un equipo de científicos en la Universidad de Oxford (Inglaterra) liderado por Franz-Xaver Neubert, dijo haber hallado en una parte del lóbulo frontal el sitio del cerebro que controla "realmente" la toma de decisiones y que no dudaron en homologar con eso que la gente llama "la voz de la conciencia".

"Esta región es la fuente de la voz interior que nos azuza a inclinarnos por un acto que nosotros mismos consideramos malo o bueno", dijo Neubert y enfatizó que los macacos carecen de esta área lo que los torna incapaces de discernir el bien y el mal, más allá de sus instintos. (Lea también: Dios, ¿creador o creación de nuestro cerebro?)

Aunque encontrarle una residencia a la conciencia parece novedoso, lo cierto es que esto refuerza otros estudios que ubicaron el autocontrol en los mismos territorios. Uno de ellos, publicado en Nature Neuroscience, hace más de una década, demostró que las personas que tenían lesiones en la corteza prefrontal "nunca mostraban sentimientos de culpa o remordimiento por sus actos", lo que dejó inferir que una avería anatómica podía modificar sustancialmente la escala de valores que cimentan la "conciencia".

Pero además de estos análisis, otras investigaciones han mostrado -a partir de imágenes- que la activación de la corteza prefrontal y la amígdala cerebral se correlacionan con el contenido moral de las acciones humanas. Condición que le permite a expertos en psiquiatría y leyes (que asesoran tribunales de justicia), como Stephen J. Morse de la Universidad de Pensilvania, asegurar que existen zonas del cerebro que permiten a las personas "guiarse por la razón" y que al fallar las lanzan hacia el bando de los malos.

Otros van más allá y ponen el actuar del ángel o del demonio en el mismo ADN. Es el caso de los niños que nacen con deficiencias en el gen que regula la monoamino oxidada (MAO) -conocido como el gen del guerrero- que tienen hasta nueve veces más probabilidades de tener comportamientos antisociales al crecer al ser comparados con los que no presentan la anormalidad. Claro, hay quienes dicen que la expresión de estos genes no es absoluta y depende del medio ambiente y otros factores, pero no hay que negar que dicha probabilidad existe.

El ángel que frena al diablo

Ahora, no siempre el diablillo se sale son las suyas, porque se ha visto que a pesar de haber empujado alguna acción, esta puede ser frenada por unos circuitos que habilitan la libertad de "no actuar". Marcel Brass, del Instituto Max Planck y Patrick Haggard del University College de Londres, encontraron en la línea media del cerebro, justo sobre los ojos, una zona que puede detener una acción que estaba a punto de realizarse. Sería, guardada la proporción, como el centro de la reflexión que permitiría, además, contener impulsos y ponerse en el lugar del otro, algo fundamental para la convivencia.

Lo curioso es que esa misma zona, de acuerdo con Alexander Soutschek y Christian Ruff, de la Universidad de Dusseldorf (Alemania), es la que garantiza la empatía y el control de la gente cuando está sola.

De igual forma, hay quienes dicen que la impulsividad y la agresividad de algunas personas pueden ser frenadas por una especie de "ángel" en forma de neurotransmisor conocido como GABA (ácido gama amino butirico) que impide que la ansiedad, los nervios y el sentimiento de urgencia determinen comportamientos negativos. Por supuesto que está sustancia actúa con mayor énfasis en la corteza prefrontal.

A veces el diablo triunfa

Afortunadamente, la mayoría de personas cuentan con herramientas biológicas que se oponen a los actos deshonestos. Se sabe, por ejemplo, que las malas acciones generan emociones que hacen sentir mal a quienes las cometen; pero unos investigadores del University College de Londres acaban de comprobar que esas percepciones negativas -que no dejan obrar mal- se van debilitando con el tiempo y con las repetición de las malas acciones, por lo que muchos terminan saltándose las normas y ejecutando actos indebidos sin que estos les parezcan anormales.

El estudio, publicado esta semana en la revista Nature, demostró que la amígdala cerebral es el centro que procesa esas emociones que son antagónicas con la deshonestidad, sin embargo, este regulador se desensibiliza a punta de "pequeños e inocentes" actos de maldad, al punto que algunos pueden llegar a cometer acciones peligrosas convencidos de que están actuando bien.

Tal vez, eso explica porque para muchas personas, decir mentiras piadosas, quedarse con el cambio, destapar un paquete de dulces y tomar unos en un supermercado o, incluso, maltratar a otras personas, son actos inofensivos y hasta divertidos, cuando lo que ocurre es que su diablo interior está fuera de control.

No obstante, la neurobiología parece tener todas las respuestas para explicar la cohabitación del ángel y el demonio en el cerebro humano, corrientes más fuertes defienden el comportamiento humano como la interacción entre las neuronas, la psiquis y el medio ambiente, con lo que se reafirma eso de que cada individuo es diferente así las pruebas neurológicas insistan en que todo son estados funcionales de la mente.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO

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