¿Se ha sentido como delincuente mientras hace fila en el aeropuerto?

¿Se ha sentido como delincuente mientras hace fila en el aeropuerto?

El 'síndrome del delincuente' afecta a quienes, sin haber hecho nada, se sienten culpables.

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Seis de cada 10 viajeros han experimentado este nerviosismo al menos una vez en su vida.

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Ilustración: Fernán Pérez

26 de noviembre 2016 , 09:14 p.m.

“En esos momentos siento que me voy a desmayar y que no soy capaz de seguir en la fila para que el oficial de inmigración me revise y me selle el pasaporte... Me entra una inseguridad terrible y me va invadiendo la angustia de que me van a impedir el ingreso a Estados Unidos o que van a encontrar alguna razón para detenerme”. Así describe Francisco Santamaría la compleja sensación que lo asalta siempre que trata de ingresar a otro país.

El asunto es que Santamaría no tiene ninguna razón lógica para experimentar esa molestia, de la que es consciente y lo ha llevado a negarse a viajar al exterior en más de una oportunidad.

Aunque la situación de este ingeniero industrial podría, según la psicóloga Sandra Herrera, clasificar como una fobia –es decir, un temor exagerado que bloquea las acciones–, desde hace algún tiempo viene siendo denominada como “síndrome del delincuente”, un padecimiento común entre los viajeros y que puede presentarse en algunas personas cada vez que son requeridas por la autoridad. “A pesar de que todo está en orden, de que no llevan objetos prohibidos, algunas personas no pueden evitar que las manos les suden, que el corazón se les acelere y que se sientan como identificados”, dice Herrera, que además insiste en que es como si una voz interior los culpara de algo.

Al parecer, el “síndrome del delincuente” no es tan infrecuente; de hecho, una encuesta del Observatorio de Vuelos, una organización mexicana relacionada con el sector del turismo, concluyó que 6 de cada 10 viajeros han experimentado, como Santamaría, este nerviosismo exagerado al menos una vez en su vida. “Aquí, el subconsciente refleja el temor que le daría a una persona si va presa por un delito que no ha cometido y que no ha pensado en cometer”, dicen los autores de la encuesta.

El efecto halo

Para la psiquiatra Olga Albornoz, esta sensación no responde exclusivamente a componentes individuales, sino que también se nutre de determinantes externos.

“El hecho de que se identifique más en los aeropuertos depende, en parte, de que todo lo referente a la autoridad en esos sitios tiene un carácter policivo, que expone la parte punitiva de algunos individuos”. “¿En qué me equivoqué?”, “Seguro, algo se me olvidó” y “Me están mirando solo a mí” son pensamientos que asaltan, sobre todo, a quienes tienen rasgos obsesivos y paranoides.

A lo anterior, y en eso coinciden Herrera y Albornoz, hay que agregarle el llamado “efecto halo”, que hace que por cuenta de las generalizaciones la gente acepte de manera pasiva que tiene una marca que la señala como potencial delincuente. “Es el caso de los ‘colombianos’ –asegura la psiquiatra Albornoz–, que en muchos lugares son calificados como narcotraficantes; la sola presentación del pasaporte se acompaña de un miedo natural ante las autoridades”.

Si bien el “síndrome del delincuente” es una reacción temporal, puede convertirse en un problema mayor en quienes tienen factores premórbidos, como trastornos obsesivos o paranoides, que pueden exacerbarse ante los requerimientos de las autoridades y que terminan bloqueando a la persona, que muchas veces evita exponerse a estas situaciones. Es la máxima manifestación de la llamada “duda neurótica” que lleva a algunos individuos a hacerse preguntas internas permanentes que terminan convirtiéndolos en culpables ante cualquier hecho. “No revisé la maleta bien”, “A lo mejor la abrieron y echaron algo sin darme cuenta” y “Si el perro se está acercando es porque olió algo en mí” son algunas de ellas, y no vienen solas: el cuerpo reacciona con taquicardia, sudoración y confusión mental.

El problema, dice Albornoz, es que todo ese cuadro puede levantar la sospecha de policías entrenados para detectar ese tipo de manifestaciones, por lo que en muchos casos sí son requeridos e investigados más a fondo. “Esto es ya una tragedia que cierra un círculo que termina dándole la ‘razón’ al pobre viajero, al que no le queda más opción que aceptar que es una especie de ‘delincuente’”, dice Albornoz, agregando que esas personas son las que han afianzado el adagio de que “el hecho de que yo sea paranoico no significa que no me estén persiguiendo”.

Se puede tratar

Cuando estos cuadros se convierten en un verdadero problema pueden ser tratados. Lo primero es hacer un diagnóstico y definir la severidad y las características específicas de cada persona, para individualizar las intervenciones.

Algunos se pueden manejar con recomendaciones sencillas, como listas de chequeo exhaustivas antes de cada viaje (documentos, maleta y elementos prohibidos, entre otros) para fortalecer la confianza del viajero sobre la base de que tiene todo bajo control; otros pueden requerir medicamentos del tipo de los ansiolíticos simples, y, en algunos casos, hay que recurrir a intervenciones conductivas y comportamentales.

Todo empieza por aceptar que la mente y el entorno pueden convertir a cualquier persona en un facineroso sin haber hecho nada, y eso es lo que experimenta Francisco Santamaría, que ha dejado de viajar por causa de esa “sensación tan maluca”, dice.

Hay que diferenciarla del sentimiento de culpa

Internamente existen normas que rigen el comportamiento; sin embargo, estas son muy rígidas en algunas personas y se hallan en función de encontrar aprobación de los demás, lo que puede generar sentimientos de culpa ante algunas acciones.

Aquí hay una tendencia al autojuicio excesivo y se crea la necesidad de reprochar lo que se considera incorrecto.

Este sentimiento se vuelve problemático cuando los afectados se culpan por el malestar de otros sin haber hecho nada en su contra. Si esto se prolonga, exige tratamiento especializado.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Editor médico de EL TIEMPO

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