La rutina, más temida que las infidelidades entre las parejas

La rutina, más temida que las infidelidades entre las parejas

Según los terapeutas, la monogamia actual no le da tanta importancia a la exclusividad sexual.

Rutina en las parejas

Los expertos sugieren a las parejas no perder la comunicación personal.

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123RF

19 de noviembre 2017 , 02:25 a.m.

“Unos cuernos se perdonan... En 15 años hasta lo alentaría, como para que pase algo en mi matrimonio”, dice mientras suelta una risa fuerte. En la mesa, sus tres amigas festejan el comentario y hasta le dan su aprobación. Es cierto que todo forma parte de un hipotético mundo, donde nada de lo que se plantea es real, pero no deja de ser un signo de cómo han cambiado las relaciones amorosas. ¿Las parejas de ahora le tienen más miedo a la rutina que a la infidelidad?

Una encuesta de Second Love, red social para infieles, revela que el principal temor dentro de una relación de pareja es caer en la rutina (40 %), por encima de la cuestión económica (35 %) y la infidelidad (25 %). Cuando se consultó acerca de los motivos por los que han sido o serían infieles, el 67 por ciento habló de monotonía.

¿Otro dato? Las primeras infidelidades se cometen entre los cuatro y los siete años de relación, cuando empiezan a verse las primeras grietas de desgaste. Y, también, momento en que la atención exclusiva hacia el otro se vuelven a posar sobre uno. Las preguntas no tardan en aparecer: ¿seguiré siendo atractivo para los demás? “A veces ser infiel solo se trata de la reafirmación de la individualidad”, sostienen en Second Love.

Digamos, para empezar, que la infidelidad ya no es en todos los casos sinónimo de ruptura y se perdona cada vez más, en parte porque las relaciones dejaron de ser “para siempre”, pero sobre todo porque socialmente está más aceptada que antes. Son varias las personalidades que se animan a hablar públicamente de cómo han superado o enfrentado una infidelidad. Pero son muchas menos las que se atreven a reconocer que su matrimonio es aburrido.

“En las parejas ha disminuido el temor a la infidelidad y ha aumentado el de la rutina –apunta el psicólogo Sebastián Girona–. Sin duda, la rutina tiene mala prensa, y esto es porque en general se ve solo su lado negativo: rendirse al hecho de que las cosas son de una manera y no hay margen de cambio. A las parejas de varios años les preocupa especialmente que se pierdan la frescura y la individualidad. En cambio, se ha desdramatizado el engaño, ya no se ve como algo terrible. En esto tiene mucho que ver que hoy los vínculos son más líquidos, más cortos. El ‘para siempre’ dura menos que antes”, apunta el especialista, autor del libro ‘¡No te aguanto más!’.

Una oleada de nuevos estudios liderados por la antropóloga y bióloga Helen Fisher hacen hincapié en la nueva monogamia, donde la exclusividad sexual no es tan importante. Entonces cobra mucha más importancia la monogamia emocional, es decir que ese compañero que uno eligió para transitar por la vida siga amándonos más allá de con quién quiera acostarse.

En cambio, para la psicóloga Cristina Benchetrit “no es cierto que la infidelidad haya dejado de ser el gran miedo. De hecho, si no fuera por la amenaza del engaño, dejaríamos de tener interés en el otro. La amenaza ayuda a que la pareja esté viva –sostiene–. Lo que ha pasado, quizás, es que se ha naturalizado un poco más y probablemente se haya vuelto menos central en la definición de lo que es importante en una pareja. Más que la rutina, el peor enemigo de la pareja es el aburrimiento”.

Precisamente el aburrimiento terminó de sentenciar la pareja de Lucía y José. En una de las primeras salidas, hace cinco años, él le advirtió que su problema era que se aburría fácil en las relaciones. De alguna manera le había anticipado que el final iba a llegar. Pero fue ella la que se aburrió primero. “Cuando nos separamos, la gente se sorprendió, porque nos llevábamos bien. Podríamos haber seguido años en ese estado. Estábamos en una suerte de comodidad, pero empecé a sentir que no íbamos para ningún lado, que siempre estábamos en el mismo lugar, que hacíamos las mismas cosas. La rutina nos pasó por encima”, reconoce sin miramientos Lucía Núñez.

Lucía logró salir airosa de lo que Girona define como ‘zona de confort’: “Muchas parejas entran en ese estado de letargo. Se quedan por comodidad: no hay riesgo, pero tampoco sorpresa. El temor de muchos es que la pareja se pierda en esa rutina de pagar cosas, buscar y traer a los niños. Un indicador fuerte de que las parejas entraron en ese estado es cuando manifiestan que ya no vale la pena hablar de sus problemas”, ilustra el psicólogo.

Aliada y necesaria en la organización, enemiga cuando no hay margen para la sorpresa, la rutina se instala en la pareja como ese pariente que nadie invitó, pero que ninguno se anima a echar. Por eso, para algunos especialistas, es más peligrosa que la infidelidad: es un mal silencioso, distinto del sacudón del engaño. “La rutina es esa muerte lenta. La infidelidad es el piano que te cae encima. Cuando se te cae el piano, es evidente que tienes que pedir ayuda. Pero con la rutina no sucede eso. Lo que vuelve más peligrosa la rutina es que es tolerable. Y cuando no la toleras más, sientes que ya es demasiado tarde”, sostiene el ‘coach’ de parejas Esteban Irigoyen. Por su parte, Mauricio J. Strugo, psicólogo especialista en familia, autor del libro ‘Padres o pareja: el quiebre de la pareja al convertirse en familia’, coincide en que la infidelidad dejó de ser el coco que era antes.

“Hace un tiempo el engaño era tomado como un motivo de separación. Hoy suele ser el puntapié para acercarlos a un espacio terapéutico”, dice Strugo, que agrega que el temor de las parejas está asociado a “la rutina que nos aplasta con todas las obligaciones reales y las que nos fabricamos muchas veces para no vernos realmente”.

Mal conectados

Inmersos en un laberinto de responsabilidades, “tenemos que cumplir, y entonces la pareja se va quebrando y se convierten en socios para mantener la estructura familiar y económica, pero con poco o nada afectivo de por medio –plantea Strugo–. Hoy vivimos más que nunca preocupados por pagar cuentas y cumplir horarios, y cuando tenemos un momento para conectarnos seguimos conectados a los dispositivos”.

Precisamente, la falta de contacto fue lo que encendió las alarmas de Agostina Pedra, economista y madre de dos niñas, de 7 y 9 años. “La verdad es que con Ariel siempre fuimos muy cariñosos. Nos besamos delante de las chicas. Pero de pronto, no sé por qué, reparé en la falta de contacto amoroso. Si bien no había mermado el sexual, noté que casi no nos abrazábamos como antes. Justo coincidió con que los dos estábamos con mucho trabajo. De pronto, eso que tanto nos gustaba había desaparecido”.

A veces, dicen los especialistas, basta con posar nuevamente la mirada en el otro para volver de esa rutina que se torna insoportable. “Cuando le das a una persona plena atención, llevas esa conexión a un nivel más elevado. En cambio, cuando tu nivel de atención es bajo se pierde la magia, y la gente cree que hay que agregar magia por otros lados. Es entonces cuando planeamos viajes, salidas, programas alternativos. Creemos que el problema está en el nivel del hacer, pero en realidad está en el nivel del ser”, afirma Irigoyen.

Girona asegura que esa falta de cariño, de comunicación, es especialmente resentida por la mujer, que busca en todo momento sentirse amada. “En el hombre el gran tema es la pérdida de libertad, la lucha por tratar de conservar espacios propios. La armonía con esos deseos es el verdadero nutriente de la pareja”, explica.

Para Benchetrit, hay un impulso natural a la novedad. “Las personas tenemos sed de aventura. El gran tema es que también buscamos seguridad, y ambas cosas parecen no ir de la mano. Entre esa dicotomía nos movemos –anota–. Una pareja necesita de pasión, de riesgo. Pero la rutina puede ser una aliada a la hora de solucionar detalles de convivencia mediante acuerdos. Teniendo resuelto lo básico, queda en la creatividad de cada uno reclamar espacios”.

“Ya lo dijo el escritor y filósofo de la frustración y del fracaso Emile Cioran hace más de 50 años: “No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo”.

LAURA REINA
LA NACIÓN (Argentina) - GDA@lauritareina

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