¿Por qué medicalizar la vida termina por restarle bienestar? / Opinión

¿Por qué medicalizar la vida termina por restarle bienestar? / Opinión

Variantes como la calvicie o la fealdad se han convertido, equivocadamente, en enfermedades.

Medicamentos

Desmedicalizar la vida se convierte en una tarea social de la mayor importancia.

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123RF

01 de julio 2018 , 09:27 p.m.

Es claro que la esperanza de vida viene en aumento, lo que plantea el debate ineludible sobre las maneras en que la sociedad debe reconfigurar la vida por encima de los 70 años.

Sin embargo, el precio de vivir más puede entenderse bajo la premisa no menos polémica de que “las personas que vivan hasta 100 años, las cuales serán muchas, deberán trabajar hasta cerca de los 80, o incluso un poco más, a menos que ahorren más del 10% de sus ingresos cada año”.

Esta exigencia funcional para los adultos mayores, planteada por Lynda Gratton y Andrew Scott, profesores de la Escuela de Negocios de Londres y autores del libro ‘The 100-Year Life. Living and Working in an Age of Longevity’, debe tomarse en serio. Partir de romper con la atávica idea de que ser viejo es sinónimo de estar enfermo y que la cotidianidad del adulto mayor está regida por una agenda marcada por la toma de medicamentos. En otras palabras, desmedicalizar la vida se convierte en una tarea social de la mayor importancia. Esto, porque situaciones como el cansancio o la frustración y variantes de la normalidad como la calvicie o la fealdad se han convertido, equivocadamente, en enfermedades, sometidas a tratamientos innecesarios.

Ni las propias etapas de la vida, como el nacimiento, la adolescencia y la menopausia se han librado de esta propensión de someterlo todo al control médico, lo que deja en evidencia que el derecho a la salud se ha convertido en un peligroso objeto de consumo, enfrentado a un horizonte en el que la desmedida preocupación por la salud hace que la gente viva de manera insana.

Esa medicalización ha convertido los factores de riesgo en enfermedades, lo que ha permitido el desarrollo exagerado de fármacos ‘preventivos’, que introducen de manera temprana a muchas personas sanas al grupo de los enfermos.

Lo paradójico es que este aumento del valor de la salud en la sociedad no va de la mano con una mejora en la calidad de vida, sino que incrementa la percepción de vulnerabilidad, el miedo a la enfermedad y a la muerte y, consecuentemente, una relación inseparable con los sistemas sanitarios. Algo simplemente incapacitante para una población que, sobre todo en edades avanzadas, debe ser considerada productiva y no una carga para el entorno.

Situaciones como el cansancio o la frustración y variantes de la normalidad como la calvicie o la fealdad se han convertido, equivocadamente, en enfermedades, sometidas a tratamientos innecesarios

Y de esto no se escapa la tendencia a medicalizar la menopausia de manera crónica, máximo cuando aún no existen consensos sólidamente soportados en evidencia científica que garanticen la seguridad de todas las mujeres.

Si bien es claro que los síntomas menores que deja la etapa temprana del climaterio pueden ser atenuados con pequeñas dosis de esas hormonas que ya no se producen, por tiempo restringido, también es cierto que los efectos protectores y preventivos que se le otorgan a la terapia hormonal sustitutiva (THS) aún generan controversias que separan a los expertos.

A un lado están quienes consideran que la THS es la vía expedita hacia el bienestar pleno de las mujeres mayores y al otro, los que piensan que la sustitución prolongada y sostenida de hormonas en esta etapa tiene más riesgos que beneficios.

Pero quizás lo que genera más dudas es cuando en medio de estas discusiones sobrevuelan comentarios que sugieren que el mercado de la salud es el mayor interesado en inclinar estas balanzas.

En síntesis, cada mujer es distinta y sus necesidades y respuestas desde el campo orgánico y social son completamente personales e intransferibles. De ahí que pretender medicalizarlas a todas, dejando de lado sus especificidades, no sea un paso tan firme.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
carfer@eltiempo.com

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