No más estigmas para las personas con trastorno afectivo bipolar

No más estigmas para las personas con trastorno afectivo bipolar

Sobre la bipolaridad pesan más los prejuicios que las posibilidades que permiten su recuperación.

Depresión en Colombia es más alta que el promedio en el mundo

Unas 788.000 personas se quitan la vida al año por la depresión, según la OMS.

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Archivo particular

23 de enero 2018 , 09:10 p.m.

El viernes pasado, en las #ExperienciasSaludables que publicamos cada semana en esta página, destacamos la historia de superación de Jorge Noriega, un exitoso ingeniero que lo perdió todo cuando le diagnosticaron un trastorno bipolar. Vale decir, a propósito de ese caso, que lo primero que hay que entender es que llevar una vida plena es posible para las personas con esa condición. Esto gracias al mayor conocimiento que se tiene sobre ella y a los avances médicos para tratarla. Y, aunque esto debería ser suficiente para enfrentar de manera racional esta entidad y, de paso, tranquilizar a quienes la padecen y a sus familiares, lo cierto es que el estigma social y los mitos que esto genera son las barreras más difíciles de remontar a la hora de poner en práctica los procesos que garanticen la atención integral y la vida digna que merecen estos pacientes.

Hay que decirlo sin ambages: sobre la bipolaridad pesan, a todo nivel, más los prejuicios y la mala información que las posibilidades que permiten su recuperación. Ya es hora de entender, de una vez por todas, que este trastorno no transforma a nadie en brillante ni más creativo, tampoco de mal carácter y mucho menos, agresivos y maltratadores. Nada de eso.

De igual forma, hay que pensar que cambiarle el nombre de “enfermedad maniaco depresiva” para darle un apelativo que alimenta la idea errónea de que la bipolaridad no ayudó para nada en la necesidad que se tiene de derribar las falsas creencias que se han tejido sobre esta patología.

Porque, además de la carga que se arrastra por ser un padecimiento psiquiátrico, la simplificación del concepto que hace pensar erróneamente que la persona pasa abruptamente de la depresión a la euforia ha terminado de complicar las cosas; aunque hoy nadie duda que el cerebro normal tiene como cualidad poder fluctuar en cuestiones como el ánimo y el humor para adaptarse a factores estresantes del ambiente o del mismo organismo, y tampoco que en el trastorno bipolar esa función falla, por lo que se requieren ajustes que hoy son posibles. Sin embargo, esto se desconoce, dadas las limitaciones de un sistema de salud que no tiene como prioridad la preservación de la salud mental ni la atención de las enfermedades de este tipo. Todos los componentes de integralidad, que incluyen la intervención de equipos interdisciplinarios con la participación de los pacientes y su familia, son necesarios para abordar estas patologías y no existen en el marco de las políticas públicas. Y, en consecuencia, también flaquea cualquier proyección social que pretenda cambios culturales en torno a estas patologías.

En síntesis, esta experiencia debe tomarse como un elemento más para llamar la atención sobre la necesidad de priorizar la intervención sobre la salud mental como una política de Estado, con el único fin de que este tipo de testimonios no sean la excepción, sino la norma.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO

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