¿Qué hay detrás de la 'retarditis' crónica?

¿Qué hay detrás de la 'retarditis' crónica?

Impuntualidad y optimismo están relacionados con el modo en que las personas perciben el tiempo.

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No invente excusas si llega tarde. Nadie le creerá. Mejor reconozca siempre que usted es un impuntual crónico.

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Ilustración:GIO

01 de octubre 2016 , 09:50 p.m.

No sin pena tengo que confesar que soy incumplido, que tengo dificultades para estar a las horas convenidas con anticipación y que siempre me enredo en algo antes de salir, afianzado en la falsa premisa de que aún es temprano y de que tengo el tiempo suficiente para llegar.

Lo mío, valga decirlo, no son retrasos de cinco minutos, sino de al menos media hora. Incluso, en ocasiones respondo con un “no se preocupen que ya estoy llegando”, ante una llamada que informa que el único que falta en la reunión soy yo, a sabiendas de que apenas he salido de la casa.

En síntesis, soy un incumplido crónico y no me enorgullezco de eso. Por el contrario, arrastro por eso mala fama, he sido calificado de irrespetuoso, de desconsiderado y se me condena habitualmente en cada cita. Por supuesto que esto me ha granjeado más de un problema y la descalificación de casi todos los obsesivos de la puntualidad.

Detrás de un impuntual

Aunque tiendo a disculpar las cosas con aquello de que me gusta aprovechar hasta el último instante y que, independientemente de lo que falte para hacerme presente en algún sitio, siempre tengo un margen para hacer algo antes, la verdad es que, por lo general, me lleva más tiempo del que he calculado y el resultado no es más que otra llegada tarde. Por ser repetitiva, me he visto obligado a revisar esta condición con especialistas.

“Ustedes, los incumplidos, son personas con evidentes sesgos cognitivos, con juicios inadecuados, incorrectos e irreales del tiempo y sus recursos”, me dijo el psiquiatra Rodrigo Córdoba Rojas, presidente de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (Apal). Lo que traduje, palabras más, palabras menos, es que nunca cumplimos porque tomamos a la ligera eso de la planificación, por lo que no le damos valor real al tiempo que necesitamos para hacer una tarea. Algo, simplemente, preocupante.

Con aburrimiento, pero también con inquietud, esculqué en la literatura médica para encontrar otras explicaciones y me encontré con varios estudios, y uno de ellos me llamó la atención. Es de Judit Castellà, investigadora especializada en memoria, atención y percepción de la Universidad Autónoma de Barcelona, quien concluyó que cada persona tiene un tiempo interno, ligado al propio funcionamiento del cuerpo y definido por factores medioambientales y personales, de acuerdo con su ritmo de vida. Mejor dicho, que “el tiempo no existe, por lo que se procesa en forma subjetiva de acuerdo con variables internas y externas de cada individuo”, según la doctora Castellà, y que yo simplifico como que los puntuales y los que llegamos tarde interpretamos y percibimos el tiempo de manera distinta. Conclusión: que me sirvió de paliativo, pero que no dejó de parecerme un poco frágil.

Sin embargo, el ánimo me volvió cuando me topé con alguien que ha sacado provecho de personas que, como yo, llegamos cuando los demás invitados ya van por el postre. Se trata de Diane DeLonzor, autora del libro ‘Never be Late Again’ y una investigadora que ha demostrado en la práctica que, con respecto a cómo perciben el tiempo internamente, existen dos tipos de personas: los rápidos y los lentos.

Para confirmarlo, DeLonzor, en uno de sus estudios, les pidió a los integrantes de un grupo que leyeran el pasaje de un libro y pararan cuando sintieran que había pasado un minuto. Los resultados fueron claros: los puntuales paraban antes y los incumplidos después. Para los primeros, su minuto interno duraba 58 segundos en promedio y para los otros, 77 segundos. La inferencia es simple: quienes tienen un tiempo más lento sobreestiman lo que pueden hacer en 10 minutos, cuando en realidad tardan 15 o 20.

¿Personalidad?

Si bien estaba un poco más tranquilo, la zozobra volvió cuando Sandra Herrera, psicóloga con maestría de la Universidad de Salamanca, me dijo que aunque algunos estudios han ubicado a los puntuales en el grupo de las personalidades tipo A (organizados, impacientes, competitivos y ambiciosos) y a los impuntuales en el de la B (relajados y poco estresados), hay gente que llega tarde simplemente porque ha aprendido esa conducta y la ha reforzado, al punto de que “se han acostumbrado a que los demás los esperen y han hecho de eso un sello característico”.

Bueno, hasta ahí encontraba justificaciones a mis tardanzas, pero la incomodidad no se dejó esperar cuando la psicóloga dijo: “También hay gente que llega tarde de manera sistemática porque cree que tienen derecho a hacerlo y su tiempo vale más que el de los demás. Eso sin contar con que otros lo hacen para llamar la atención o por iniciar conversaciones con los que van llegando”.

Preocupado, volví a consultarle a Córdoba con el argumento de que no me siento bien con esto, que quiero mejorar, pero que no me ha sido fácil. Me dijo que reconocer que existe el problema es el primer paso y que en realidad lo que tengo es un “hábito interiorizado” que se puede modificar, pero que hay que tener presente que en esto también influyen otras variables culturales, la presión social y hasta el sitio donde se vive: “Hay lugares donde es normal llegar tarde, tanto que los horarios se fijan a una hora, pero se sabe que se empezará más tarde porque pocos llegarán en punto”, dijo el psiquiatra mientras me extendía unas recomendaciones que hoy les comparto.

No todo es malo

Convencido de que tengo que esforzarme por ser puntual y consciente de que tengo que pedir perdón a todas las ‘víctimas’ de mis tardanzas, me tropecé con una investigación de la Universidad Estatal de San Diego (EE. UU.), según la cual aquellos que llegan tarde a todo son más creativos y optimistas.

Sobra decir que me lo devoré en secreto, pues no esperaba esa reivindicación después de tanto palo propio y ajeno que he recibido por culpa de mi impuntualidad. “Los impuntuales son personas que huyen de las obsesiones y actúan más relajadamente en la vida”, dice la dichosa investigación, la cual detalló además que “los impuntuales no pierden el tiempo en atender cada pequeño detalle del árbol, sino que se enfocan más en todo el bosque. Ven el futuro como un mundo de posibilidades infinitas”.

Confieso que me gustó, pero la verdad es que aunque me ubicó en el bando de los optimistas y de los menos estresados, creo que como decía mi tía Efigenia, bueno es cilantro pero no tanto.

De ahí que desde hace varios meses trate de poner en práctica las recomendaciones de los profesionales con una premisa clara: se es más creativo y más optimista si se respeta el tiempo de los demás; eso sí, sin ser obsesivo.

Cómo combatir la impuntualidad

1. Tenga una agenda que le permita definir con claridad los horarios de todas sus actividades.

2. Cuando fije una hora y una fecha para un compromiso, fíjese bien en que lo hace de manera consciente y con la certeza de que puede cumplirla.

3. Después de fijar una hora para una actividad, por nada del mundo ponga otra a la misma hora o con tiempos que se compartan al inicio o al final. Puede ocurrir que no cumpla ninguna.

4. Sea realista en la planificación de las tareas que se impone.

5. Siempre estime tiempos para imprevistos o retrasados inesperados.

6. No tenga miedo de llegar temprano; al contrario, alégrese por eso.

7. No se angustie por tener minutos vacíos; esos forman parte de la vida.

8. En caso de que tenga que hacer tareas simultáneas, aprenda a priorizar y, si es necesario, cancele la menos importante.

9. No invente excusas si llega tarde. Nadie le creerá. Mejor reconozca siempre que usted es un impuntual crónico.

10. Jamás diga que ya está llegando si no es cierto. Mejor permita que empiecen sin usted.

11. Acepte cada crítica con respeto y comprométase a mejorar, pero intentándolo de verdad. Si no puede, busque ayuda.

CARLOS F. FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO

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