La ciencia detrás de los indignados

La ciencia detrás de los indignados

¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando nos indignamos? ¿Puede ser nocivo para nuestra salud?

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La indignación es una reacción emocional a una injusticia que se manifiesta de muchas formas: con gestos, palabras o hasta agresividad.

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Archivo particular

04 de febrero 2017 , 11:17 p.m.

El caso de Rafael Uribe Noguera, la reforma tributaria, las corridas de toros, Donald Trump, el escándalo de Odebrecht, los peces de Atlantis... la cuenta de casos que han generado indignación en Colombia este año no es precisamente acotada.

El proceso, en todos esos ejemplos, es calcado. Una noticia toca a mucha gente y genera sentimientos a favor o en contra en las redes sociales y en los medios; luego viene un desarrollo, se conocen más detalles, crece la controversia.

El elemento transversal, claro, es la indignación, esa palabra favorita de los titulares de prensa que sirve para denotar una polémica de talla mayor y que puede hacer que uno termine hasta en una manifestación callejera.

El neurocientífico español Ignacio Morgado explica –no obstante– que si bien la indignación es la reacción emocional a ciertas situaciones, casi todas de injusticia, detrás de ese sentimiento hay factores genéticos y, por tanto, no todas las personas reaccionan igual.

Morgado es director del Instituto de Neurociencia de la Universitat Autònoma de Barcelona y fue uno de los invitados internacionales destacados al Hay Festival que terminó la semana pasada en Cartagena. Ha dedicado varias décadas al estudio del cerebro humano y sus complementos; es decir, las células nerviosas y las neuronas, y cuál es su influencia en los sentimientos.

EL TIEMPO conversó con él para entender qué hay detrás de la cada vez más extendida ‘indignación’.

¿Hoy vivimos indignados por todo?

Lo primero que hay que decir es que no todo el mundo se indigna con igual fuerza, porque hay un componente relacionado con las emociones, sobre todo el que tiene que ver con la agresividad, que es genético. Las personas cuando nacemos traemos ya una predisposición a reaccionar con más o menos fuerza.

¿Existe una escala de indignación?

Tengo una metáfora que suelo usar para hablar de la fuerza que tienen las emociones en cada persona: la del cañón. Hay personas que tienen cañones más grandes y sienten más, y otras con más cañones pequeños que sienten menos. Hacia dónde apunta ese cañón en la vida y cuándo dispara depende de la educación, la familia, el ambiente en el que uno vive y se ha criado; los padres, los amigos, los maestros, etc.

¿Por qué a veces parece que la indignación es un sentimiento bastante pasajero?

Porque las emociones siempre tienen un carácter más o menos pasajero.

¿Cómo definiría el indignarse?

Es una reacción emocional a una injusticia que se manifiesta de muchas formas: con gestos, palabras o hasta agresividad; y la intensidad es siempre diferente en cada persona.

¿Un estado de indignación puede afectar la salud de una persona?

El problema es cuando una respuesta emocional se perpetúa o se mantiene en el tiempo. Equivale a cuando manejamos y llevamos apretado el acelerador del carro a fondo con el cambio equivocado durante largo tiempo; al final, el motor puede resultar dañado. Si en ciertas personas dura mucho el sentimiento de indignación, o se repite con frecuencia, es lógico que en la fisiología del organismo se van a producir daños.

¿Qué tipo de daños?

Por ejemplo, se pueden liberar hormonas desde las cápsulas suprarrenales como el cortisol, la llamada hormona del estrés, que en exceso pueden producir problemas en el sistema inmunológico, el cardiovascular y el cerebral. Una persona que frecuentemente es sometida a procesos emocionales de alta sensibilidad, como la indignación, se va a ver perjudicada a nivel fisiológico y mental.

¿Puede convertirse un sentimiento en teoría negativo, como la indignación, en algo favorable?

Tienen que pasar dos cosas: que esa situación de injusticia que generó la indignación cambie o, por otro lado, que la persona aprenda de inteligencia emocional, que es la capacidad de usar la razón para manejar convenientemente nuestros sentimientos.

¿Cómo se involucra entonces la neurociencia en el manejo de los sentimientos?

Hace mucho tiempo exploramos el cerebro emocional, y hemos descubierto una serie de estructuras que regulan en buena medida las fuerzas emocionales que sentimos. La más conocida es la amígdala, y desde esa parte pequeña del cerebro salen respuestas que hacen que se altere nuestro cuerpo cuando estamos emocionados. Esas respuestas hacen que se acelere el corazón, que vaya más sangre a los músculos, que se erice la piel.

¿Y cómo funciona?

Funciona casi como un mecanismo automático, espontáneo, que dispara variables fisiológicas a nuestro cuerpo y hace que podamos estar más preparados para responder a los estímulos.

¿En qué tipo de situaciones una persona llega a movilizarse realmente ante un sentimiento de indignación?

Eso tiene que ver mucho con la educación y el tipo de moral que recibimos desde pequeños, con el código de valores que guía nuestro comportamiento, con lo que sabemos que está bien y mal, o es justo o injusto. Y, claro, todo está relacionado con las emociones y con los factores genéticos heredados, pues nacemos con capacidades diferentes para reaccionar ante situaciones de injusticia, con un cañón de diferente calibre que condiciona cómo vamos a reaccionar.

¿Los sentimientos están más a flor de piel hoy día o solo es que son más visibles, gracias a las redes sociales y los medios?

Todo ha sido así siempre. Lo que ha cambiado son los estímulos que pueden causar que una persona se indigne o no. Hace 20 años nadie se indignaba por un mensaje de Twitter, sencillamente porque esa plataforma no existía; pero había otras fuentes de comunicación, expresión e indignación. La capacidad de indignarse es algo que está en el ‘Homo sapiens’ desde hace millones de años. En el mundo moderno lo que ha cambiado son las fuentes de indignación, que han aumentado con los medios tecnológicos.

RONNY SUÁREZ
Redactor de Salud

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