El valiente relato de una niña de 14 años que superó la anorexia

El valiente relato de una niña de 14 años que superó la anorexia

Juana Díaz escribió para EL TIEMPO cómo superó un trastorno que la tuvo al borde de la muerte.

Juana volvió a ser Juana tras superar la anorexia

Juana adora el baile y sueña con ser una gran bailarina. Invita a las demás niñas a aceptarse tal como son.

Foto:

César Melgarejo / EL TIEMPO

11 de diciembre 2017 , 12:08 p.m.

Todo comenzó con una búsqueda implacable de belleza, con una pizca de autoexigencia y tres cucharadas de perfeccionismo. Hoy estoy segura de que no soy el único ser humano que se ha detestado con todas sus fuerzas y olvidó que la belleza está en los ojos del que mira. Vivo y convivo en una sociedad que me exige más de lo que puedo dar. Y, a pesar de que esa sociedad me llevó a saborear la muerte, por fin entendí lo que significa amarse a sí mismo.

Me llamo Juana y estoy por cumplir 15 años, y el próximo año cursaré el grado 11 en el colegio. Podría describirme con tres adjetivos: lógica, apasionada y distraída. Pero no siempre he sido así, pues he pasado por una infinidad de facetas; algunas demasiado coloridas, otras bastante oscuras. Una de esas se tomó todo lo que soy y lo opacó por completo; la fui construyendo desde que era mucho más joven de lo que soy. Se llama anorexia.

Desde muy niña era completamente notorio que sería alta y grande; una de esas niñas con las que no quieres jugar a las atrapadas porque sabes que con tan solo rozarte caerás al suelo. Me sentía orgullosa, y cada comentario que recibía me era indiferente.

Comencé a crecer más rápido que las otras niñas debido a una condición llamada pubertad precoz. Frente a esto, la endocrinóloga me recetó unas inyecciones cada mes durante dos años. Y comencé a subir de peso bastante rápido; pero a pesar de todo, una vez más, mi imagen corporal no jugaba un papel importante en mi vida.

Todo estaba bien hasta que me solicitaron, por salud, bajar de peso; o, al menos, ‘mantenerme’. Luego vinieron otros episodios en los que fui vilmente criticada por mi cuerpo, tanto por niños de mi edad como por gente muy cercana.

¿Acaso había algo malo con estar ‘gorda’? Ya lo tenía todo. Era juiciosa y obediente, me iba muy bien en el colegio, pero no era delgada. Me metí al grupo de porristas para hacer deporte y así logré bajar de peso. Seis meses después de comenzar lo que yo quería llamar una ‘dieta’, había adelgazado drásticamente, razón por la cual mis padres se impactaron y buscaron un psicólogo, que dio el diagnóstico que se esperaba: tenía un trastorno alimentario. Fui dos veces donde ese especialista y me declaré a mí misma curada para poder seguir sumergida en mis pensamientos.

Pero luego tomé conscientemente la decisión de adelgazar. Me puse como meta disminuir mis porciones de comida, contar calorías, medirme la cintura, las piernas y los brazos. Buscaba comer cantidades exactas; de lo contrario, sufría ataques de ansiedad. Llegué a pesar 36 kilos, cuando debía pesar 50.

Juana Díaz con anorexia

Así se veía Juana en un momento de su vida, antes de superar la anorexia.

Foto:

Archivo particular

Hacía ejercicio para quemar grasa, y cardio en exceso. Me alejé de todo y de todos, me hacía la enferma cuando había reuniones familiares con comida; me la pasaba en el baño del colegio para que no notaran que no comía, buscaba más dietas en internet; no había otro objetivo en mi vida que bajar de peso. Así pasó casi un año; un año en el que bajé todo el peso posible. Me acostumbré a tener hambre todo el tiempo, de manera que ya ni la sentía; contaba calorías mentalmente. Estaba demasiado delgada y, sin embargo, mi mente estaba tan distorsionada que, ahora, me es imposible recordar cómo era mi cuerpo.

Así fue como con los meses se fue haciendo cada vez más evidente mi enfermedad, mi obsesión. Según me diagnosticaron, padecía de anorexia nerviosa. Inicialmente, no quería recuperarme y no podía creer ser anoréxica; había logrado mi más grande meta, pero no estaba feliz...

Ya Juana no era Juana; me convertí en una materia inerte: ya no hablaba, no reía; había perdido todo lo que valoraba de mí

Juana Díaz con anorexia

Juana dice que llegó a pesar 36 kilos.

Foto:

Archivo particular

¿Qué pasaba conmigo?

Seguí empeorando por casi dos meses, comiendo cantidades ridículas de alimentos, haciendo mucho ejercicio. Durante un chequeo, el médico dijo que me daba máximo dos meses de vida. Por un momento concebí la idea de que me iba a morir de desnutrición; incluso, eso me gustaba. Ese era mi más grande logro: morir de anorexia. Lo saboreaba, pero no sabía a nada porque mis papilas gustativas ya eran inútiles. No encontraba el sentido de haber perdido tanto tiempo bajando de peso para ser bella. Lo único que había conseguido era una muerte segura. Ya Juana no era Juana; me convertí en una materia inerte: ya no hablaba, no reía; había perdido todo lo que valoraba de mí: mi familia, mis amigos, mi personalidad, mi danza. Ya ni el dolor físico ni el dolor mental eran soportables, así que decidí imponer mi fuerza de voluntad sobre la adicción que únicamente buscaba mi autodestrucción.

Pero, justo cuando comprendí que la anorexia era una enfermedad y una adicción, me fue posible entender que no podría parar cuando quisiera y que necesitaba ayuda. Así fue como paulatinamente empecé con pequeños pasos a sanar cada herida física y mental, nutriendo tanto mi cuerpo como mi alma. Implicó distintos cambios; incluso, cambié de colegio. Tuve que entender a la fuerza que independientemente del peso que bajara, yo jamás lo sentiría suficiente. Comprendí que la vida es tan bella como imperfecta.

La toma de decisiones fue supremamente importante durante la recuperación, pues por cada batalla que yo ganara respecto a comer o no comer, el ruido se disminuía progresivamente. Durante todo este proceso, entendí una infinidad de cosas que hoy en día le dan sentido a mi vida. El apoyo de mi familia ha sido vital. Y sigo en mis terapias para controlar la ansiedad y para controlar mi mente. La anorexia es difícil y traicionera. Llevo dos años sin pesarme. No quiero conocer mi peso.

¿Qué busco hoy regando mi historia como si fuera agua? No busco compasión entre los millones de personas en el mundo con trastornos alimentarios, mucho menos por mí. Busco que las personas puedan comprender la importancia de la diversidad, la perfección de la imperfección, de que hay un mundo afuera de cualquier adicción.
Cuando le di mucha menos relevancia a mi trastorno, les di cabida a un trillón de vivencias y oportunidades que no cambiaría ni por tener el cuerpo de una supermodelo: viajar, conocer y tener personas en tu vida, amar y ser amado, ser uno mismo, sonreír de manera auténtica y genuina. Eso no tiene precio. Y volvieron mis pasiones. Volví a bailar.

Hoy, cuando veo todo con más claridad y salí de la caverna de la anorexia, puedo observar y disfrutar todo lo que tengo y lo que soy; incluso, lo feliz que me hace el simple hecho de estar escribiendo esto justo ahora, de estar viva, de ser sana e imperfecta. Y le pido a la gente que no juzgue, que no critique, que deje los estereotipos. Amo estar viva y desearía que la gente también lo hiciera. Hoy por fin estoy aprendiendo a ser libre, y gracias a Dios, acá estoy. Y a la anorexia, de parte de Julio Cortázar y Juana, le digo: “Confío plenamente en la casualidad de haberte conocido”.

Juana Díaz

Hoy Juana está en tratamiento y recuperó una de sus más grandes pasiones: el baile.

Foto:

César Melgarejo / EL TIEMPO

El apoyo y la fe de una madre

“Jamás se está preparado para afrontar situaciones duras en la casa, y menos con los hijos. Y cuando esto sucede, uno se pregunta: ¿En qué me equivoqué? Hoy puedo decir tranquilamente que le doy gracias a Dios por estar en mi vida: sin Él no hubiera podido ayudar a Juana a salir de un trastorno que la estaba llevando a la tumba. Debo decir que gracias a esta enfermedad, en nuestro hogar hemos afianzado nuestras relaciones como familia, nuestra fe se ha fortalecido y hemos servido para ayudar a otros. Juana es un ser humano espectacular”.

Julieta Páramo, mamá de Juana.

La anorexia nerviosa

Se trata es un trastorno de la conducta alimentaria por un temor intenso a aumentar de peso y por una percepción distorsionada del cuerpo que lleva a los afectados a mantener un peso muy bajo. Para ellos, controlar y vigilar su cuerpo y figura son las tareas más importantes de su vida, a tal punto que hacen todo tipo de sacrificios para lograrlo, y esto interfiere con sus funciones biológicas y el desempeño en sus actividades. Los padres deben estar atentos ante cambios drásticos en el peso de sus hijos y acudir al médico de inmediato para que dé inicio a un tratamiento psicológico o psiquiátrico, y nutricional.

*ESTA HISTORIA SE PUBLICA BAJO LA AUTORIZACIÓN ESCRITA DE SUS PADRES POR SER UNA MENOR DE EDAD

JUANA DÍAZ*
Para EL TIEMPO

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