El ejemplo de amor que son las damas voluntarias

El ejemplo de amor que son las damas voluntarias

Mujeres llevan décadas entregando su tiempo, amor y vocación a pacientes y familiares del Méderi.

Damas voluntarias

Integrantes de los voluntariados Damas Azules, Camiliano y Amigos de San Juan de Dios durante la celebración de los 10 años del Méderi, el miércoles 2 de mayo pasado.

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ABEL CÁRDENAS. EL TIEMPO

03 de mayo 2018 , 10:30 p.m.

“La caridad y el amor a los semejantes y la necesidad de servir a los demás vienen del alma, del corazón; son una vocación”, responde Clara Herrera de Castillo cuando se le pregunta por qué a sus 82 años, con el peso del tiempo y de varias enfermedades, aún dedica su vida a atender enfermos y familiares del Hospital Méderi, en Bogotá.

Clara da esa respuesta con orgullo. A la labor de ser voluntaria hospitalaria le ha dedicado los últimos cuarenta años de su vida. Ella es la presidenta de las Damas Azules, uno de los tres grupos —junto al Voluntariado Camiliano y al de Amigos de San Juan de Dios— que acuden religiosamente todos los días a uno de los hospitales más grandes del país, el mismo que por mucho tiempo se llamó Clínica San Pedro Claver.

Se trata, ni más ni menos, de una brigada de 65 mujeres que recorren de pies a cabeza el centro hospitalario buscando, paciente por paciente, quién necesita consuelo; o, en últimas, a quién le hace falta ser escuchado. Son fáciles de reconocer: todas por encima de los 40 años, debidamente uniformadas, algunas de vestido blanco y delantal azul, otras con prendas de color lila.

“El voluntariado es un enlace amoroso entre el paciente, su familia y la clínica. En la parte asistencial o médica no podemos intervenir para nada, pero sí afectivamente con muchos pacientes que necesitan escucha y consuelo o aquellas personas que han perdido a un ser querido y solo buscan un abrazo”, explica Clara, para quien esta labor se ha convertido en un propósito de vida, desde muy niña, cuando descubrió el amor por servir.

Recuerda, por ejemplo, que siendo dama azul vivió una noche dolorosa hace muchos años. En un recorrido nocturno por ese hospital se encontró con una paciente joven que sufría una diabetes muy avanzada. La mujer, en grave estado, le pidió que la acompañara mientras su esposo llegaba. Hablaron durante horas, hasta la madrugada, cuando el hombre arribó justo para despedirse. “Sabía que se estaba muriendo, me miró con cariño, me apretó la mano y me dijo: gracias”.

Pero su labor de voluntaria le ha dejado “momentos maravillosos”. “Como cuando una pareja me pidió que los acompañara en el bautizo de su hija prematura” o “cuando ayudé a calmar el dolor de unos padres que acababan de perder a su hija tras el parto”.

Clara ha sido un soporte para miles de personas en estos 40 años, en los que una neumonitis por poco hace flaquear su vocación. “Eso es lo que uno hace aquí, colaborar en lo que más se pueda, en todos los sentidos. El pago es la felicidad de las personas, sentir una retribución por hacer algo de la gente”, concluye.

Clara Herrera

Clara Herrera de Castillo, presidenta de las Damas Azules y voluntaria por más de 40 años.

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ABEL CÁRDENAS. EL TIEMPO

Las Damas Azules

La esposa del director de la época y las de otros encargados de área del hospital fundaron hace 48 años las Damas Azules. En principio se trataba de un grupo de voluntariado que apoyaba a los trabajadores del lugar en los cuidados de sus hijos, a modo de guardería. Luego, por la necesidad y por la falta de manos, se amplió el servicio de “pequeñas ayudas” a los pacientes, la mayoría de escasos recursos económicos.

Clara Herrera de Castillo entró cuando tenía 40 años y hoy es su presidenta. Recuerda que en su momento, el grupo alcanzó a tener presencia en todas las clínicas del Seguro Social de la época, en varias ciudades del país, y que, incluso, lograron tener un hogar de paso en Teusaquillo donde se hospedaban pacientes y familiares que venían de otros lugares.

Hace 10 años, con el fin del Seguro Social y la entrada del Méderi en lugar de la San Pedro Claver, las Damas Azules tuvieron un nuevo comienzo y, según Clara, su papel fue mucho más valorado debido al enfoque humanístico de la nueva administración.

Hoy son 28 damas azules, la mitad de ellas activas. Son una organización con estatutos y reglamentos. Están obligadas a cumplir con mínimo cuatro horas semanales de labor. Y si son más, como casi todas lo hacen, mejor. Cada mes deben dar una cuota para ayudar en el trabajo humanitario que desempeñan: comprar sillas de ruedas, caminadores, bastones, kits de aseo, pijamas, transportes o, básicamente, cualquier cosa que necesiten los pacientes.

La historia de Dorita
Dora Peña

Dorita no duda en decir que el voluntariado la mantiene viva.

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ABEL CÁRDENAS. EL TIEMPO

Dorita Peña tiene los mismos 82 años de Clara. Se hace notar, no solo por su andar. Su uniforme está impecable. Siempre bien peinada, con su labial granate. Es una mujer que habla con serenidad. Lleva menos tiempo, apenas 20, en las Damas Azules, pero esa vocación la tiene impregnada en lo más profundo de su ser, en la cadera que se fracturó hace una década y la obliga a caminar con bastón, y en el cuerpo que sufre los achaques de dos derrames que sufrió en diciembre y febrero pasados.

Ya no puede madrugar tanto como antes, a las 6 de la mañana, para preparar café a los médicos o a los familiares desvelados. Recalca, cada tanto, que el voluntariado le ha ayudado para luchar contra sus propios males. “Estoy luchando, no quiero dejar mi voluntariado. Para mí es vida. Mi familia me lo pide, pero yo les insisto en que el encierro o estar sola me hacen sentir mal”, afirma.

Y así, el dolor y la soledad de muchos enfermos del hospital se hacen más llevaderos: con el amor de estas mujeres.

RONNY SUÁREZ
Redactor de Salud@RonnySuarez_

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