De exitoso corredor de bolsa a sobreviviente de cáncer

De exitoso corredor de bolsa a sobreviviente de cáncer

Mario Ospina era un engreído amante de la fiesta, pero un tumor estomacal lo hizo cambiar de vida. 

Mario Ospina

A sus 45 años, Mario Ospina se dedica a llevar una vida tranquila. Dicta conferencias en las que cuenta su testimonio y ayuda a otros pacientes con cáncer en su recuperación emocional.

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Diego Santacruz / EL TIEMPO

12 de enero 2018 , 10:59 a.m.

Todo comenzó en la discoteca de moda en Bogotá. Mario Ospina, el joven y exitoso corredor de bolsa, amante de la fiesta, los lujos y los viajes, a sus 23 años se creía inmortal. No cabía dentro de su ego. Pero ese día, en el Salto del Ángel, en 1995, en medio de la parranda sintió un fuerte dolor en el estómago. Fue al baño. Un sangrado intestinal obligó a que lo trasladaran a una clínica del norte de la ciudad, donde le detectaron un tumor encima de una arteria. Lo operaron y le quitaron el 15 por ciento del estómago.

Tras la recuperación volvió a su vida de siempre: el estrés y la ambición normales en un corredor de bolsa, las fiestas. Dos años más tarde recayó y volvió a la clínica. Tenía tres tumores dentro del estómago y en el esófago. Lo que vino de ahí en adelante fueron tres cirugías, 90 días de angustia, dolor y hospitalización. Salió de la crisis y este bogotano, administrador de empresas de la Javeriana, volvió de nuevo al ruedo.

Cinco años más tarde, en el 2005, le llegó una nueva y definitiva cuenta de cobro: le diagnosticaron cáncer de Gist (sigla en inglés de gastrointestinal stromal tumors), que en palabras sencillas traduce: cáncer en las vías digestivas. La ciencia médica lo describe como un tumor que pertenece a la familia de los sarcomas de tejidos blandos. Estos tumores afectan el tejido conectivo, cuya función es rellenar o conectar entre sí otros tejidos como la grasa, los músculos, los nervios o los vasos sanguíneos.

Desde entonces, hace casi 13 años, ha sobrevivido con esa enfermedad –en una avanzada fase cuatro–, sumada a una metástasis en el hígado, como lo indica su más reciente diagnóstico de la Fundación Santa Fe de Bogotá. Han sido 20 las cirugías. Y hoy, a sus 45 años, sobrevive con 16 tumores. Su cáncer, dice, está como congelado. No retrocede, pero tampoco avanza.

Mario Ospina

En el 2004, Mario Ospina estuvo en Chile. Viajar es una de sus más grandes pasiones. Todavía viaja, pero ya no tanto como antes. Su salud no se lo permite.

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Archivo particular

¿Cómo es eso posible? La fe, los milagros y haber descubierto el verdadero amor, dice. Su historia la cuenta en un libro llamado Ahora o nunca, de Géminis, una editorial independiente que creyó en su testimonio (el editor fue Fernando Cárdenas). Su dieta está basada principalmente en frutas y verduras, aunque realmente come de todo; menos embutidos, picantes o cosas que le hagan daño. ¿Y el alcohol? Cero. Una cerveza, muy de vez en cuando. Y la quimioterapia la recibe por vía oral. Sin embargo, su mayor tratamiento, dice, es la oración y la comunión. Hoy vive de sus ahorros, dicta conferencias y les brinda apoyo a otros pacientes.

El oncólogo clínico Hernán Carranza ha tratado a Mario durante gran parte de su tratamiento. Y de él, dice: 

"Mario es un hombre luchador con gran sentido de vivir que se encontró con un diagnóstico de cáncer siendo muy joven. Todo este tiempo ha afrontado su enfermedad con valentía, positivismo y una actitud hacia la vida que sin duda le ha ayudado a sobrevivir poco mas de 20 años de tratamientos, muchas veces difíciles, procurando y logrando una adecuada calidad de vida; Mario nos enseña cómo es convivir con el diagnóstico de cáncer y a salir adelanta cada día". 

Compartimos un fragmento del prólogo de su libro, que ya va en la tercera edición. Un libro que, al comienzo, varias editoriales rechazaron. “¿Otro libro sobre cáncer?”, le dijeron. Pero, no. No era así.

***

Tengo ganas de contar muchas historias, y la mayoría ya las incluí en este relato de vida, una especie de anecdotario íntimo que recrea mis primeros 45 años. Lo curioso es que para reconstruir esa parte de la historia he pasado por horas de aflicción, de incertidumbre, y, aún hoy, esos sentimientos se aparecen sin remedio entre los quehaceres mundanos.

Para llegar a escribir este libro tuve que estar acompañado, en la soledad de mi apartamento, con el llamado de la enfermedad. Se presentó un esfuerzo inmenso con el cambio de alimentación debido a la terapia Gerson, pues me dediqué a preparar los alimentos, lavarlos y cocinarlos. También me refugié simplemente a ver televisión; veía especialmente fútbol, y esto dejó una sensación de frustración al ver que el mundo seguía su curso normal.

Me postraba al frente de una pantalla para no tener que cavilar mucho más imaginando un regreso a la sala de urgencias y un desenlace que llevara a mi muerte, como era lo más probable; esas horas eran posiblemente las últimas que vivía. Fue un refugio, una escapatoria para no dejar volar mi imaginación malaventurada.

Hoy día, para aliviar por momentos los padecimientos propios del cáncer –que me ataca el estómago, el esófago y el hígado–, consumo altas dosis de morfina que me aplico en inyecciones o la tomo en pastillas. Cuando las quejas se intensifican, en el lugar que esté, sin reparo alguno pero con todo el respeto posible, debo sacar mi jeringa para inyectarme, tratando de ser muy prudente. Puede resultar una imagen agresiva para las personas.

Una vez aplicada vuelvo a salir al círculo donde estaba, como si nada pasara, con la frente en alto, pues el dolor se queda adentro para no interrumpir a nadie, para que nadie se indisponga. Esto, de cierto modo, me ha llevado a pensar en algo que definitivamente es bonito y solo se lo tengo que agradecer a Dios.

Estoy convencido, después de reconocer mi cruz –la cruz que Dios ha permitido que yo cargue–, que he encontrado en tantos momentos con miles de personas: en retiros espirituales y en la normalidad del día a día, cuando comparto algo de mi experiencia con las personas, encuentro que todos, absolutamente todos en la vida, llevamos una cruz a cuestas.

Me pidieron que obrara con todo el amor en la vida, incluso eso era lo que yo estaba necesitando y lo que le pedí a Dios en instantes cercanos a la muerte. Lo pedí sin darme cuenta, pues sentí mis manos vacías y esto me llevaría, y sigo en proceso de hacerlo, a tener algo entre las manos. Algo etéreo, algo que no se ve, pero se siente. Eso, supuestamente, sería el camino hacia la felicidad y, de esta manera, poder morir más tranquilo. De repente todo cobró importancia; sentí que todo tenía un propósito. Por primera vez, la traumática y dolorosa enfermedad tenía un significado y un gran proyecto; eso era realmente transcendental y vital.

Ayudar y amar

Algo extraño, que yo llamo la ley del búmeran, encontré en el camino: a medida que más le daba a las personas, por lo tanto a Dios, el más satisfecho y mejor servido era yo mismo. El sentimiento y la sensación de amar a las personas, de servirlas y amarlas siempre lo que más pudiera con todo el corazón, tenía ese efecto jamás pensado. Aunque no es fácil y es un trabajo de todos los días en el que no se puede bajar la cabeza ni el corazón, vale la pena esforzarse por este logro.

Las cosas van y vuelven, pero con más fuerza; así para las buenas como para las malas. Lo mismo pasa con el amor que con el odio. Si tú das odio a las personas, se te devuelve con más fuerza; lo mismo con el amor. El amor es el gran secreto. Quien lo obra hará grandes obras, quien vive en él descubrirá las maravillas del universo y logrará hacer cosas milagrosas. Logrará todo porque del amor se desprende todo lo bueno, así como del odio se desprende todo lo malo.

Nunca lo hubiera podido encontrar si seguía en ese tren en el que me había montado. Nunca lo hubiera podido percibir si no me hubiera tocado hacer el alto en el camino. Por una supuesta desgracia que se me atravesó en el camino, se abrió otra puerta que al final ha sido maravillosa. A la postre, lo malo me llevó a lo mejor de mi vida.

Ninguna cosa en mi vida, ni sentimiento alguno, ni lujo disfrutado, ni meta lograda, ni viaje realizado hizo que sintiera algo tan grande en la vida, algo tan absolutamente maravilloso y espectacular como cuando amo al prójimo, conocido o desconocido, y siento que le sirvo y le doy amor desde mi corazón. ¡Nada es tan maravilloso como este sentimiento! Allí está Dios.

Los testimonios, las charlas y la escritura se han convertido en la manera perfecta como el alma, el corazón y –en menor importancia– el cuerpo se han sanado.

A mis 45 años pasados estoy viviendo la mejor etapa, pues ahora vivo desde el corazón, y estas actividades, indiscutiblemente, me tienen con una salud restablecida. Puedo realizar estos ejercicios y vivo con la enfermedad aquí entre los más vivos, compartiendo desde el fondo del alma. Estoy con salud, así continúe con los tumores malignos que han ocasionado todo este camino, pero milagrosamente, inexplicablemente, como lo veo en los ojos de mi oncólogo, la enfermedad está quieta, congelada y me permite respirar.

Algo sucedió y ha sido maravilloso. Algo está sucediendo, porque no ha parado ni parará, así me llegue la muerte física, pues siento que todo es diferente y nunca más nada será igual. Este motor que se prendió, que prendió Dios, no se apagará más.

La experiencia del amor a través de Dios y las personas, y con unas herramientas maravillosas como la escritura y las charlas, me ha abierto al mundo. Cada vez que cuento mis dolores, en cada abrazo, en cada beso, en cada testimonio, Dios me da la oportunidad de sanar y de vivir.

El libro ‘Ahora o nunca’, de Mario Ospina, se consigue en la librería central de la 94 con 13. Facebook: MarioOspinaMelo/ Twitter: @mariofospina

REDACCIÓN SALUD
EL TIEMPO
En Twitter: @SaludET

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