¿Por qué muchas veces nos sentimos como unos farsantes?

¿Por qué muchas veces nos sentimos como unos farsantes?

Cuatro de cada diez personas pueden sufrir síndrome del impostor. No es una enfermedad reconocida.

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Las personas con este síndrome se niegan a reconocer su buen desempeño y sus éxitos

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Ilustración: MiguelYein

13 de noviembre 2016 , 12:16 a.m.

“A veces me despierto en la mañana antes de ir a filmar y pienso: ‘No puedo hacer eso, soy un fraude’ ”.

La frase es de la actriz británica Kate Winslet, ganadora de múltiples premios, incluido el Óscar en el 2009, y suele ser tomada como referencia para describir el síndrome del impostor, un fenómeno psicológico que les impide a algunas personas aceptar sus logros, porque están seriamente convencidas de que no tienen las capacidades para merecerlos.

Aunque no es una enfermedad oficialmente reconocida, el término fue propuesto por las psicólogas estadounidenses Pauline Rose Clance y Suzanne Imes en 1978 para describir a pacientes que les manifestaban dudas sobre sus habilidades y que se enfrentaban al temor de ser catalogados como farsantes.

De acuerdo con la psicóloga Sandra Herrera, las personas con este síndrome se niegan a reconocer su buen desempeño y sus éxitos, a tal punto que cuando se presentan se los achacan a la suerte o a la sobrevaloración concedida por los demás. “Las dudas e inseguridades que tienen sobre lo que hacen son permanentes y termina perjudicándolos”, dice.

(También: 'El autoconocimiento puede ser sinónimo de felicidad')

Este trastorno es más habitual de lo que parece y, según Aida Baida, autora del libro ‘Cómo superar el síndrome del impostor’, cuatro de cada diez personas lo presentan al menos una vez en la vida; las mujeres son las más afectadas, pero también muchos estudiantes que sienten que al pasar el tiempo serán descubiertos por sus fraudes intelectuales, aunque en realidad no los han propiciado.

El fenómeno usualmente se da en profesionales muy competentes y una explicación parcial del mismo, en palabras del psiquiatra Rodrigo Córdoba, presidente de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (Apal), podría ser que en la medida en que las personas progresan se tornan más conscientes de las limitaciones de su conocimiento y sus capacidades.

Si bien, según Córdoba, el síndrome se relaciona con baja autoestima, es algo más que la simple manifestación de inseguridad y se explicaría por causas ambientales y cognitivas. “Es probable que estas personas durante su infancia o adolescencia hayan experimentado críticas por parte de figuras significativas, como padres, profesores o hermanos mayores, que minimizaban sus aptitudes y hasta su conducta; también porque no tuvieron buenos resultados en el colegio o son triunfadoras de adultas, a pesar de sus bajos logros académicos durante su formación”, dice el psiquiatra.

En el campo cognitivo, estaría relacionado con la forma en que cada persona percibe e interpreta la realidad. En este sentido, tienden a atribuir sus éxitos o fracasos a causas externas. “Creen que todo lo que les ocurre no depende de lo que ellos hacen, sino de factores como el azar, la buena suerte, el momento de sus vidas o porque les tocaba”, sostiene Córdoba.

El problema es que esta condición siempre genera inseguridad con respecto a lo que puede ocurrir, por lo que los afectados nunca se muestran confiados y hasta pueden perder el control sobre sus vidas “al caer en un círculo vicioso de inseguridad y bloqueo para la acción del que no pueden liberarse”, dice Herrera.

Valerie Young, experta en el tema y autora del libro Los pensamientos secretos de las mujeres de éxito: ‘¿Por qué los valores humanos adolecen del síndrome del impostor y cómo prosperar a pesar de ello?’ manifiesta que como consecuencia de este trastorno la gente tiende a tomar decisiones que son “auténticos actos de sabotaje” a sus verdaderas capacidades.

Young, que no duda en calificar el consabido “no soy lo suficientemente bueno” como una creencia tóxica, ha agrupado estas reacciones en dos categorías: las que obligan a estas personas a rendirse y a ocupar lugares secundarios a pesar de sus buenas capacidades, y las que bajo el supuesto de la incompetencia las empujan a imponerse exigencias elevadas, rígidas y perfeccionistas, que terminan por complicarles la existencia.

¿Cómo identificarlo?

El síndrome puede presentar algunos de estos síntomas: desconfianza en sus capacidades y en las competencias para desarrollar tareas.

Temor manifiesto de que en algún momento pueda quedar en evidencia como un farsante.

Se proyecta inseguro en los ámbitos académicos, laborales y sociales.

Hay formas de enfrentarlo

Los expertos consideran que hay diferentes grados de severidad y que, como cada caso es distinto, no pueden generalizarse tratamientos; pero coinciden en algunas pautas para atenuarlo:

Confirmar con un especialista si en realidad lo padece y descartar otros cuadros que puedan manifestarse de manera parecida.

Una vez hecho el diagnóstico es importante informarse. Se ha demostrado que conocer sobre el tema disminuye la ansiedad y la angustia.

Hablar con personas de confianza para relacionar de manera más real capacidades y logros que se hayan tenido. La familia, los amigos de la infancia y la pareja pueden ser un buen soporte.

No hay que rechazar los cumplidos y elogios. Es importante creerlos y no desestimarlos.

Hacer más conscientes los pensamientos que afloran frente a una nueva oportunidad o a un logro. Hay que frenar la idea de que todo fue fácil y anclarlos sobre los esfuerzos y el trabajo invertidos para conseguirlos o para ser merecedor de una nueva propuesta.

Es importante ponerse a prueba. Enfrentarse al fracaso forma parte de estas intervenciones. Actuar y entender que los errores forman parte de la vida son, igualmente, buenas herramientas.

Revisar con frecuencia un listado sobre cualidades, competencias, habilidades y carencias. El listado debe hacerse con plena conciencia y con ayuda de personas conocidas y desinteresadas.

Cuando la quietud, el bloqueo y la angustia aparecen, es necesario consultar con un especialista para que instaure un tratamiento más profundo. El pronóstico es favorable la mayoría de las veces.

CARLOS F. FERNÁNDEZ
Editor médico de EL TIEMPO

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