Dime cómo estornudas y te diré quién eres

Dime cómo estornudas y te diré quién eres

Por su forma, este reflejo involuntario puede ser un sello de cada persona.

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Los estornudos no son iguales, existen tantas variaciones de ellos como personas.

Foto:

Archivo particular

11 de diciembre 2016 , 04:53 p.m.

‘Aaaahhhhchiiiiisss’ significa estornudo en todos los idiomas, incluso se entiende –en cualquier lugar del mundo– como un llamado a socorrer al que emite este sonido con un deseo solidario de ‘¡Salud!’, que venga de quién venga siempre es bien recibido.

Pero, valga decir que los estornudos no son iguales. Existen tantas variaciones de ellos como personas y, en no pocos casos, se convierten en un rasgo característico individual por la forma como se ponen en escena. De hecho, los hay escandalosos, silenciosos, apagados, amplificados, cómicos y hasta con gritos terroríficos, casi siempre acompañados por una coreografía que va desde la tímida tapada de la nariz y la agitación de los brazos hasta los saltos y las contorsiones, sin que falte, en todos, una consecuente cerrada de ojos.

Todo empieza con un cosquilleo en la nariz y una necesidad irrefrenable de meter aire a los pulmones. Esto es un aviso para darle paso a una potente explosión que por boca y nariz expulsa todo lo que hay en el pecho y sus alrededores. La velocidad de esta ráfaga puede alcanzar los 150 kilómetros por hora y su contenido puede llegar hasta los ocho metros. Claro, en esas condiciones nadie puede mantener los ojos abiertos.

(También: Diez datos curiosos sobre los estornudos)

Involuntario sí es

A la hora de definir el estornudo, lo más ajustado es decir que es un acto violento, convulsivo, espasmódico y sonoro de expulsión de aire desde los pulmones a través de la nariz y, eventualmente, por la boca, con arrastre de mucosidades. También se puede acudir a la fisiología para considerarlo un reflejo neuromuscular que responde a la irritación del sistema nervioso y que, como reflejo, es patrimonio de casi todos los vertebrados.

El asunto es que cuando un elemento irritante –y ahí está la clave, porque no todos los elementos extraños al cuerpo lo son– se pone en contacto con la mucosa nasal, el nervio trigémino (que se encarga de la sensibilidad de la cara) le envía una información a un centro de control ubicado en el puente cerebral, desde donde se les ordena, por un lado, a los vasos sanguíneos y las glándulas de la nariz que aumenten la producción de moco y, por otro, a los centros respiratorios que le indiquen al pulmón que introduzca todo el aire que pueda y luego al diafragma y a los músculos abdominales que expriman con fuerza el tórax y saquen todo el aire recogido.

Ahora, si se trata de darle una función al estornudo, pues queda claro que sirve para deshacerse de todos los elementos y sustancias que incomodan a la nariz y otros órganos respiratorios, todo con el objetivo de que dichos irritantes no pasen de las fosas nasales y se alojen en los bronquios y los pulmones. Podría decirse que es un reflejo de defensa.

(Además: ¿Qué hay detrás de la tos que no se va?)

Las causas

Como se dijo antes, para que aparezca un estornudo es necesario que algo irrite las mucosas nasales. En ese sentido, hay una sensibilidad especial de la nariz en los casos de alergias, que identifica como irritantes a muchas sustancias como polen, polvo, ácaros, fibras naturales y productos químicos, que se puedan diluir en las secciones nasales o que puedan llegar allí por vía sanguínea, como en el caso de algunos alimentos y medicamentos.

Pero también en personas no alérgicas la irritación por el polvo, la pimienta, el talco, la inhalación de sustancias químicas, el frío y, comúnmente, los virus respiratorios pueden desencadenar estornudos que, de acuerdo con cada persona, varían en frecuencia e intensidad.

Estornudos raros

Comer menta, arrancarse las cejas, tomar vino y hasta la primera cita amorosa han sido identificados, en algunos casos, como productores de estornudos, incluso hay causas extrañas como la reportada por una revista médica de un estudiante que con exactitud estornudaba siempre a las 8:20 de la mañana.

Pero quizás, el llamado estornudo fótico (producido por la luz del sol) sea uno de los más extraños y antiguos de los conocidos. Se dice que Aristóteles en el siglo IV a. C. se quejaba de que el calor lo pusiera a estornudar, pero le inquietaba que esto fuera más frecuente cuando se asoleaba que cuando se exponía a la tibieza del fuego.

Siglos después, se demostró que este estornudo –el de Aristóteles– era hereditario y se producía porque al mirar el sol se estimula de manera exagerada el nervio trigémino –el mismo de toda la sensibilidad de la cara–, y para defenderse, como ocurre con las alergias, le comunica al cerebro la situación, lo que logra confundirlo y ordena que se desencadene el estornudo. La posibilidad de heredarlo, si alguno de los padres lo tiene, es del 50 por ciento.

Otro estornudo excepcional es el que documentaron los británicos Mahmood F. Bhutta y Harold Maxwell en el ‘Journal of the Royal Society of Medicine’ de un paciente que no podía parar de estornudar cuando pensaba en sexo. El caso, de acuerdo con el artículo, los obligó a recordar al médico alemán Wilhelm Fliess, amigo de Freud, quien bautizó esta situación como neurosis nasal refleja y que, según él, se presentaba porque los genitales y la mucosa nasal tenían tejido eréctil y estaban conectados dentro del organismo.

Hoy, esta explicación es obsoleta y ha cedido paso a factores genéticos y a distorsiones dentro de la estructura del sistema nervioso.

Con todo, estornudar es una condición normal y, exceptuando casos en los que la irritación puede llevar a paroxismos de estornudos o a alteraciones de tipo emocional y orgánico que aumenten su frecuencia de manera desproporcionada, a tal punto que se requiere intervención médica, este reflejo es –casi siempre– una reacción placentera en la que cada persona deja ver, de manera involuntaria, parte de su forma de ser.

¡Salud!, una ayuda para cuidar el alma

En la antigüedad se creía que el que estornudaba se iba a morir pronto y que el estornudo era la forma en la que el alma –que era el aliento de la vida– abandonaba el cuerpo. Por la época del papado de Gregorio Magno (540-604) se supo que la peste podía acompañarse de estornudos, por lo que se impuso el rezo de plegarias cuando estos se escuchaban, para evitar el contagio de este mal.

Esto se redujo en algunos sitios a invocar a ‘¡Jesús!’ y a desear ‘¡Salud!’; los anglosajones dicen ‘Bless you!’, los egipcios apresuran un ‘¡Que Alá tenga misericordia!’ y los malasios dicen ‘Para Dios es toda alabanza’ siempre que se escucha un estornudo. Todo porque al afectado se le puede estar escapando el alma o, simplemente, por costumbre.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO

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