En plena crisis, Alas para la Gente en Chocó

En plena crisis, Alas para la Gente en Chocó

A Bahía Solano llegaron 41 personas, entre médicos especialistas. Practicaron 1.467 procedimientos.

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Los adultos mayores fueron algunos de los beneficiados con la atención del personal médico.

Foto:

Archivo particular

19 de agosto 2016 , 09:52 p.m.

Una jungla densa frente a un mar con playas negras que advierten sobre la posibilidad de un tsunami. Olas de casi cinco metros. Caseríos, cemento y agua. Sobre todo, mucha agua. ¿Y el sol cuándo lo ven? “Casualidad”, responde un moreno corpulento. “¡No ve que a esto lo llaman cielo roto?”.

Y a pesar de toda la humedad y toda el agua, Bahía Solano es un lugar majestuoso (no carente de conflicto por ser un punto en la larga ruta del narcotráfico) que hoy lucha por reconstruir el tejido a través de un turismo ecológico, lejos de la minería, aprendiendo a valorar el sentido casi milagroso de habitar una tierra que vive con la fuerza de un animal grande, como sus ballenas.

Esa violencia soterrada de todos los lugares aislados a los que busca llegar la fundación Alas para la Gente deja siempre historias difíciles de contar. El 25 de febrero, en un enfrentamiento que se dio en el corregimiento de El Valle en una noche sin luz, Taliana, de 7 años, recibió un disparo cerca de la arteria femoral.

“Nadie se explica por qué la niña no estaba muerta. La bala no tocó ni el músculo ni la arteria”, cuenta su hermana, que viene buscando una segunda opinión con los médicos de la brigada, pues aún no es capaz de creer que su hermanita deba vivir con un bala incrustada cerca del vientre.

Casi todos los diagnósticos recientes coinciden en que existe un riesgo altísimo en tratar de sacar un proyectil que no afectó ningún tejido vital.

Taliana tuvo suerte. Esa misma noche pudo ser trasladada a Medellín, donde le realizaron los procedimientos a tiempo. Sin embargo, la historia de los casos graves de salud en la población casi nunca termina tan bien, como lo cuenta la alcaldesa Harley Liliana Ortiz Salazar. “La situación es bastante compleja. El modelo de salud no está diseñado para comunidades como las nuestras, a las que es tan difícil llegar (por vía marítima o aérea). Este año hemos tenido bastantes urgencias, y la ambulancia aérea no llega. La respuesta es: son 15 millones de pesos. Una persona acá no tiene con qué pagar eso”.

Los abuelos, a su vez, van llegando casi todos al salón de clases donde está el diabetólogo Juan Carlos Angarita, en la sección de medicina general. Se sientan todos alrededor del médico, en unas sillas viejas de estudiante, como si recordaran un pasado difuso, y mientras se les va preguntando su edad y su número de cédula, todos regresan una mirada inocente. “Yo no sé cuántos años tengo ya. Póngame 70”, dice una de ellas, de apellido Tejada, mientras su hija confronta la información: “tiene 87”. Y así pasa con casi todos.

Tal condición, más que falta de memoria, revela una forma diferente de habitar el tiempo. Un tiempo en el Pacífico que está ligado más al transcurrir de la vida misma que a los número exactos.

Un poco más abajo (la brigada se realizó en el colegio de El Valle), Eulogio Palacios, de 87 años y quien ha llegado a medicina alternativa sin saber muy bien de qué se trata, llega con una pierna recién amputada. Es la segunda vez que se ve sometido a ese procedimiento, por problemas de diabetes. Lo atiende Hilderman Pedraza, experto en medicina tradicional china. Luego de quitarle unos vendajes mal puestos y esperar a que la sangre de la herida termine de salir, el médico manda a traer una penca de sábila. Antes de ponérsela les recuerda con asombro que tienen todas las medicinas en la naturaleza, en su casa, al alcance de la mano, y que tal milagro tiene que agradecerse.

Ya un poco más tarde van llegando los indígenas de los resguardos cercanos: Posamanza, Boroboró, El Brazo, Villa Nueva. Su situación es diferente a la de la población afro, que, si bien sufre males notables (problemas de la piel, de parisitismo, de embarazo prematuro), no presenta desnutrición, pues la pesca en el Pacífico es abundante.

Estas comunidades emberas que viven aisladas en el monte, subsistiendo con la agricultura, deben llegar en canoa, luego de un largo recorrido, para poder ver un médico especialista por primera vez en su vida. Su situación es mucho más complicada, pues, además de una salud más deteriorada, algunos apenas logran explicar sus dolencias: para muchos, el español es como una lengua extranjera.

Pero para un médico que entrega sus días de descanso para asistir a una brigada voluntariamente, el lenguaje es un tema menor y se arregla con señas, como tuvo que hacer la cirujana Rosana Medina para ir entendiendo los males de sus pacientes indígenas.

EL TIEMPO

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