Así funciona el cerebro de los trolls y haters de las redes sociales

Así funciona el cerebro de los trolls y haters de las redes sociales

Existen razones biológicas y sociales que explican este sentimiento que se puede aprender.

Odio en la era digital

Radiografía del odio en la era digital.

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Gustavo Ortega

24 de julio 2018 , 11:34 p.m.

Esas ganas irreprimibles de cantarles todos los defectos a personas, cosas o situaciones –mezcladas con un rechazo infinito y con expresiones de aversión dichas en un tonito antipático– configuran, sin más, una muestra de odio.

Aunque el odio, de acuerdo con el psiquiatra Rodrigo Córdoba, es considerado como una reacción malvada que debe ser reprimida, controlada y erradicada, lo cierto es que se trata de un estado funcional del cerebro tan interesante como el amor. “Ambas pasiones pueden ser irracionales y provocar en las personas conductas heroicas o perversas”, agrega Córdoba.

De hecho, estudios recientes –entre ellos uno de la Universidad de Londres– han confirmado que los mecanismos neuronales que regulan el amor y el odio comparten áreas cerebrales y sustancias, y relacionan a estos sentimientos de manera íntima; por el contrario, sentimientos como el miedo, la ira y la sensación de peligro no tienen nada en común con estas áreas, algo que para Córdoba resulta llamativo.

El circuito del odio

Este adagio encuentra soporte biológico al observar que dos regiones cerebrales se activan a la hora de generar un comportamiento agresivo para luego desencadenar una acción práctica: el putamen –un núcleo situado en el centro del cerebro– y la ínsula –una parte ubicada lateralmente en este órgano–. Según el profesor Semir Zeki, del laboratorio de neurobiología del University College de Londres, son las mismas que participan en los sentimientos amorosos.

El putamen, sin ir muy lejos, se encarga de planificar las respuestas activas. Es decir: agredir o ponerse a la defensiva como respuestas a los estímulos que producen mirar lo que se odia o tenerlo cerca. Por su parte, la ínsula participa en las funciones que manifiestan disgusto y otras sensaciones desagradables.

Estas estructuras conforman el ‘circuito del odio’, que pasa por vías propias y las de otros sentimientos. Este circuito, en el caso del amor, desactiva zonas cerebrales destinadas al procesamiento racional, lo que hace que se nuble el entendimiento y la capacidad para cuestionar lo que se ama.

Un troll es aquel que hace comentarios insultantes o que expresan odio o prejuicios como reacciones emocionales desmedidas, simplemente para hacerse notar

El odio, por el contrario, activa zonas de la corteza frontal que se inhiben en el amor y permiten a la persona que odia ser altamente eficaz a la hora de calcular acciones destinadas a dañar a la persona odiada; planificar conductas de agresión; evaluar, predecir, anticipar las reacciones de los demás o encubrirse a sí mismo.

Cuando se odia, dice Olga Albornoz, no se pierde el juicio y existe conciencia clara del entorno y de las acciones que hay que tomar en contra de lo que se odia. “El odio estimula los pensamientos racionales y cuanto más intenso sea este sentimiento, la actividad de las áreas cerebrales implicadas son mayores”, insiste la experta.

Sandra Herrera explica que el odio tiene tres componentes interrelacionados: el distanciamiento, la pasión y la decisión. Según la especialista, cuando se odia hay alejamiento y repulsión, pero a su vez hay una especie de pasión y furia que pueden llegar a convencer al cerebro que son un tipo de recompensa, tanto que pueden llegar a ser adictivas (hay gusto por la reacciones con las que se manifiesta el odio).

El odio se puede aprender

Pero el odio también se puede aprender, condición que puede ser utilizada por quienes lo fomentan para modificar el pensamiento, incluso, de comunidades enteras que terminan odiando por influencia; como ocurrió con los nazis hacia los judíos; el racismo, la xenofobia, el exterminio de indígenas y algunas disputas con tinte político.

La psiquiatra Olga Albornoz insiste en que desde el punto de vista biológico el odio es uno solo; lo cierto es que sus características y manifestaciones permiten hacer algunas clasificaciones.

Por ejemplo, existe un tipo de odio que solo provoca disgusto y en el que no hay ninguna acción contra el factor que lo provoca y promueve, tanto que es mejor evitarlo. También hay quienes desprecian sin manifestarlo y piensan que el objeto odiado está lleno de defectos, pero no lo verbalizan.

De igual forma, hay quienes odian porque tienen la certeza de que el objeto odiado es una amenaza que hay que eliminar, de lo que se desprende la máxima manifestación del odio que es la acción efectiva para destruir lo que se odia. Es el caso de los genocidios y de la promoción de desplazamientos.

La fuente moderna del odio son las redes sociales. En estos espacios, el anonimato, la impunidad y la falta de reglas claras –de acuerdo con el psiquiatra Rodrigo Córdoba– promueven que muchas personas pierdan el temor a la descalificación, a los insultos y a las amenazas y se escondan bajo una masa amorfa, disfrazada de libertad de expresión.

Cuando se odia hay alejamiento y repulsión, pero a su vez hay una especie de pasión y furia que pueden llegar a convencer al cerebro que son un tipo de recompensa

Además de lo anterior, dice la psicóloga Sandra Herrera, en las redes se maneja un lenguaje frío, carente de las emociones que da la presencia; al punto de que muchos creen que insultar o denigrar a alguien es algo normal y que no afecta de la misma forma, como si se hiciera directamente a la persona.

Lo anterior con el agravante, dice Olga Albornoz, de que se ha generado una especie de individuos que tienen como dedicación “hacerles la vida imposible a los demás sin ninguna razón, vía por la cual expresan su inmadurez, sus frustraciones y su ignorancia”. Son los trolls o haters.

Aquí hay que decir que un troll es aquel que hace comentarios insultantes o que expresan odio o prejuicios como reacciones emocionales desmedidas, simplemente para hacerse notar; porque en realidad –dice Córdoba– al troll no le importa lo que dice, tampoco las reacciones que pueda provocar, simplemente lo hace para que la gente lo siga, condición que lo hace sentir bien.

Por su parte, el hater sí cree genuinamente en lo que dice. Tiene como tarea insultar, difamar y decir cosas desagradables, con el único objetivo de hacer sentir mal o de degradar la autoestima de todos aquellos a quienes agrede. “El problema es que si se le responde, esto refuerza su condición por lo que expresa más insultos”, añade Albornoz.

¿Qué hacer?

Ante las crecientes manifestaciones de odio en las redes sociales, no sobra poner en práctica las siguientes recomendaciones:

Conozca. Recuerde que el troll es insensible y en la mayoría de los casos se escuda en el anonimato, por lo que no vale la pena tratar de ponerlo en cintura o razonar con él.

Evite. En el caso del troll, se torna imperativo hacer a un lado sus intervenciones. En otras palabras, ignórelo, porque al intentar razonar con ellos, siempre ganan, lo mismo que si intenta callarlos. Así que no responda.

Retírese de la pantalla. Recuerde que cuando estos insultadores encuentran silencio tienden a atacar con cosas personales o familiares. Así que no responda nada.

Actúe. Hay que saber que las conductas de estos individuos se deben reprimir socialmente. También se pueden bloquear y, en casos extremos, denúncielos ante las autoridades.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Carlos F. Fernández 
Asesor médico de EL TIEMPO

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