El español que construye su propia catedral

El español que construye su propia catedral

Gallego lleva 53 años levantando un templo dedicado a la Virgen del Pilar. La iglesia no lo apoya.

Justo Gallego

La única familia de Gallego son unos sobrinos con los que pelea por plata.

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Victoria Manuela Vargas

02 de julio 2017 , 10:51 p.m.

Justo Gallego Martínez está sentado en una butaca de cine desvencijada en mitad de la nave desierta. Recibe de espaldas el sol de mediodía en Mejorada del Campo, a 18 kilómetros de Madrid, donde lleva más de la mitad de su vida construyendo su propia catedral. Tiene 91 años y cree que ya no alcanzará a terminarla. Pero no le importa; ya solo espera morir. 

No es arquitecto ni albañil, ni tiene formación alguna relacionada con la construcción. Ni siquiera terminó la escuela, interrumpida por la Guerra Civil. No existen planos del templo, ni tampoco un proyecto respaldado por ningún arquitecto. Por eso, ni el Ayuntamiento ni el Arzobispado saben qué hacer con él, y piensan en demolerlo. De nada importan los cientos de metros cuadrados ya construidos, ni el reconocimiento del MoMa de Nueva York como uno de los exponentes de la arquitectura contemporánea española, ni los 53 años de trabajo que Justo ha invertido en ella: falta la firma de un arquitecto.

Hace unos años, no recuerda cuántos, Gallego cambió su testamento para dejar la catedral a la Iglesia. Pero el Obispado de Alcalá de Henares ni siquiera quiere hablar del tema y rechazó una entrevista para este reportaje. A él no le importa: ha cumplido con su parte. Lo que pase con la catedral después de su muerte será responsabilidad de otro, asegura.

De fondo alguien grita: “¡Justo, a comer!”, y él pega un brinco de la butaca.

“¿Podemos hablar después?”, le pregunto.

“Si me esperas, igual sí”, contesta.

Este hombre ya no habla con casi nadie y cuando un visitante intenta saludarlo lo despacha con indiferencia. “Me distraen del trabajo y muchos solo vienen por turismo, no por devoción a la Virgen del Pilar”, me dice.

De una de las salas aledañas sale olor a patatas con chorizo y ruido de cazuelas y platos, así que aprovecho para recorrer el lugar. El templo mide unos 50 metros de largo, 20 de ancho y 35 hasta las cúpulas; aunque Gallego dice que nunca lo ha medido y que nadie lo sabe a ciencia cierta. “Todo está en mi cabeza”, dice.

Cuando tenía 58 años ya llevaba 18 de construcción; había invertido una pequeña fortuna y cientos de horas de trabajo. Entonces creía que solo le harían falta cuatro años para ver la catedral terminada. Pero hoy, todo sigue inacabado. Los alambres y el cemento están a la vista; los ladrillos, rotos y retorcidos, parecen sufrir las inclemencias del calor y el frío extremos de Mejorada del Campo, rogando por sostenerse entre los huecos que el cemento no cubrió, justo encima de un cartel que dice: ‘No somos responsables de posibles accidentes’.

La iglesia intenta mantener las formas de una catedral. Hay un espacio para el altar, una cripta a la que se llega por una escalinata a medio hacer y decenas de vidrieras diferentes. Se pueden contar 25 cúpulas, baptisterio, cinco viviendas, garajes para el obispo, dos sacristías y tres claustros. Parece increíble que una persona haya sido capaz de construir todo eso sola y sin planos.

El templo es un desafío a las bases de la arquitectura moderna. Lo han llamado modernista, heredero de Gaudí y ecoconstrucción, por estar hecho con materiales reciclados. Pero nadie sabe cómo se mantiene en pie: no tiene licencia y no existe ningún proyecto visado por el Colegio Oficial de Arquitectos.

Al no tener planos, el Ayuntamiento no puede legalizar la construcción, y no tiene técnicos ni presupuesto para hacer el estudio que se necesita para no demolerla. “El edificio se comenzó sin soporte técnico. Eso hace que el Ayuntamiento no pueda seguir la tramitación ni tampoco entrar en una propiedad privada para hacer estudios”, explica Encarnación Martín, concejala de Urbanismo de Mejorada del Campo.

Un periodista alemán que regresa a la catedral cada cierto tiempo señala que la prueba más clara de que Dios existe es que esta iglesia no se ha caído. Pero a Federico Erviti, profesor de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid, no lo convence esa respuesta. El edificio no cumple con ninguna normativa urbanística o técnica. El costo de legalizar un edificio normal ronda el 10 por ciento del total. Pero este no es un edificio normal y no se sabe cuánto podría costar revisar materiales, tipo de construcción, seguridad y otros parámetros. “Si el Ayuntamiento hubiera seguido la ley, tendría que haber demolido el edificio hace tiempo –sentencia–. Es muy difícil que se legalice y además supone un riesgo para las personas. La demolición es casi la única posibilidad”. Ignacio Pons-Sorolla, también arquitecto y doctorando en conservación del patrimonio, coincide: “El problema se agrava con el tiempo. Sería un milagro si la obra se acaba autorizando”.

Después del altar, repleto de cruces e imágenes de la Virgen hasta por el suelo, está la parte dedicada al merchandising. Hay libros, postales, DVD y una hucha oxidada para dejar el dinero de lo que se compra. En un viejo televisor se puede ver a Gallego caminando por el tejado inacabado de la iglesia, a más de 25 metros de altura y sin arneses ni andamios, solo con su bata azul de obrero y su boina roja. “Mira yo lo que he conseguido, eh, por la constancia de un ideal. El ser humano es impredecible, ¿a que sí?”, pregunta mirando a la cámara.

Han pasado 12 años desde que ese anuncio de refrescos Aquarius lo hizo famoso. Y aunque lleva la misma pinta y conserva el ánimo, se ve cansado. Sale de la cocina y se vuelve a sentar en la butaca como si no se hubiera levantado de ella, y sin que le pregunte nada empieza: “A ver, lo que pasa es que no hay proyecto. Yo se lo quiero dejar al Arzobispado, pero no lo quieren sin proyecto, porque cuesta muchísimo legalizarla. El Ayuntamiento también pide algo oficial”.

¿Por qué no contrata a un arquitecto?

Buuuuff… El arquitecto no me quiso ayudar. Ahora eso sería muy complicado. Hay que hacer un laboratorio de los cimientos y eso vale mucho dinero.

¿Entonces qué va a hacer?

La obra se vale por sí misma. Si falta algún papel, que lo traiga quien lo necesite.

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Se queda un rato callado, como dándose la razón para convencerse de que, una vez que él no esté, su obra seguirá en pie.

Dos chicas en shorts y tirantes llegan al centro de la nave, cerca de donde estamos y, como una señal de los temores de Gallego, se dan un beso con lengua y salen riéndose. Nos quedamos callados, esperando a que los últimos ecos de las risas desaparezcan. “El mundo está muy mal. La gente no respeta nada”, se lamenta.

***

Podría decirse que este anciano está acostumbrado al rechazo y que ha hecho de la resignación un don. Cuando tenía 27 años ingresó al monasterio de Santa María de la Huerta, en Soria, de donde lo expulsaron ocho años después, al enfermar de tuberculosis. “Eso no parece muy cristiano…”, comento.

“Tampoco era caridad contagiar al resto de la comunidad –responde–. La verdad es que no aprendí mucho allá… solo la castidad y las normas de la Iglesia. Pero no me hizo nada al espíritu, fue una viña amarga. Yo quería buscar la santidad y creí que ahí iba a encontrarla, saliendo del mundo de forma perpetua. Pero no fue así… No se podía hablar, pero los demás hablaban y me obligaban a jugar fútbol. Para mí, ahí se rompía la clausura”.

Entonces lo de la tuberculosis fue una excusa para expulsarlo.

No sé. Primero me llevaron al psiquiátrico, pero había gente muy enferma y llamaron a mi casa. Entonces volví a Mejorada.

***

Lo miro y me pregunto cómo un hombre rechazado por la Iglesia decidió dedicar su vida a construir una catedral. Y no solo eso, sino también cómo ahora, después de 53 años trabajando en el templo, la Iglesia puede darle de nuevo la espalda y pensar en derribar su obra. Pero él sigue.

Truncado su camino religioso y de vuelta a los campos de labranza en Mejorada, el 12 de octubre de 1964 concibió la idea de hacer una catedral y aprovechó un terreno familiar de 4.740 metros cuadrados para comenzar la construcción. Su madre daba tierras a cambio de que lo dejaran coger ladrillos de la fábrica del pueblo a cualquier hora. La gente que pasaba se reía e incluso lo insultaba y le tiraban piedras al ver unos cimientos de 50 metros de largo hechos con botes de Cola Cao, la versión española del Milo. “Ahí es cuando me empezaron a llamar ‘el loco de la catedral’. Pero de loco no tengo nada. Yo lo que tenía era una ilusión”, subraya.

Tuvo que ser duro…

Hay momentos muy duros. Yo quería imitar a Cristo en la cruz: aguantar, callar, que te calumnien… Es como cuando ves que el mundo está equivocado y tu encuentras la luz.

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Mientras para algunos Gallego es un loco, para otros es un genio. En el 2006, el MoMa de Nueva York incluyó su catedral en una exposición sobre la nueva arquitectura en España. Él, que apenas se escolarizó y cuya fuente de inspiración fueron libros sobre templos de la Edad Media, aparecía seleccionado junto a siete premios Pritzker, el galardón más prestigioso de arquitectura.

“Me decidí por el románico, que me encanta. Y he sacado ideas de la cúpula del Vaticano y de la entrada de la Casa Blanca. Lo he hecho todo a ojo y como una lagartija, colgado aquí y allá. Quería meter más luz e hice estas arcadas, porque el románico es como una fortaleza. Esto es románico mejorado, ‘justiniano’ ”, comenta con su sonrisa de niño.

Hoy las cosas son diferentes. Un grupo de vecinos organizó la asociación Mejoreños en Acción. Entre todos le rindieron un homenaje, organizaron una exposición y consiguieron que el parque principal de Mejorada del Campo lleve su nombre. “Todo el mundo le tiene cariño –afirma una vecina–, pero nadie hace nada por salvar la catedral”.

***

El que lo llamó para comer es Ángel, un vecino que le ayuda desde hace diez años y que ahora reposa la comida, antes de seguir pintando vidrieras. Él y su esposa se harán cargo de gestionar el legado de Gallego cuando muera.

¿Cree que lograrán mantener la iglesia en pie?

Ya me da igual, que hagan lo que quieran. Hace un año me quería morir; me operaron de la próstata y me hicieron una herejía. Ahora ya trabajo poco. No me da miedo morir; y si la quieren tumbar, que lo hagan. Yo he hecho un apostolado bueno. Es bueno que la gente se entere, para que el Obispado se convenza.

***

Antes de salir recuerdo el final del cartel en el que este hombre explica su vida: “He llegado a levantarme a las 3 y media de la madrugada para empezar la jornada. Con excepción de algunas ayudas esporádicas, todo lo he hecho solo, la mayoría de las veces con materiales reciclados... Y no existe fecha prevista para su finalización. Me limito a ofrecer al Señor cada día de trabajo que Él quiera concederme y a sentirme feliz con lo alcanzado. Y así seguiré hasta el fin de mis días, completando esta obra con la valiosísima ayuda que ustedes me brindan”.

IRENE LARRAZ
Para EL TIEMPO

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