Los días blancos del santo Juan Pablo II en Colombia

Los días blancos del santo Juan Pablo II en Colombia

Las huellas de Armero y de la toma del Palacio no se habían borrado cuando visitó el país.

Papa Juan Pablo II

Juan Pablo fue el cuarto entre los santos canonizados que han pisado suelo colombiano.

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Nicholas Kamm / AFP

08 de agosto 2017 , 12:05 a.m.

Al hacer el balance de los siete días y las once poblaciones visitadas por el papa Juan Pablo II, se los menciona como siete días blancos, porque todo fue transparente y luminoso a su paso. Sin embargo, Colombia vivía días oscuros.

En ese primero de julio de 1986 aún no habían desaparecido las huellas de dos tragedias vividas a finales del año anterior: la avalancha que había sepultado a Armero y a más de 20.000 de sus habitantes y la toma guerrillera del Palacio de Justicia en el centro de Bogotá, a escasos 200 metros del palacio presidencial.

La visita papal a las ruinas de Armero fue un bálsamo para las miles de víctimas y para el país. Cuando en el palacio presidencial se programaba la gira papal, se había descartado esa visita por el temor de que la actividad del volcán del Ruiz pudiera provocar una nueva avalancha. Fue la intervención del obispo Fabián Marulanda, quien representaba al obispo de Ibagué en esa reunión, la que hizo ver la oportunidad de que el Papa orara por los muertos en el escenario mismo de la tragedia. La propuesta fue acogida de inmediato por el presidente Belisario Betancur.

En esa visita a Armero, Juan Pablo II desafió el miedo y el dolor de las víctimas para hablar de resurrección y esperanza. Los que relataron en los medios de comunicación esa singular visita destacaron el escenario: detrás de la gran cruz, una extensa llanura desértica era lo que había dejado la avalancha de la próspera y dinámica capital del algodón; el pontífice de pie, con su sotana y sus cabellos agitados por el viento tibio que venía de la cordillera, estaba rodeado de una muchedumbre que recibía, ávida, su invitación a la esperanza. “Así como se están echando las bases para una nueva estructura urbanística, social, laboral etc., de la misma manera deberá cuidarse todo lo que mira al desarrollo integral de las personas y, particularmente, a la necesidad de una proyección cristiana que anime todas las actividades que se emprenden. Participad activamente en esta empresa de tanta importancia con gran confianza en la Providencia divina, en vosotros mismos y en la sociedad”, dijo el Papa.

La palabra del indio

Casi ignorado, entre las numerosas noticias sobre esta visita, fue el episodio ocurrido en Popayán, en donde un meticuloso eclesiástico quiso silenciar la voz de un indígena que trató de hacer llegar su voz de protesta al oído de Juan Pablo II. Pero fue el Papa mismo quien asumió la defensa del derecho del indio a expresarse, y el discurso fuera de libreto fue escuchado atentamente por el augusto visitante, que dos años antes, en un encuentro con indios y esquimales de Yellowknife (Canadá), había pedido perdón a los indígenas “por los recién llegados que, en su ceguera, a menudo consideran inferior la cultura india”. En esa ocasión proclamó todos sus derechos y deberes y condenó la “opresión física, cultural y religiosa y todo lo que de alguna forma pudiera privaros de lo que os pertenece por justo derecho”.

El incidente con el indio caucano fue la oportunidad para exaltar esos derechos y hacer ver el camino correcto de las relaciones con los indígenas.

Aura Ligia, la cocinera del seminario de Cali, nunca olvidará el momento en que el Papa abrió la puerta de la cocina y se dirigió al lavaplatos, abrió la llave y se lavó cuidadosamente las manos. Paralizada por el asombro y la emoción, Aura Ligia solo atinó a ofrecerle una toalla limpia cuando él, sonriente, ya se secaba las manos con el trapo limpión de la cocina.

Por todos los lugares que recorrió, su paso despertó oleadas de afecto y devoción. Gabriel Cardona, un trabajador del seminario que perdió un dedo en un accidente cuando preparaba el hospedaje del Papa, acababa de salir de la sala de cirugía y ya lo estaban buscando porque al enterarse del accidente, el Papa había pedido ver al trabajador. Con la mano vendada y su hijo de un año cargado en el otro brazo, Gabriel fue recibido en una inesperada audiencia: “Cargó a mi hijo y me pidió que le mostrara la mano que tenía recientes los puntos de la operación. La tomó entre sus manos y me dijo que me tranquilizara, que no me iba a pasar nada”, dijo.

Gabriel ha repetido este relato infinidad de veces, pero siempre le tiembla la voz por la emoción. Otro Gabriel, el premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez, también recordó durante su vida el episodio extraño en que, inesperadamente, se encontró encerrado en una habitación con el papa Juan Pablo II.

“Entonces tomé conciencia plena de dónde estaba y de aquel hombre solitario que hacía girar la llave al derecho y al revés sin conseguir abrirla.

Qué tal que mi mamá supiera, pensé, que estoy encerrado con el Papa en su oficina.

Me pareció tan irreal que aquella tarde me hice el propósito firme de no escribirlo nunca, por temor de que nadie me lo creyera”.

Los de aquella visita eran tiempos difíciles en que el proyecto de paz del presidente Betancur parecía una misión imposible y, recordaba el nuncio apostólico, monseñor Ettore Balestrero, que fue un verdadero aporte al proceso de paz el que prestó el Papa. Para el presidente Betancur y para el país, que reclamaba la paz, había sido un duro revés el sangriento episodio de la toma del Palacio de Justicia. Juan Pablo II hizo una referencia a una paz que debería tener como centro al hombre y su dignidad, encarnada en la misericordia, soportada en las víctimas, respetadas y valoradas.

En efecto, en su discurso en el Palacio de Nariño ante empresarios y políticos vestidos de gala, y recordando el documento de Puebla de los obispos latinoamericanos, mencionó el Papa la “civilización del amor” como un objetivo que tropieza con obstáculos como la crisis económica que afecta a los países más débiles, a pesar de lo cual urge un desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres.

Algunos de los empresarios que lo escuchaban habían asistido a una reunión parecida, 18 años antes, con el papa Pablo VI, de quien habían oído palabras semejantes: “Es urgente reconstruir y hacer más próspera y más justa vuestra nación”; tal fue la consigna central de las intervenciones de Juan Pablo II en esos días blancos.

El quinto santo

Juan Pablo fue el cuarto entre los santos canonizados que han pisado suelo colombiano. Los primeros fueron san Luis Beltrán, misionero, y san Pedro Claver, apóstol de los negros esclavos que llegaban de África a Cartagena. Otro canonizado, con ejercicio pastoral y antiliberal como obispo de Pasto, fue san Ezequiel Moreno Díaz; el cuarto santo fue el papa Juan Pablo y, más cercana que todos ellos, santa Laura de Jericó. Los cinco revelan, cada uno a su manera, el dinamismo de la fe que estimulan los papas viajeros.

A Juan Pablo II, lo mismo que a los primeros santos de la Iglesia, lo comenzó a canonizar el pueblo el día mismo de sus funerales. De hecho, el papa Francisco hizo caso omiso de algunas de las condiciones tradicionales y lo proclamó santo. El propio Juan Pablo II había roto la tradición al hacer 1338 beatificaciones y 482 canonizaciones, más del doble de lo que habían hecho los papas en los últimos cuatro siglos. El suyo fue un proceso rápido para alegría de los millones de feligreses que deseaban verlo en los altares, incluidos los colombianos a quienes deslumbró en su recorrido por 10 ciudades colombianas.

JAVIER DARÍO RESTREPO*
Especial para EL TIEMPO
* Director de la revista ‘Vida Nueva’

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