‘No me cansaré nunca de perdonar’: papa Francisco

‘No me cansaré nunca de perdonar’: papa Francisco

¿Qué significa un viaje para su santidad? Charla del Papa con el vaticanista Andrea Tornielli.

Papa Francisco en Colombia

El papa Francisco llegará a Colombia este 6 de septiembre.

Foto:

Vincenzo Pinto / AFP

24 de agosto 2017 , 04:01 a.m.

Julio es el mes en el que el Papa se toma unas cortas vacaciones. No fue precisamente así en el verano del 2016, en el que tres semanas estuvieron marcadas por los viajes a Armenia y Polonia. En las largas conversaciones que sostiene durante el vuelo de regreso con los periodistas que lo acompañan en sus giras, Jorge Mario Bergoglio ha tenido la oportunidad de hablar sobre los episodios que lo han impresionado en sus giras de trabajo.

Esta vez nos recibe en Santa Marta, su casa. En el corredor hay una mesa con libros y regalos, entre los cuales destaca una gran cruz de vidrio y oro. En el arcón, junto a la puerta de la ‘suite’ transformada en miniapartamento papal, se encuentra la estatuilla de papel maché de san José durmiente, la “pública”. Esta es una devoción que acompaña desde hace muchos años a Bergoglio, que acostumbra colocar bajo la base de la estatuilla mensajes con peticiones o problemas que encomienda al gran patrono.

Hay otro San José, el privado, sobre un mueblecito del pequeño estudio, lleno de libros y papeles. Un guardia suizo atiende. “Santidad, lo busca su invitado”, le dice. Francisco llega de inmediato.

Santidad, ¿a usted le gusta viajar?

No mucho. Siempre me ha pesado estar lejos de mi diócesis, que para los obispos es nuestra “esposa”. Nunca habría imaginado que tendría que viajar tanto.

¿Qué lo hizo cambiar de idea?

Mi primer viaje fue a (la isla de) Lampedusa, en Italia. No estaba programado. Sentí que debía ir; me conmovieron las noticias acerca de los migrantes muertos en el mar… Una tragedia desgarradora. Por eso, se organizó una visita relámpago. Luego vino Río de Janeiro, para la Jornada Mundial de la Juventud, mi primer viaje de vuelta a América Latina. Después de Río llegó una invitación tras otra. Ahora siento que debo viajar y visitar iglesias.

¿Cuánto le pesan los viajes largos desde el punto de vista físico?

Quizá me pesan más desde el punto de vista psicológico. El primer día en el Vaticano después de un viaje generalmente es fatigoso. Pero traigo conmigo una riqueza inimaginable.

¿Ha cambiado algo en la agenda ya consolidada de los viajes papales?

He tratado de eliminar los banquetes oficiales, aunque no tengo nada en contra de estar acompañado a la mesa. Recordemos que el Evangelio está lleno de situaciones como esa. Sin embargo, si la agenda está llena, como ocurre casi siempre, prefiero comer de manera sencilla. Me basta poco: arroz y verdura. En general como con mis colaboradores más íntimos: el nuncio apostólico del país visitado y el encargado de la organización del viaje, que ahora es monseñor Mauricio Rueda Beltz (colombiano). También con el comandante Domenico Giani y otros dos guardias suizos y, por último, mis dos asistentes de cámara, que son padres de familia y saben hacer las cosas.

¿Qué es lo más bonito de todo?

La gente. Lo más bonito del viaje a Armenia (junio del 2016), por ejemplo, ocurrió al final de la misa en Gyumri –la primera ceremonia litúrgica celebrada en esa plaza–. Pedí que subiera al papamóvil descubierto su santidad, el catholicós de los armenios, Karekin II, con el obispo armenio y el obispo católico. Juntos le dimos una vuelta a la plaza. Al terminar, veo en un rincón a una viejecita que tenía la piel como pergamino, arrugada por el sol. Saludaba y sonreía mostrando dos dientes de oro. Bajé del papamóvil y me dirigí a ella para abrazarla. Ella me dijo: “Vine desde Georgia”. Al día siguiente, en Ereván, estaba saludando a la gente. Dijeron que no se había visto nunca antes tanta gente en la calle. Y de pronto me encuentro a la viejecita humilde: ¡la misma del día anterior! Había hecho ocho horas en bus hasta Gyumri, y luego 130 kilómetros para ir a Ereván y volver a ver al Papa. Esta es, en el fondo, la razón de los viajes. Lo dijo san Juan Pablo II como respuesta a quien cuestionaba sus viajes recordándole que la gente podía ir a Roma para verlo. Él respondió simplemente: “Los pobres no viajan”.

¿Qué siente usted ante el entusiasmo de la gente?

Mi primer sentimiento es el de quien sabe que existen los “Hosanna” pero, como leemos en el Evangelio, pueden llegar también los “¡Crucifícalo!”. Un segundo sentimiento lo extraigo de una frase del entonces cardenal Albino Luciani a propósito de los aplausos de unos monaguillos: “¿Acaso ustedes pueden imaginar que el burrito en el que iba Jesús en el momento de su ingreso triunfal a Jerusalén podía pensar que aquellos aplausos eran para él?”. Pues bien, el Papa debe tener conciencia de que él “lleva” a Jesús, da testimonio de su cercanía y ternura con todas las criaturas. Por eso, a veces a los que gritan “¡Viva el Papa!” les pido que griten “¡Viva Jesús!”.

Hay, además, expresiones muy bellas en un diálogo del beato Pablo VI con Jean Guitton. El papa Montini le decía al gran filósofo francés: “De todas las dignidades de un papa, la más envidiable es la paternidad. Es un sentimiento que invade el espíritu y el corazón, que nos acompaña a toda hora, que no puede sino crecer porque el número de hijos crece. Es un sentimiento que no fatiga. Nunca me he sentido cansado cuando he alzado la mano para bendecir. No me cansaré nunca de perdonar”. Pablo VI decía esto a su regreso de la India. Creo que son palabras que explican por qué los papas contemporáneos han decidido viajar.

¿Otros recuerdos de viajes que le han quedado grabados?

El entusiasmo de los jóvenes en Río. También allí, aquel niño que logró escabullirse y subió corriendo las escaleras para abrazarme. Recuerdo a la gente congregada en el santuario de Madhu, en Sri Lanka, donde encontré esperándome, además de a los cristianos, a musulmanes e hindúes. O la acogida en Filipinas. Todavía tengo ante mis ojos la expresión de los padres que levantaban a sus hijos para que yo los bendijera.

Recuerdo también Tacloban (Filipinas). Debía celebrar una misa para recordar a los miles de muertos del tifón Haiyan (2013) y el mal tiempo amenazaba con echar a perder el viaje. Pero no podía dejar de ir. Llovía mucho y yo llevaba puesto un impermeable amarillo sobre la ropa, para la misa que celebramos en un pequeño templete azotado por el viento. Después de la misa, un maestro de ceremonias me confesó que se había sentido maravillado porque, a pesar de la lluvia, la gente nunca perdió la sonrisa.

¿Por qué suele improvisar?

Aunque el discurso que preparo antes de cada ocasión está bien hecho, no puedo evitar improvisar mientras miro a los ojos de las personas. En Tacloban hubo un momento muy fuerte. Me sentí devastado, casi había perdido la voz. Las palabras espontáneas me llegan en el momento, cuando hablo en español o en italiano, aunque mi vocabulario en italiano es muy limitado.

En cambio, me costó mucho trabajo entrar en contacto con la gente al leer el texto en inglés de la homilía de la misa final en Manila. En mi viaje a Estados Unidos, cuando hablé ante el Congreso, me parece que sí logré comunicar bien lo que quería decir.

Otro encuentro conmovedor fue en Manila, cuando una chiquilla me preguntó llorando por qué los niños sufren tanto: pobreza, violencia, explotación. Hay momentos en que no logras responder, lo único que puedes hacer es abrazar y llorar tú también. La cultura del consumo, las burbujas de indiferencia en las que vivimos nos han acostumbrado a la injusticia y hemos perdido la capacidad de llorar. El llanto te permite comprender nuevas dimensiones de la realidad.

Luego hay momentos en los que prefiero el silencio y la oración: frente al muro de separación en Belén, frente al muro que recuerda a las víctimas del terrorismo en Jerusalén, en el memorial del Gran Mal, que conmemora a las víctimas armenias.

¿Qué tan importantes son los gestos en su comunicación?

En muchas ocasiones no puedo hablar sin recurrir a ellos. En Kenia, en noviembre del 2015, en el estadio de Kasarani, tenía que hablar contra los conflictos derivados de la pertenencia a diversas tribus. Dije que el tribalismo se vence con el corazón y la mano tendida al diálogo. Invité a algunos jóvenes a acercarse y pedí a los presentes –cerca de 70.000– que se pusieran de pie y se tomaran de la mano como señal: somos una única nación. También las autoridades presentes, incluyendo al presidente Uhuru Kenyatta, cumplieron con ese gesto. A veces los gestos, si bien pequeños, dicen más que muchas palabras.

Me refería también a gestos como abrir el Jubileo de la Misericordia en Bangui en lugar de Roma…

La República Centroafricana es un país olvidado y muy pobre, a pesar de sus grandes riquezas naturales. Ir allí y abrir antes que en Roma la primera puerta santa significó poner en el corazón de la cristiandad a esa gente que sufre. Bangui me sorprendió. Hubo la posibilidad de mostrar amistad con los musulmanes, que me acogieron en su mezquita. Además, llevamos un poco de paz a esa ciudad gracias a una tregua que acordaron para esa ocasión las partes en conflicto. Hay un aspecto más que llamó mi atención en Bangui: el gran testimonio de los misioneros; personas que se consumen dando amor y proximidad; que están dispuestas a dar la vida con tal de permanecer cerca de quien sufre, tiene hambre, está enfermo o es perseguido.

Entre las novedades de sus viajes, me imagino que hay un protocolo de seguridad distinto. ¿Así es?

No puedo moverme en autos blindados o en el papamóvil con los vidrios cerrados. Comprendo las exigencias de seguridad y estoy agradecido con quienes están cerca de mí y vigilan. Sin embargo, un obispo es un pastor, un padre, no puede haber demasiadas barreras entre él y la gente. Por eso dije desde el inicio que viajaría solo si me era posible siempre el contacto con las personas.

Había aprensión durante el primer viaje a Río, pero recorrí tantas veces el paseo marítimo de Copacabana con el papamóvil abierto, saludando a los jóvenes, deteniéndome, abrazándolos. No hubo un solo accidente durante esos días. Es necesario entregarse y confiar.

Estoy consciente de los riesgos. Tengo que decir que –tal vez soy inconsciente– no temo por mí. En cambio, siempre estoy preocupado por la integridad de quien viaja conmigo y, sobre todo, de la gente a la que conozco en los países. Lo que me preocupa son los riesgos para quien viene y participa en una celebración. Siempre existe el peligro de un acto irresponsable de un loco. Pero está siempre el Señor.

¿Por qué casi ningún viaje a los países de la Unión Europea?

“El único país de la Unión que he visitado es Grecia, en un viaje de cinco horas a Lesbos para reconfortar a los refugiados, junto con mis hermanos Jerónimo de Atenas y Bartolomé de Constantinopla.

El viaje concluyó con un pequeño pero significativo gesto: nos llevamos a Roma a tres familias asiladas en el campo de los refugiados.

He preferido privilegiar lugares en los que puedo dar un poco de ayuda, animar a quien, a pesar de las dificultades, trabaja por la paz. Países que están o han estado en graves dificultades.

Esto no significa no prestar atención a Europa, a la que doy ánimos como puedo para que vuelva a poner en práctica sus raíces, sus valores. No serán las burocracias o los mecanismos de las grandes finanzas los que resolverán el problema de la emigración, que para Europa es la mayor emergencia después del final de la Segunda Guerra”.

EL TIEMPO
* Fragmento del libro 'Los viajes de Francisco'.

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