¿Por qué el papa Francisco se arriesga a venir a un país dividido?

¿Por qué el papa Francisco se arriesga a venir a un país dividido?

El vaticanista español, Yago de la Cierva, explica la agenda política detrás de la visita.

Papa Francisco con Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe

El papa Francisco logró en diciembre lo que nadie había podido en los últimos años: reunir al presidente Santos y al expresidente Uribe.

Foto:

Osservatore Romano / Reuters

03 de septiembre 2017 , 04:52 a.m.

Francisco viene a armar lío. Se los ha pedido a los jóvenes y se lo pide a todo el mundo, porque él lo practica primero.

Ciertamente, tiene una agenda espiritual. Cruza el Atlántico para remover las conciencias de los colombianos, empezando por los católicos, para que sacudan el polvo de su alma y se acerquen más a Dios.

Pero no solo eso. El Papa tiene también una agenda política. La ha tenido siempre. Jorge Mario Bergoglio piensa que la fe cristiana tiene muchas consecuencias sociales. Que no se puede ser buen cristiano si no se es buen ciudadano, si no hay compromiso de resolver los problemas que aquejan a la sociedad.

Evidentemente, esto no es nuevo en el cristianismo: ya lo defendieron los primeros intelectuales cristianos (apologetas) de los siglos II y III, incluso cuando el poder se empeñaba en hacer desaparecer del Imperio romano a los seguidores de Jesús.

Y lo han proclamado sus predecesores: Juan Pablo II, probablemente el único líder europeo del siglo pasado que no se resignó a la división de su continente ni al sometimiento a un imperio deshumanizador. Y Benedicto XVI, que en ‘Veritas in Caritate’ describe cómo la defensa de los pobres es tan importante en la Iglesia como la administración de los sacramentos.

El papa Francisco lo hace de un modo nuevo, con su propio estilo. Y ahora lo hará en Colombia. Es importante este viaje. Francisco rechaza sistemáticamente las invitaciones que recibe de episcopados y gobiernos europeos. Todos lo invitan y a todos les dice que no. Sin embargo, va a Birmania, a la India y a Sudán del Sur, del mismo modo que ha estado ya en Benin, Filipinas, Sri Lanka y Corea.

Es como si pensara que el Viejo Continente no tiene remedio, y quisiera volcar su poco tiempo por delante (va camino de los 82 años) en países que dan esperanza. Son zonas con problemas (qué país no los tiene), pero donde las cosas pueden ir a mejor. Donde hay debate. Donde no todo está escrito.

Es cierto que ha viajado dentro de Europa, pero él mismo ha dicho que no ha visitado esos países, sino que lo movía otra razón: ir a Fátima, pero no a Portugal; celebrar los 500 años de Lutero en Lund, pero no visitar Suecia; hablar ante la Unión Europea en Estrasburgo, pero no visitar Francia ni Alemania.

Para Francisco tienen sentido los viajes a los sitios donde puede contribuir a que las cosas vayan a mejor. Como dice el refrán, “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Va donde las aguas están revueltas, porque desea contribuir a que la situación tras los conflictos en curso sea mejor.

Su agenda política consiste en recuperar esos países olvidados, darles esperanza y marcarles guías para su desarrollo

Viajar a países asiáticos y africanos le permite clamar contra la injusticia. Su agenda política consiste en recuperar esos países olvidados, darles esperanza y marcarles guías para su desarrollo. Clamar desde sus calles y plazas contra la corrupción, apelando a sus conciencias y a su orgullo como pueblos. El Papa va para espolearlos, para que no se rindan a los enemigos de fuera (el bloqueo de sus productos, la explotación abusiva de sus materias primas sin mejorar la situación de las comunidades locales) ni a los enemigos de dentro.

En cada sitio se hace querer y, luego, con la benevolencia adquirida, pone el dedo en la llaga. Pero lo hace con tanto afecto que provoca una reacción positiva.

Ha estado en Asia y en África, y volverá a esos continentes antes de que acabe este año.
Pero su predilección es América Latina. Ha estado en Cuba, México, Ecuador, Paraguay y Bolivia; el año que viene, Perú, Chile y “casi” Panamá (en enero del 2019).

Es una ironía de la historia que coincidan el primer presidente aislacionista de Estados Unidos desde Jimmy Carter y el primer papa americano, que además cree en la gran patria hispana, del río Grande a la Tierra del Fuego. No me extrañaría que Francisco desee lanzar desde Colombia un mensaje a todo el continente. Un llamado a recuperar la conciencia de una gran misión en el mundo. Ahora que el gigante estadounidense se repliega, es el momento de que los países hispanohablantes recuperen su protagonismo.

La agenda política del Papa incluye una mirada hacia dentro: hacia los problemas que no dependen de nadie más que de los propios latinoamericanos.
Les dice que tienen la cultura, las energías vitales y la riqueza de sus tierras para mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos.

Los anima a que colaboren. Si Europa (con sus limitaciones y sus ‘brexits’) ha dado un salto gigante hacia delante con la integración política entre países que durante siglos se han hecho la guerra y cuya lengua común desapareció en el siglo XI, ¿cómo es que los países de América Latina, con mucho más en común, no se ponen de acuerdo para progresar por esa vía?

Colombia es un viaje muy especial para el Papa. Por este país hará una excepción y no aprovechará para visitar otros. Si el Papa no tuviera agenda política, haría lo más sencillo: esperar a que la situación se tranquilizara, se aclararan ustedes sobre el proceso de paz, y luego vendría ya en una situación estable. Todos lo recibirían con entusiasmo y evitaría el peligro de que los políticos intenten instrumentalizar su presencia, sus saludos, sus abrazos, sus educados elogios.

Pero no. Francisco quiere hacer lo que esté en su mano para contribuir a la paz en Colombia, y por eso se anima a venir en medio de una división que, desde Europa, parece al mismo tiempo incomprensible y magnífica.

Incomprensible, porque después de tantos años de terrorismo, cuando parece que queda poco para la paz, el país no se pone de acuerdo. Magnífica, porque si aún no hay consenso es porque se quiere llegar a una solución duradera, que repare lo que pasó y que no cierre en falso las heridas. Quiere la paz, no una interrupción de las hostilidades.

Den ustedes el primer paso. No se los dice al Gobierno ni a las Farc, sino a los colombianos

El Papa se arriesga a venir a un país dividido porque tiene un mensaje: den ustedes el primer paso. No se los dice al Gobierno ni a las Farc, sino a los colombianos. Lo que hagan los políticos será mejor o peor, pero la paz la conseguirán los colombianos de a pie, si dan el primer paso.

Francisco vuelve a plantear lo que dijo con fuerza Juan Pablo II: no hay justicia sin perdón. Pero el perdón no es parte de la justicia, es un regalo. Las dos cosas van de la mano. A eso viene el Papa, esa es su agenda política.

Quizá hay gente que cree que el Papa tiene un gran poder. Siento defraudarlos, pero los papas mandan muy poco. Ni siquiera en la Iglesia pueden mandar: la mayoría de las competencias corresponde a los obispos, y estos no permiten fácilmente que el obispo de Roma interfiera en responsabilidades que han recibido directamente de Dios. Como sus antecesores, el papa Francisco está en sus manos para llevar a término su programa de gobierno.

La palanca que tiene el Papa para ejercer su liderazgo es el ejemplo y la palabra. Por eso predica con su actividad diaria, sus viajes y sus llamados. Estamos en una época de sordos. No de ignorantes ni de gente de mala voluntad, sino de duros de oído. Quizá están ocupados en muchas cosas, o el ruido de nuestra sociedad es tan intenso que no oyen. Mucha gente vive aislada con su propio ruido. Los propios intereses hacen de tapones de cerumen que nos impiden oír a los demás.

Por eso el Papa tiene a veces que alzar la voz. Eso de gritar no es elegante: lo educado es hablar bajito. Pero Francisco utiliza frases fuertes, chocantes, que sorprenden, porque habla a sordos.

Gritar tiene sus riesgos: es menos fácil matizar, elegir con diplomacia las palabras que dicen suavemente sin herir. Quien grita va por la directa, para que lo oigan. El papa Francisco grita a sabiendas de que quizá alguna frase se entienda menos. Pero asume el riesgo. Piensa que si antes de hablar muchos teólogos le revisaran lo que va a decir sin duda omitiría frases equívocas y se explicaría mejor, pero perdería el contacto que le da hablar con la gente en un idioma coloquial. Habla como un párroco, que a veces exagera pero que, con un mínimo de buena voluntad nuestra, nos hace entender.

En Colombia hará lo mismo. Usará ejemplos de la vida cercana (jóvenes de sofá, querer a las suegras, rostros avinagrados) y usará gestos, inteligibles por todos, sobre cómo dar el primer paso en la reconciliación que necesita Colombia y que Colombia necesita ofrecer al continente. Serán símbolos y gestos que quizá pongan nerviosos a algunos, pero que manifiestan que “hay que dar el primer paso”.

Y pide la complicidad de querer entenderle, para que sea un viaje maravilloso.

YAGO DE LA CIERVA
Especial para EL TIEMPO

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