Una segunda oportunidad para las tortugas marinas en Colombia

Una segunda oportunidad para las tortugas marinas en Colombia

Se han liberado 2.977. La clave ha estado en unir voluntades e involucrar a las comunidades.

Tortugas

El primer tortugario o guardería de tortugas fue construido en el 2006, en las instalaciones del Acuario Mundo Marino de la Fundación Museo del Mar, en Santa Marta.

Foto:

Simón Sánchez / Utadeo

26 de mayo 2018 , 12:01 p.m.

Una a una, 500 juveniles de tortuga caguama recorrieron los escasos metros de playa que las separaban de las aguas del mar Caribe que las llamaba, y se introdujeron en sus olas para iniciar, ellas solas, una nueva vida, la travesía por su medio natural, despedidas por los aplausos felices de la gente.

Así se vivió el XVII evento de introducción al medio natural de tortugas marinas que no llegaban al año de edad, en las playas de Casa Grande Surf, en la localidad de Mendihuaca, Magdalena, el 28 de abril pasado. Con ellas iba Mateo, un macho silvestre de 40 años de edad y 94 kilos de peso, que hizo parte de un proceso de rehabilitación en cooperación con el Acuario El Rodadero, en Santa Marta, y la corporación autónoma regional Corpamag. A diferencia de las demás, él porta en su caparazón un sensor satelital, que permite a los investigadores del Programa de Conservación de Tortugas y Mamíferos Marinos (ProCTMM) seguir su viaje por el océano.

Dicho así parece un proceso sencillo, pero no lo es. La liberación trae detrás un trabajo cuidadoso y dedicado que casi completa 20 años, bajo el liderazgo de la bióloga marina y profesora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano en Santa Marta Aminta Jáuregui.

Su trabajo –por el que se ganó el bien merecido apodo de ‘mamá de las tortugas’– no se ha limitado al rescate, crianza y protección de huevos y pequeñas tortugas, también incluye una importante gestión que ha logrado sumar las voluntades de empresas como Petrobras, el Acuario Mundo Marino y Utadeo.

Aminta dice no ser ya la mamá de estos animales, sino su ‘abuela’, pues detrás de ella vienen nuevas generaciones de biólogos, pescadores y niños de las comunidades de la zona, que han visto en la conservación la mejor respuesta para cambiar el mundo.

Prueba de ello es el proyecto Voluntaritos, un grupo de conservación ambiental compuesto por 32 estudiantes de los colegios aledaños a El Rodadero que cada sábado, de 10 a 12 de la mañana, asisten a los talleres sobre protección de tortugas, en los que tienen la oportunidad de alimentarlas y medirlas.

Tortugas

El programa de conservación de tortugas lleva casi 20 años protegiendo estos animales.

Foto:

Simón Sánchez / Utadeo

Cambio de actitud

Llegar a este punto no ha sido fácil. Desde hace cincuenta años, siete especies de tortugas marinas están incluidas en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Estos animales no solo enfrentan el peligro de los depredadores naturales, también están seriamente amenazados por la caza desaforada de sus huevos y juveniles en las costas por parte de la gente, que las consume y utiliza su aceite y caparazón. Aminta recuerda, de hecho, que encontró cierta resistencia por parte de pobladores de las playas del Magdalena y de La Guajira cuando, a finales de los 90, decidió hacer los primeros monitoreos.

“De mil huevos que nacen y eclosionan –señala Jáuregui con preocupación– solo uno puede llegar a ser adulto, si no se toman medidas de manejo como estas. Además, se requieren por lo menos diez hembras para poner esa cantidad de huevos, y desde hace muchos años no las vemos llegar a anidar en estas playas, en esas proporciones”.

Pese a las barreras, en sus 19 años de existencia el programa ha logrado crear conciencia en las comunidades, que a su vez han pasado de ser consumidoras de tortugas a aliadas del proyecto de conservación.

Un ejemplo de ello es Palomino (La Guajira), un corregimiento de aproximadamente 4.000 habitantes, en el que el ProCTMM construyó, en el 2015, un sistema móvil para tortugas de 20.000 litros de capacidad que puede albergar de 200 a 300 ejemplares, con la ayuda de los habitantes de la zona y la asistencia de la corporación autónoma regional Corpoguajira. “En el programa hemos entendido que la conservación es un proceso en el que no solo se protege un sector determinado. Hemos conseguido que los mismos moradores de estas playas, que en su momento eran saqueadores de huevos, se organicen, y estamos consiguiéndoles alternativas productivas”, comenta la bióloga marina.

El primer tortugario o guardería de tortugas fue construido en el 2006, en las instalaciones del Acuario Mundo Marino de la Fundación Museo del Mar, en Santa Marta. Actualmente es el principal sistema cerrado para tortugas del Caribe colombiano, pues cuenta con una capacidad de 12.000 litros de agua y acoge 500 ejemplares. El lugar, que se adapta a las condiciones ecosistémicas de las tortugas caguama, carey y verde, ha permitido el levante y liberación de 2.977 juveniles de estas especies, que permanecen allí de ocho a diez meses, aumentando así las probabilidades de que los recién nacidos lleguen a su edad reproductiva.

Así mismo, el programa ha respondido con el cuidado de cerca de 17.000 neonatos y nidadas dados en custodia, obtenidos como resultado del compromiso de conservación asumido por diferentes instituciones del Magdalena, lo que ha posibilitado, además, el desarrollo de investigaciones de un gran número de estudiantes de Biología Marina y de programas afines a nivel nacional e internacional, quienes abordan temáticas de punta como la ecología molecular, morfometría geométrica, telemetría, etología y tasas de crecimiento, entre otras.

De esta forma, las jornadas anuales de introducción de tortugas a su medio natural no son solo un atractivo turístico o un plan familiar que disfrutan los niños, sino una estrategia de repoblamiento: “Hemos visto en reportes nacionales e internacionales que ya hay avistamientos de estos juveniles. Los han visto un año después en muy buen estado, circundando los cayos de la Florida, confirmando así su capacidad de acoplarse a las poblaciones naturales y estableciéndose en áreas de desarrollo reconocidas a nivel mundial”, afirma Aminta.

Vale anotar que estos juveniles son marcados antes de ser liberados con una placa, con el fin de obtener información y comparativos sobre su peso y medidas al ser divisados durante su trayectoria por otros investigadores.

Rastreo satelital

Pero el programa no solo es líder en impactar con charlas de concientización a más de 500.000 personas durante los últimos años, también lo es en el seguimiento de las rutas migratorias de las tortugas, mediante el uso de la telemetría satelital, un dispositivo de rastreo con antena que pesa aproximadamente 150 gramos, tiene 900 días de vida útil y cuesta cerca de 1.700 dólares.

El transmisor envía información sobre la geolocalización y estado de la tortuga al satélite francés Argos, cada vez que el ejemplar sale a la superficie del mar. Estos datos pueden visualizarse en tiempo real a través de la página oficial de Seaturtle.

Según los últimos reportes suministrados por esta tecnología, desde su liberación Mateo ha recorrido 203 kilómetros, ubicándose en aguas del norte de La Guajira. Con él, ya son cinco tortugas carey y tres caguama las que cuentan con el rastreo.

Por lo pronto, Aminta y su programa tienen dos grandes retos. El primero, incorporar nuevas especies de tortugas, como la laúd, a las estrategias de conservación. Para ello, el equipo de ProCTMM ya se encuentra investigando acerca de las condiciones que se requieren para adaptar el tortugario al hábitat de esta particular tortuga, que puede habitar profundidades hasta de 1.200 metros y se alimenta principalmente de medusas.

“Estas tortugas son las de mayor tamaño, y cuando llegan las hembras a las playas de la región, nos indican el inicio de la temporada de anidación. Nuestro propósito es poder propiciarles también el mantenimiento adecuado durante sus primeros estadios de vida, complementado el cuidado que hacemos de esta especie a nivel de las playas”, indica Jáuregui.

El segundo reto tiene que ver con la articulación de esfuerzos e intercambio de aprendizajes con el programa de conservación de tortugas marinas de Brasil (Tamar), que por más de 30 años se ha dedicado a conservar a estos animalitos en un área de 1.100 kilómetros de playas, al tiempo que ha logrado 25 áreas protegidas para la alimentación, desove, crecimiento y descanso de las tortugas.

Este fue, precisamente, el modelo que llevó a Jáuregui a iniciar con el programa en Colombia: “Este proyecto no solo ha abordado los componentes biológicos, sino que ha trabajado de la mano con la comunidad local. Actualmente, los pobladores ya no viven de los huevos ni de la carne de la tortuga, sino que atienden al turismo y hacen artesanías. Esto nos demuestra que la ciencia tiene que salir de las aulas y estrechar relaciones con los moradores y sus problemáticas”, indica.

Gracias a ProCTMM, el impacto en la comunidad no ha sido lo único satisfactorio. Podría decirse que Colombia ahora cuenta con información más detallada sobre las condiciones biológicas y reproductivas de las cuatro especies de tortugas que surcan sus dos océanos, especialmente en las playas de Santa Marta, reconocidas en la región por ser un sitio de anidación de estos animales.

Y es que conservar es tarea de todos, tanto de los habitantes de la costa como del interior del país, pues como lo señala Aminta, “cualquier cambio de actitud que lleve a proteger el ambiente se va sumando. Al proteger una especie también lo hacemos indirectamente con otras que conviven en sus diferentes hábitats, por eso son especies sombrillas”.

EMANUEL ENCISO CAMACHO
Editor de la revista Expeditio de Utadeo

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.