La paz: reto y oportunidad frente a la deforestación

La paz: reto y oportunidad frente a la deforestación

El posconflicto es una posibilidad inigualable para aprovechar mejor la riqueza forestal del país.

¿Es posible lograr la deforestación cero?

Esta imagen capturada en las selvas de Caquetá tiene una extensión similar a la de siete canchas de fútbol.

Foto:

Sobrevuelo monitoreo Ideam, Parques Nacionales y Corpoamazonia

22 de julio 2017 , 11:19 p.m.

El final de la guerra con las Farc ha hecho que viejos problemas del país sean mucho más visibles, o incluso, se agraven. Es el caso de la deforestación, que el año pasado (en plena tregua con esa guerrilla) se incrementó un 44 por ciento frente al 2015 y arrasó con casi 180.000 hectáreas de bosques, una superficie en la que cabrían seis ciudades como Bogotá.

Según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), Colombia tiene hoy siete grandes focos de destrucción forestal, en Chocó, Meta, Antioquia, Caquetá, Norte de Santander, Guaviare y Putumayo.

En esos territorios habitan 2.697 especies (503 animales y 2.194 vegetales). De ellas, 31 se encuentran en vías de extinción, 5 están en peligro crítico y 106 son endémicas, es decir, únicas en el mundo.

El 86 por ciento de estos focos de deforestación está ubicado, de acuerdo con estudios del Instituto Humboldt, en áreas identificadas por el Gobierno como prioritarias para el posconflicto.

José Miguel Orozco, experto en política ambiental y docente de la Facultad de Ingeniería Forestal de la Universidad Distrital, comenta que, si bien en las negociaciones de La Habana se pronosticó el incremento de la deforestación durante el posconflicto –fenómeno que se ha presentado en varios países que pasaron por procesos de paz–, las autoridades ambientales no estaban preparadas para afrontar las consecuencias de la desmovilización de una guerrilla tan grande sobre las áreas que controlaban.

Ahora, este ensañamiento con los bosques no es nuevo. En los últimos 25 años, los colombianos hemos arrasado casi seis millones de hectáreas de cobertura vegetal. Lo que sí ha cambiado es el ritmo, que en el 2016 alcanzó las 20,4 hectáreas por hora, el más acelerado del último lustro.

Las seis principales causas

Con base en lo sucedido el año pasado, el Ideam estableció que las principales causas de la deforestación actual son seis: el acaparamiento de tierras, los cultivos ilícitos, la construcción de infraestructura, la ganadería extensiva, los incendios forestales y la minería, en ese orden de importancia. Todos estos factores, subraya el Instituto Humboldt, deben leerse a la luz del momento histórico que vive el país, cuando miles de personas empiezan a retornar a las tierras de las que fueron desplazadas por la violencia o a poblar aquellas que permanecieron aisladas por la guerra.

“El retorno y el poblamiento de esas zonas es un buen síntoma social. No lo es, en cambio, que las actividades productivas de las comunidades vayan en contravía de la condición ecológica ideal de los territorios y que, hoy, en pleno posconflicto, siga primando la idea de que los bosques son más un estorbo que un motor de desarrollo”, advierte Hernando García, doctor en biología de la Universidad Autónoma de Barcelona y subdirector científico del Humboldt.

Por eso, plantea el experto, es urgente combatir el desconocimiento de la vocación boscosa de Colombia (más de la mitad de su superficie continental está constituida por bosques naturales), así como del potencial productivo de este ecosistema y de su función vital en el bienestar humano.

“El fin de la guerra supone transiciones complejas que no solo se traducen en el reordenamiento del orden político o jurídico, sino también en el reordenamiento de nuestros territorios y su población –agrega García–. Por tanto, este tránsito necesita un marco de sostenibilidad lo suficientemente sólido y nos obliga a repensar la forma como hasta ahora hemos entendido e interactuado con nuestros ecosistemas”.

Un paradójico ‘ángel guardián’

Es evidente que en varias regiones la guerra fue más un factor de salvaguarda que de destrucción de la biodiversidad. A falta de habitantes –expulsados o disuadidos por la violencia–, los bosques se regeneraron constantemente, lo que los convirtió en verdaderos polos de absorción de carbono y en cuna de miles de especies que los científicos apenas empiezan a descubrir.

También es cierto que en otras zonas, como el páramo de Sumapaz, las acciones militares causaron un gran daño al medioambiente. Pero hoy allí, y gracias a la paz, un batallón de alta montaña emprendió un proyecto para reforestar con frailejones el bosque altoandino de su jurisdicción. “Hoy, en el Sumapaz, los militares invierten su tiempo en viveros en los que crecen numerosas especies de frailejones, con las que se reemplazarán las plantas que se perdieron durante la guerra”, cuenta Margarita Pacheco, investigadora de asuntos ambientales y documentalista.

“Las Fuerzas Armadas están llamadas a involucrarse a fondo en este tema. Sus miembros no solo deben estar preparados para combatir los delitos ambientales,
como la tala y la minería por fuera de la ley, sino también para salvaguardar los ecosistemas”, afirma Pacheco.

“El fin de la guerra es una oportunidad inigualable para entender y aprovechar la vocación forestal de nuestros suelos”, opina el subdirector científico del Instituto Humboldt. De hecho, ya se han dado pasos importantes en esa dirección. El primero tiene que ver con la puesta en marcha de mecanismos de monitoreo de la deforestación que generan alertas tempranas, facilitan el diagnóstico de las causas y permiten diseñar planes de acción.

Otras estrategias claves son los pagos por servicios ambientales a las comunidades que protegen los bosques, el establecimiento de ‘cinturones verdes’
para evitar la expansión de la frontera agrícola y la creación de una comisión intersectorial de control de este fenómeno, integrada por la Presidencia de la República, el Ideam y los ministerios de Ambiente, Defensa, Transporte, Energía y Agricultura.

Así mismo, se han puesto en marcha iniciativas de ganadería sostenible, sobre todo en Magdalena, donde el bosque es parte sustancial de esta actividad. “El ganado sufre menos donde se conservan los bosques, porque además de sombra hay más agua”, anota José Manuel Ochoa, magíster en ecología y evolución de la Universidad de Ámsterdam y coordinador del Programa de Monitoreo de la Biodiversidad del Instituto Humboldt.

Buscando el equilibrio

En resumidas cuentas, el reto es encontrar una conexión entre los modos de vida de los pobladores, las economías locales, los bosques y las políticas del posconflicto. Y la clave, según Orozco, especialista en políticas forestales, radica “en el genuino involucramiento de las comunidades en la planeación del uso de los bosques que habitan, así como en la generación de conocimiento sobre esos ecosistemas y las oportunidades de desarrollo que ofrecen”.

De hecho, las especies que habitan en los bosques son en sí mismas una gran oportunidad de desarrollo, señala García. “El fin del conflicto nos ha permitido acceder a zonas que estuvieron vetadas para la ciencia y el turismo durante mucho tiempo e identificar especies de aves muy atractivas para el aviturismo”, cuenta el científico.

En opinión de Pacheco, el turismo de naturaleza podría convertirse en una de las principales fuentes de ingresos para Colombia en las próximas décadas. “El turismo responsable, sumado al uso sostenible de los recursos derivados de los bosques, es una gran alternativa de productividad, siempre y cuando las comunidades participen de lleno en su diseño y su implementación”, sostiene la investigadora.

En ese sentido, advierte, la declaración de áreas protegidas es una buena estrategia de preservación de la biodiversidad, pero insuficiente si no se complementa con planes de conservación.

“Necesitamos un país capaz de conservar sus bosques y su biodiversidad por fuera de las áreas protegidas. El desafío es que la gente que habita zonas boscosas entienda que de esos ecosistemas depende su bienestar y que en él hay opciones de productividad que les permitirían conectarse con el mercado global”, remata Ochoa.

Un problema que nos afecta a todos

La deforestación no solo amenaza la existencia de miles de especies, sino también la vida humana. “El arrasamiento de la cobertura boscosa se traduce en desastres como el de Mocoa, en plagas y epidemias, en el incremento de la variabilidad climática que percibimos en las ciudades y en desabastecimiento de agua. Además, tiene consecuencias nefastas en la fertilidad de los suelos y en la retención de sedimentos, elementos de los que depende el bienestar de las personas”, explica José Manuel Ochoa, experto en ecología y evolución del Instituto Humboldt.

Colombia tiene la meta de reducir a cero su tasa de deforestación de aquí al 2030

Colombia tiene la meta de reducir a cero su tasa de deforestación de aquí al 2030. Y eso no será posible, advierte la investigadora y documentalista Margarita Pacheco, si las iniciativas científicas y gubernamentales no están acompañadas de programas pedagógicos que nos permitan entender que la vida de cada colombiano, por más urbano que sea, está vinculada a los bosques, por lo cual no hay proyecto de desarrollo que justifique la destrucción ecológica.

“Vivimos en un sistema de circuitos. Cada especie, cada bosque, es parte indispensable de este.
Si un componente se desconecta o desaparece, el sistema se desestabiliza. Pero cuando son muchos los circuitos que fallan, deja de funcionar. No es el fin del mundo, pero las condiciones en las que nos hemos acostumbrado a vivir sí pueden variar progresivamente. Cuando esos cambios no se traducen en acontecimientos fatales, como el de Mocoa, lo hacen en cosas aparentemente irrelevantes, como el incremento del valor de los recibos de agua que pagamos”, concluye Hernando García, subdirector científico del Humboldt.

MARÍA LUNA MENDOZA
Redacción Domingo
lunmar@eltiempo.com

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