Tiempo para pensar / En defensa del idioma
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Tiempo para pensar / En defensa del idioma

Los participantes en un diálogo enriquecedor son aquellos que preguntan y contrapreguntan.

Lenguaje

Es vital el diálogo entre padres e hijos.

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123RF

19 de octubre 2017 , 09:13 a.m.

Es muy posible presentir la sinceridad cuando las palabras promulgadas van acompañadas por la presencia de su promulgador. No se trata, claro, de suponer que toda expresión entraña la verdad. Ese es otro asunto. Sin embargo, la identificación del autor de unas ideas al menos deja abierto el camino para saber con quién se trata; así, se notan unas puertas abiertas para el debate, en su más franco y benévolo sentido.

Y en eso, damas y caballeros, consiste el preámbulo del diálogo. Luego, seguirá la oportunidad para complementar, precisar, inferir o refutar los puntos de vista del interlocutor. Los participantes en un diálogo auténtico y enriquecedor, es claro, son aquellos que cuentan con todas las oportunidades para preguntar y contrapreguntar, para completar o aclarar, para precisar las ideas. De esta forma, se irá allanando el camino para ese enriquecimiento mutuo, colectivo, amplio y, ni más faltaba, siempre amigable.

Cuando en tantos momentos hemos acudido en este espacio a orientar o solo a presentar indicios de cómo manejar con más eficacia el lenguaje, estamos también sugiriendo de forma implícita cómo en este se concreta el fundamento de la comunicación, base inobjetable del dinamismo social.

Sin comunicación, por tanto, la idea de sociedad se quedaría apenas en una bocanada de humo. La fuerza y el proceso reconstructivo de nuestras vivencias, de nuestra historia y, quién lo duda, de nuestro futuro dependen de la solidez con que se expongan las ideas.

Sin comunicación la idea de sociedad se quedaría apenas en una bocanada de humo

Desde esta perspectiva, impedir que las propuestas (o quizás solo las intuiciones) de todos se consideren en la misma proporción y se sopesen a partir de los recursos argumentativos siempre ayudará a alimentar, primero, el desarrollo humano y, segundo, la tolerancia. Quienes de tajo rechazan otras ideas, sin calcular su potencial aporte, parece que continuarán con mucha hambre por un terreno que guarda muy nutritivos frutos, aunque a veces poco notorios. No obstante, los ciegos de la indagación pasan sobre estos para pisotearlos. Está bien: admitamos que no son frutos, sino semillas. Entonces, ¿por qué no examinarlas con más detenimiento? A lo mejor, se requiere únicamente del abono (una idea más completa) para que cada una germine, crezca, se arraigue, se expanda y alimente después a la humanidad entera.

El cierre apresurado y fanático para las ideas distintas es el mayor error con que se aplastan las semillas, se aniquilan los instantes y se sepultan las formas para aumentar el conocimiento de los demás seres humanos. Y enseñar al que no sabe es una milenaria obra de caridad. A todos, hasta el último instante de nuestra existencia, nos faltará una infinidad de información a partir de la cual podamos sumar un elemento más a la construcción de nuestra percepción del universo.

Nadie nunca lo sabrá todo, pero siempre habrá otros que sepan un poco más. Ello se debe a que la visión de la existencia para estos afortunados dejó de estar encallada en cualquier playa desconocida, porque dejaron el temor a las aguas más inquietas o profundas, o porque se arriesgaron al desplazamiento distante y buscaron otros horizontes hasta ahora desconocidos.

Con altas posibilidades de éxito, quienes se aventuran por otros rumbos, con el cuidado necesario en su navegación, descubrirán más nutrientes, y la panorámica de la vida se abrirá tanto como el paneo de la cabeza en 360 grados en el mar abierto. Ya no habrá vegetación espesa que oculte los frutos ni montañas escarpadas que impidan el ascenso.

Por otro lado, cuando se examina esa inagotable corriente babosa y clara, al tiempo, de ideas sobrepuestas en las redes sociales, aparecen, ya no los pasos, sino las estacas de ideas que se hunden cada vez más, porque persisten en el mismo punto y se siguen enterrando en el mismo fango.

La solidaridad y el diálogo están ahora desterrados de esos nuevos medios de comunicación, y el afán del instinto solo quiere borrar los puntos de vista que no concuerdan con los propios, sin importar la coherencia, la base argumentativa o la invitación a una conversación sensata, pausada y sana.

La celeridad impone la venda a los ojos de la reflexión, y a esta última la vemos, entonces, estrellarse a cada momento, dar tumbos sin destino fijo, hasta que quizás llegue un día en que el fanatismo y la testarudez la conviertan en una ilusión.

Cuando Sócrates en uno de sus siempre vigentes diálogos preguntaba a uno de sus discípulos si tenía tiempo para conversar, nos estaba diciendo que el tiempo debe ser el suficiente para que la verdad o su proximidad sean posibles.

La premura y el afán, por lo regular, son padres del desacierto.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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