Si quiere sentirse orgulloso, acompáñeme a conocer el Caro y Cuervo

Si quiere sentirse orgulloso, acompáñeme a conocer el Caro y Cuervo

Este es el centro dedicado al estudio permanente de la lengua castellana y de las lenguas indígenas.

Tarjetones de expresiones colombianas

Tarjetones de expresiones colombianas.

Foto:

Gustavo Adolfo Osorio. I. Caro y Cuervo

02 de enero 2018 , 06:31 p.m.

Estoy viendo a este país nuestro cada día más desguarambilado. ¿Sabe usted lo que significa la palabra colombiana desguarambilado? Es un sinónimo de descuajaringado y de esguardamillar, pero dentro de un ratico hablamos de eso. Déjenme continuar, antes de que se arme el foforro. 

Lo que he venido a contarles hoy es la historia de una de las más admirables entidades colombianas, el Instituto Caro y Cuervo, que por estos días está celebrando sus 75 años. Me consta que en el mundo entero se hacen lenguas y no ahorran elogios a la hora de referirse a la tarea que ha venido cumpliendo en casi ocho décadas.

Para decirlo sin más rodeos, y para que vayamos empezando, se trata de un centro colombiano dedicado a la investigación y al estudio permanente no solo de la lengua castellana, sino también de las lenguas nativas del país, los idiomas indígenas, el léxico de sus regiones, los neologismos que inventan los muchachos, el nuevo vocabulario de las tecnologías. No descansan un solo día.

El instituto se llama así porque rinde justiciero homenaje a quienes son, sin duda, los dos filólogos más brillantes que ha producido nuestro país. Y dos de los gramáticos más grandes del mundo, para que sepa usted.

Don Miguel y don Rufino

Ambos nacieron en Bogotá. Don Miguel Antonio Caro, tan malgeniado como era, fue humanista, periodista, escritor y político, vicepresidente y presidente de la República. Descendía de una familia de poetas oriunda de Ocaña, en el Norte de Santander.

No pudo ir a la universidad, pero a lo largo de su vida recibió doctorados honorarios que le llegaban desde España, Chile, México. Escribió la que, en mi humilde opinión de aficionado, es una de las obras inmortales de la lengua castellana, sobre los orígenes latinos de nuestro idioma. Además, tradujo a los grandes poetas del Imperio romano. Fue él quien fundó la Academia Colombiana de la Lengua, la primera que se creó en el mundo después de la española.

Caro es coautor, con Rafael Núñez, de la famosa Constitución Nacional de 1886, respetada por veintitrés presidentes a lo largo de 105 años, un auténtico tratado de buen gobierno y buena gramática.

Don Rufino José Cuervo, a su turno, era miembro de una familia bogotana que fabricaba cerveza. En 1872, poco antes de cumplir los treinta años, empezó a escribir una obra tan colosal que no pudo terminarla en vida, el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, el cual no solo define el significado de cada vocablo de nuestro idioma, sino su origen y modificaciones a través del tiempo, la manera correcta de formar una frase, el lugar exacto que en ella debe ocupar cada palabra. Imagínese usted.

El titánico diccionario solo vino a completarse 122 años más tarde, gracias a la tarea de un equipo de investigadores del Instituto Caro y Cuervo. De él conservo en mi biblioteca una edición completa de once tomos con pasta de cuero, rodeados de rejas, cadenas, perros guardianes y vigilantes armados. En materia de libros, ese es el tesoro más grande de mi vida. Cuervo falleció en París. Caro falleció en Bogotá. Habían nacido con un año de diferencia y murieron con un año de diferencia. Hasta en eso fueron geniales.

Diccionario de construcción y régimen

La nueva edición del ‘Diccionario de construcción y régimen’, y el ‘Maletín de relatos pacíficos’, que contiene leyendas, cuentos y tradiciones de la costa Pacífica.

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Gustavo Adolfo Osorio. I. Caro y Cuervo

El comienzo

Actualmente, el Instituto Caro y Cuervo es dirigido por una mujer admirable, Carmen Millán de Benavides, que se ha pasado la vida entera escribiendo, leyendo, cantando, tocando la guitarra, dictando clases en las universidades, investigando.

–La verdad histórica –me dice ella– es que el Instituto existe gracias a la decisión del presidente Eduardo Santos y de su ministro de Educación, Jorge Eliécer Gaitán. En 1940, los dos crearon el Ateneo Nacional de Altos Estudios, que fue el germen y que se ocupó, para empezar, de concluir el diccionario de don Rufino.

Dos años después, cuando el segundo gobierno de López Pumarejo llevaba apenas dieciocho días de haber empezado, el 25 de agosto de 1942, el ministro de Educación, que era Germán Arciniegas, logró que el Congreso Nacional aprobara una ley creando el Caro y Cuervo. Su primer director fue el sacerdote Félix Restrepo, aquel inolvidable jesuita que escribió 'El alma de las palabras' y que dirigió la Academia Colombiana de la Lengua.

Revistas, libros y coreanos

Apuesto a que ustedes no sabían que en el Instituto Caro y Cuervo se dictan cursos especiales sobre los lenguajes de las tribus indígenas del Amazonas, en los cuales se inscriben alumnos colombianos y extranjeros. Confieso que yo tampoco lo sabía.

En los últimos años, 42 jóvenes surcoreanos se han matriculado para estudiar español. Los estudiantes europeos abundan. Allí mismo funciona la Imprenta Patriótica, que no para de imprimir, y de cuyas entrañas han salido algunos de los libros más bellos de nuestro país, como el de la tipografía antigua –con el lomo hecho en pita–, la historia de la edición en Colombia, los tratados de crítica literaria, las leyendas regionales.

Para los jóvenes estudiantes, el Instituto edita y reparte por todo el país, gratuitamente, unas revistas festivas y coloreadas con crucigramas y rompecabezas. El otro día llegaron a mis manos.

–Están hechas –me explica la señora Millán– para que los muchachos, atraídos por los juegos, descubran el fascinante mundo del lenguaje y se estimule la conversación escolar y familiar en torno al significado de las palabras castellanas, pero también de los colombianismos.

El bolso y los fascículos

La verdad es que no parece un libro, sino el bolso de una muchacha pizpireta. Es una caja cuadrada, de color azul, adornada con follajes blancos de la selva y con una cinta para llevarla colgada de la mano, como si fuera una cartera. Su título es igualmente juvenil y original: se llama 'Maletín de relatos pacíficos'.

Adentro hay una colección de veinticuatro cuadernillos que contienen leyendas y tradiciones ancestrales de la costa colombiana del Pacífico, incluidas las regiones de Nariño, Cauca, Valle del Cauca y Chocó. Es otra obra formidable que le debemos al Caro y Cuervo.

También lo es la serie de libros llamada 'Montes', en los cuales se recogen la diversidad humana y cultural del territorio colombiano, la variedad musical, la poesía, la naturaleza, los cuentos. El más reciente de ellos se titula 'Romances del Atrato: cantos de la vida y de la muerte'. Lo escribió el profesor antioqueño Alejandro Tobón Restrepo. Nunca lo he visto en mi vida, pero es uno de esos colombianos que lo hacen a uno sentirse orgulloso de ser su paisano.

Romances del Atrato

'Romances del Atrato’, de Alejandro Tobón Restrepo.

Foto:

Gustavo Adolfo Osorio. I. Caro y Cuervo

Los alumnos extranjeros

Aunque la mayor parte del país ni siquiera lo sabe, alumnos del mundo entero vienen a Colombia con el propósito de estudiar lengua española, fonética, gramática, literatura hispanoamericana. Todos ellos se matriculan en el Caro y Cuervo. A sesenta colombianos les otorgan becas en cada programa.

Cuando les dije al comienzo de esta crónica que el mundo entero se hace lenguas sobre la calidad cultural de esa institución, yo sabía de lo que estaba hablando. Oigan esto: hasta ahora se han recibido 283 estudiantes que vienen de Australia, Camboya, China, Corea, Filipinas, Indonesia, Japón, Laos, Malasia, Mongolia, Birmania, Nueva Zelanda, Singapur, Tailandia y Vietnam. De numerosos países europeos. De Estados Unidos y América Latina, incluido Brasil, que no habla español.

–Lo cierto –agrega Carmen Millán– es que los organismos internacionales, la OEA entre ellos, califican a Colombia como un destino fundamental para el turismo idiomático y el aprendizaje del castellano.

Hay que ver a tantos jóvenes diversos, como si fueran un colorido mapa del mundo, hablando idiomas incontables mientras entran a los salones que el Instituto tiene en Yerbabuena, cerca de la población de Chía, en la espléndida sabana que rodea a Bogotá.

El desguarambilado

Entre todas esas maravillas, hay una que a mí me produjo especial alegría, sonrisas y admiración: el Caro y Cuervo está editando centenares de tarjetones de cartón, de colores amarillo, blanco y negro, en cada uno de los cuales aparece una palabra típicamente colombiana. Ellos los llaman ‘postales’. Sus letras son manuscritas y la definición de cada término está escrita por detrás.

Ahí fue donde encontré el vocablo desguarambilado, que quiere decir descuidado, mal vestido, desarreglado. Es sinónimo de desgualetado y de descachalandrado. Por su parte, foforro es una de las palabras más célebres del habla bogotana, referida a una fiesta animada en la que abundan las muchachas y el licor.

¿Qué es lo que están haciendo con esos tarjetones?

–Los estamos repartiendo por correo, entregándolos en las bibliotecas, dándoselos a la gente –me explica el filólogo Juan Manuel Espinosa Restrepo, subdirector académico del Instituto–. Son un avance de las palabras que saldrán en el Diccionario de colombianismos. Lo lanzaremos en la Feria del Libro de Bogotá en 2018.

Lo espero con los brazos abiertos. Y el corazón también.

Epílogo

Con tanto sinvergüenza que anda suelto por ahí, saqueando el país y destruyendo la moral pública, robándose el presupuesto para la comida de los niños más pobres, o los recursos de los enfermos de cáncer, o mercadeando los fallos de la Justicia, hay veces en que uno se siente avergonzado de ser colombiano. Perdónenme ustedes la franqueza.

Pero a mí me gusta soñar despierto, esperando el día en que, con ellos presos, nosotros volvamos a sentirnos orgullosos de ser colombianos por gente como Caro, como Cuervo y como los apóstoles que trabajan en esa entidad que lleva sus nombres.

Mientras llega ese día, levanto mi copa imaginaria para brindar por ellos. En mi copa hay un coctel de ñeque con tapetusa y un poquito de guaro.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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