Lectores analfabetos / En defensa del idioma
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Lectores analfabetos / En defensa del idioma

Quien reproduce el sonido de las letras no demuestra que sabe leer.

Diccionario

El diccionario ha incluido palabras que, por costumbre, se añadieron al lenguaje.

Foto:

123rf.com

12 de octubre 2017 , 09:53 a.m.

Es indudable el talento de Neymar con un balón. Sin embargo, ¿qué pasaría si este brillante futbolista decidiera no tocar el balón o apenas tocarlo en cada partido? Pronosticamos que empezaría a errar algunas jugadas, a perder su destreza, fuerza y habilidad; quizás, superaría el promedio de desaciertos y, más tarde, ocuparía el lugar de los futbolistas suplentes. De continuar así, su director técnico ni siquiera consideraría ponerlo en la línea titular y, al final, el deportista se dedicaría a sembrar rosas en su jardín o a hornear deliciosas tortas con su esposa, tareas muy agradables.

Eso mismo sucede cuando alguien dice que ha aprendido a leer. El entrenamiento debe ser constante; la búsqueda, incansable. A diferencia de Neymar, quien ya ha demostrado su talento y podría retirarse a disfrutar de una vida distinta, algunos llamados “lectores” apenas cumplen con la tarea de reproducir los sonidos que representan las letras. Por supuesto, con la salvedad de que, aparte de los libros, se aprende con otros recursos.

Un niño de seis años, por ejemplo, de quien se dice que ya lee, puede deletrear en voz alta la palabra “orate”, pues esa pronunciación no entraña mayor dificultad. No obstante, de qué le vale a ese pequeño concretar unos sonidos cuyo significado conjunto desconoce: El mensaje no le llega, y los sonidos que representan esas letras poca información le proporcionarán. En esa instancia, solo ha subido el primer escalón en el proceso del infinito aprendizaje.

De igual manera, muchos de nosotros podríamos tocar una y otra vez un balón; eso no prueba que tengamos el talento de un futbolista profesional. Es decir: ¡no sabemos jugar fútbol! Y quien deletrea no demuestra con ello que sabe leer.

En muchas investigaciones formales acerca de estas bases ineludibles de la formación profesional, la lectura y la escritura, se sigue demostrando que en la práctica el porcentaje de analfabetismo se incrementa cada día en el mundo. El académico Juan Jiménez Castillo, en una investigación publicada por la Universidad de Salamanca, plantea esta problemática en su artículo “La investigación sobre analfabetismo funcional. Estado actual del concepto”.

Los historiadores de Colombia, por citar el caso más cercano, calculan que a comienzos del siglo XIX más del 90% de la población era analfabeta. Hoy, en el siglo XXI, la proporción es la misma, solo que en los registros oficiales habrá que examinar esos resultados desde otra óptica.

Si a la pregunta “¿lee y escribe?”, la mayoría de los colombianos responde “sí”, eso no significa que el nivel de conocimiento, al menos en aspectos básicos, sea suficiente. Tampoco esas cifras prueban que la cobertura educativa esté garantizando un dominio acerca de los talentos, destrezas y, en general, de las competencias que deberían demostrar las personas que han pasado algunos años en una escuela, colegio o universidad. Y, con tristeza, notamos que muchas instituciones educativas creen que descifrar el abecedario es suficiente para lograr una lectura eficaz y efectiva. A eso se le llama “analfabetismo funcional”.

Un gran experto en educación, Francisco Cajiao, tomaba como ejemplo el caso de un mendigo, y decía de este que quizás reconozca unos pocos símbolos y sus significados, que

son los que corresponden al ámbito donde derrocha su rutina. A él, nada le importarán los titulares de prensa, el nombre de la novela del más reciente Premio Nobel de Literatura; tampoco se fijará (y no sabrá que existen) en los reportes del Banco Mundial ni le importan los descuentos que aparecen en los volantes en los centros comerciales.

Por supuesto, no se espera que un lector tenga la misma destreza frente a los libros como la de Neymar en el fútbol; pero al menos que nadie tropiece y caiga de bruces solo con tocar un balón, como se derrumban tantos colombianos cuando se habla de los asuntos básicos que se tratan en los años de colegio. Se queda uno pasmado cuando, para referirse a la primera ministra afrodescendiente, un proyecto de periodista afirma que “es satisfactorio ver a la primera ministra afrodisiaca [¡!] en el gabinete presidencial”. O leer los comentarios acerca de la película “Armero”, mientras alguien afirma que ese departamento (¡dizque Armero!) afrontó una tragedia en noviembre de 1985”.

Por supuesto, cada persona intenta informarse (leer) más de los asuntos propios de su profesión, oficio, trabajo o hábitos. Sin embargo, el aumento del conocimiento en otros campos siempre ayuda a contar con más elementos de juicio y así tomar decisiones cada vez menos equivocadas. Quienes más cometen desaciertos en este mundo cuentan en su haber con menos puntos de vista.

La ceguera o la visión son proporcionales a la cantidad de información que cada quien ha tomado del exterior, y que ha comprendido, asimilado, contrastado, desmenuzado, connotado, inferido y, luego, aplicado en el diario vivir, después de haber escupido el bagazo e ingerido los nutrientes. Y más sujeta está una persona al dictamen de otras cuanto más desconozca sobre su entorno. Otra vez, El Mito de la Caverna (Platón) debe ser citado, no porque cobre vigencia, sino porque nunca la ha perdido.

Aún está por probarse si las decisiones para ser esclavo, como una gran paradoja, están fundamentadas en la libertad. El alcance del conocimiento traza las distancias entre la jaula donde queremos permanecer y los lejanos mundos que deseamos conquistar.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
Universidad de la Sabana

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