La edad en que deberían estar los mejores profes

La edad en que deberían estar los mejores profes

Unas guías y estímulos correctos son cruciales en los primeros años de vida.

La edad en que deberían estar los mejores profes

Los desafíos que impone la educación de la primera infancia obligan a contar con maestros a los que de verdad les gusten los niños, conozcan de desarrollo infantil y sean sensibles.

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123rf

09 de julio 2017 , 01:30 a.m.

La ciencia ya lo demostró, la mitad de las conexiones en el cerebro –y a una velocidad que jamás volverá a repetirse– se realizan durante los primeros años de vida. Un cableado que garantiza el desarrollo de la persona al preparar el terreno donde se cultivará todo tipo de aprendizaje.

La neurociencia lo llama plasticidad cerebral, un concepto que ha mostrado la imperiosa necesidad de dar a los niños de cero a 5 años estímulos, educación y cuidados para que puedan sacar todo su potencial el resto de su vida. Algo rentable para ellos y para las naciones, como lo han señalado James Heckman, premio nobel de economía, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) e innumerables investigaciones.

Esa es la razón por la cual cada vez más se ha vuelto la atención a los maestros y cuidadores de los infantes, pues en ellos recae gran parte de la responsabilidad de que esa oportunidad de oro no se pierda. “En algún momento pensamos que la atención a la primera infancia era un oficio menor, que los niños más pequeños necesitaban menos (…). Hoy sabemos que es mejor entregar un avión a un piloto chifloreto que dar un grupo de niños pequeños a maestros que no tengan capacidades para cuidarlos y educarlos”, dijo hace un tiempo sobre el tema Jorge Eslava, director del Instituto Colombiano de Neurociencias.

“Los maestros en esta etapa son los que deben tener la mayor disposición afectiva para poder relacionarse con los niños. Su pedagogía debe ser de escucha y sensibilidad para poder comunicarse. Por eso, necesitamos que haya una reflexión en la pedagogía de la educación inicial”, explica Alexandra Mancera, de la Escuela de Pedagogía de la Fundación Universitaria Cafam (Unicafam).

Un estudio revelador

Precisamente, esta institución, junto con la Secretaría de Educación Distrital y el Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico (Idep), realizó una investigación sobre las capacidades que requieren desarrollar los maestros de primera infancia para atender los retos que les imponen sus estudiantes.

Un docente para la primera infancia debe comenzar por tener en cuenta que cada niño y niña es diferente, lo que le implica adaptar sus aproximaciones pedagógicas a estas particularidades

Para ello, los investigadores visitaron colegios, enviaron formularios y hablaron con profesores y directivas. Así fue como encontraron que la práctica pedagógica debe dar un giro, pues el tema claramente exige superar la vieja idea de que esta etapa es para enseñar el alfabeto, los números, las vocales y un poco más.

“Un docente para la primera infancia debe comenzar por tener en cuenta que cada niño y niña es diferente, lo que le implica adaptar sus aproximaciones pedagógicas a estas particularidades”, subraya Adriana Espinosa, secretaria ejecutiva de la Alianza por la Niñez Colombiana. A lo que Mancera añade: “La reflexión sobre la pedagogía en esta etapa debe llevar a que los maestros reconozcan en los niños capacidades y lenguajes, que se les enseñe lo que les interesa, teniendo claro cómo aprenden mejor”. Y uno de esos lenguajes, el rector a esa edad, es el juego. “Es la forma de estar de los niños y las niñas en el mundo. Pisan rayas, saltan, miran la hormiga, conversan con el otro... Porque jugar es la manera de estar, y si no lo comprendemos y no lo comprenden los maestros, estamos desperdiciando un momento valiosísimo”, explica Irma Salazar, de la Corporación Juego y Niñez, organización que lleva 18 años promoviendo el juego como el lenguaje de la educación.

Además de tener la capacidad de interactuar con los niños a través del juego, los docentes de los más pequeños también deben contar con la habilidad para responder a las necesidades de sus niños en sus respectivos contextos y territorios. Néstor Sánchez, gerente del Proyecto Innovación de la Corporación Juego y Niñez, explica que esas necesidades van desde el cuidado físico (comer solos, ir al baño, etc.) hasta las propias de su cultura o su condición, pues cada vez es más común que en un mismo lugar haya niños de diferentes etnias, regiones e incluso países, y también limitaciones (físicas, sensoriales o de habilidades para socializar).

La escritora y pedagoga Yolanda Reyes resume las situaciones de hoy con una frase contundente: “Debemos responder a los padres que salen del clóset, a la tía que se hace cargo del niño porque los padres están en un programa de drogadicción y, en general, a los muy distintos tipos de familias. Los maestros deben estar preparados para eso”.

En su concepto, los desafíos que impone la educación de la primera infancia obligan a contar con maestros a los que de verdad les gusten los niños, conozcan de desarrollo infantil y sean sensibles. “Suena a lugar común –asegura Reyes–, pero no lo es, eso significa que vean a los niños como personas que los pueden interpelar, que les pueden hacer preguntas. Que tengan una formación sólida, que les interesen los padres y tengan una actitud abierta y creativa. Porque en primera infancia es mucho lo que está en juego”.

Una etapa que no se puede desperdiciar

Janellen Huttenlocher, psiquiatra de la Universidad de Chicago, demostró que las conexiones sinápticas (conexiones neuronales) entre las diferentes áreas del cerebro se desarrollan intensamente en los primeros seis años de vida y su densidad aumenta proporcionalmente con los estímulos externos (visuales, auditivos, táctiles, olfativos o gustativos), siempre y cuando estos sean ordenados, regulares y bien estructurados.

Para el neurólogo Gustavo Castro, se trata de un periodo absolutamente crítico en la formación del cerebro, pues se establecen conexiones que permiten habilidades para todo, las cuales luego son más difíciles de desarrollar o de cambiar.

Pero lo más importante, coinciden todos los expertos, es entender que esta etapa o se aprovecha con los estímulos adecuados, o se pierde para siempre.

Ángela Constanza Jerez
Especial para EL TIEMPO

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