Propuestas y cuestionamientos sobre un español más incluyente (II)

Propuestas y cuestionamientos sobre un español más incluyente (II)

"De los jueces que se creen gramáticos, líbranos Señor", escribe el fotógrafo Guillermo Angulo.

Lucha

"El gran oso en esta guerra proviene de Colombia, donde ahora a los jueces les ha dado  por dárselas de gramáticos y tratan de cambiar el soso eslogan de Bogotá".

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22 de diciembre 2017 , 09:29 a.m.

Por un lado está el genuino clamor de las mujeres que defienden un cambio de actitudes frente al uso discriminatorio del género masculino para significar ambos géneros en la lengua española. Por el otro, quienes consideran que basta con las palabras de género masculino, que tradicionalmente los hablantes han entendido como abarcadoras de ambos géneros. La controversia surgió por la decisión de un juez de ordenar que el gobierno del Distrito Capital cambie el eslogan ‘Bogotá mejor para todos’, por considerarlo inequitativo, de modo que diga ‘para todos y todas’.

Aquí enfrentan sus argumentos la connotada feminista Florence Thomas y el avezado fotógrafo y periodista Guillermo Angulo. (Abajo, el texto de Angulo y el enlace para leer a Thomas)

La guerra (gramatical) de los sexos

Por: Guillermo Angulo

Odio lo “políticamente correcto” —sin que esto quiera decir que yo sea políticamente incorrecto—, aunque, pensándolo bien, no sé muy bien qué quiere decir ese impreciso término. Si la cosa es con eufemismos, decididamente los abomino: para mí, un tullido sigue siendo un tullido, un ciego no ve porque está ciego y una prostituta es una prostituta, no una trabajadora sexual. Y yo, que estoy llegando a los noventa, no pertenezco a la tercera edad, ni soy adulto mayor, sino que estoy viejo, anciano, decrépito, senescente.

Sin embargo, aprecio la paciencia de quienes se están tomando el trabajo de alargar todo innecesariamente —volviendo de paso sus textos, además de aburridos, ilegibles—, cerrando tranquilamente los ojos ante la evidencia gramatical de que cuando se dice niños se está incluyendo también a las niñas, y que la historia del hombre es también la historia de la mujer. Si queremos defender el idioma de esos adefesios, debemos rechazar esas llamadas posturas correctas.

Una ex primera dama española, por ejemplo, se estaba ahogando no en un vaso de agua, por no decir que en una botella, como su apellido, cuando al calor de una improvisación se refirió a los jóvenes y las jóvenas. Políticamente correcto, pero, sin duda, idiomáticamente desastroso.

El gran oso en esta guerra proviene de Colombia, donde ahora a los jueces les ha dado por dárselas de gramáticos y tratan de cambiar el soso eslogan de Bogotá, sin importar el costo ni la imposibilidad de hacer el cambio en el plazo pedido. Y la pregunta lógica es: ¿Tendrán los jueces facultades legales para meterse con la gramática y la ortografía? No tardarán en cambiar los editoriales y las informaciones de nuestros periódicos, por lo general bien escritos, y que empiecen a leer Cien años de soledad, que es muy larga, para que vayan obligando a la familia a cambiar su texto a literatura incluyente. Y revisar el himno, a ver si debemos agregar, a la libertad de Ublime, de Shakira, a Ublimo también.

A las españolas les ha dado por escribir person@s, tod@s o amig@s, con la vana esperanza de que el desprevenido lector se trague el infundio de que el signo arroba pueda engañar a alguien haciéndole creer que es un injerto entre la o y la a. El gracioso símbolo únicamente se debe usar en las direcciones de internet, para evitar confusiones.

De paso, el profesor Gildardo Lotero mete baza desde Medellín para hablarnos del signo @, haciéndonos ver que se origina en la cultura anglosajona:

“La historia del signo @ es una historia tan triste de colonialismo como la de la isla de Puerto Rico. (…) Resulta que @ es una deformación simbólica de at, preposición que en inglés significa dirección (University of New York at Buffalo), (…) Al querer los gringos utilizarla para reemplazar el comienzo de una dirección en los mensajes electrónicos, nuestro símbolo arroba (@) (…) se tuvo que vaciar de contenido y cederles el paso a las ocurrencias de la lengua de la dominación”.

Sobre el uso del signo @ en reemplazo simultáneo de la a y la o, y la repetición de los niños y las niñas, ya la Academia de la Lengua se ha pronunciado en respuesta a una consulta hecha desde Medellín por la Corporación de Acuerdos, dirigida por Jairo Cala Otero:

“Para solventar el problema de la pesadez que supone la repetición de cada uno de los apelativos en ambos géneros, comienza a circular la novedad, al hilo de la popularización de la informática, de utilizar el signo de la arroba (@) como moción de género para referirse a ambos sexos, ya que, curiosamente, este signo parece incluir en su trazo las vocales a y o. Con ello, en una misma palabra se integran gráficamente tanto el nombre masculino como el femenino. Aunque este recurso no deja de ser ingenioso, hay que recordar que la arroba no es un signo lingüístico, y que este uso no puede considerarse aceptable en español desde el punto de vista normativo. (...) Por tanto, su uso es INCORRECTO”.

Volviendo a lo políticamente correcto y a la no dominación de los géneros, el problema no es solo del español: ya los gringos han logrado dislocar su idioma, cambiando palabras enraizadas como chairman o cameraman, por chairperson y cameraperson, para darle un aspecto neutral al nombre de estos oficios, creando de paso la tendencia de sacarles el cuerpo a todas las palabras terminadas en man, solo porque en inglés significa hombre, aunque suele designar a ambos sexos.

En esta batalla, las mujeres no se han mostrado muy congruentes: hay palabras creadas específicamente para ellas, como poetisa. Pero muchas la odian y se ofenden si no las llaman con la palabra usada para referirse a los hombres que hacen versos: poetas. Como si consideraran que los hombres escriben mejores poemas que las mujeres, lo que no es necesariamente cierto. O adoptan como femenino el masculinísimo nombre italiano Andrea, que significa Andrés (les aseguro que el almirante genovés Andrea Doria era hombre, y que nunca se puso falda, y que el cantante Andrea Bocelli es ciego, pero no mujer), simplemente porque —al igual que poeta, masculino— Andrea termina en a. Moraleja: desde el punto de vista genérico hay que desconfiar de las vocales y apoyarse en los artículos que, en este caso, se vuelven de primera necesidad.

Si yo, como mecánico aficionado, quisiera embarcarme en la insensatez de las palabras políticamente correctas me tropezaría con un enorme problema aún por resolver. Uso a veces un instrumento llamado comúnmente hombresolo. Soledad aparte, no sé si lo debiera llamar —siguiendo la nueva tendencia— mujer-hombre-sola-solo.

Para deleite de nuestros lectores —nos, aunque indignos—, osamos reproducir un trozo de un delicioso artículo que el escritor español Julián Marías publicó hace tiempo en México y que reprodujo parcialmente en Colombia, Conversaciones desde la Soledad. Que Dios nos perdone el atrevimiento y nos proteja de la lluvia de piedras que probablemente lloverá sobre nuestra desprotegida y calva testa. Aquí va el texto, con el respectivo agradecimiento a Santiago Mutis, su descubridor:

“Los ciudadanos españoles y las ciudadanas españolas estamos hartos y hartas de pedir a nuestros y a nuestras gobernantes y gobernantas que se ocupen de los niños y las niñas inmigrados e inmigradas, que llegan recién nacidos y nacidas, famélicos y famélicas, desnudos y desnudas, sin dónde caerse muertos y muertas. Nuestros y nuestras políticos y políticas se ven incapacitados e incapacitadas para afrontar el problema, temerosos y temerosas de que los votantes y las votantes los y las castiguen: el que y la que sea partidario y partidaria de que esos niños y esas niñas sean españoles y españolas a todos los efectos, teme la reacción de los y las compatriotas y compatriotos proclives y proclivas a frenar el flujo de extranjeros y extranjeras —sean adultos o adultas, niños o niñas, recién nacidos o nacidas— y amigos y amigas de una población compuesta por individuos e individuas autóctonos y autóctonas, homogéneos y homogéneas racialmente: los ciudadanos y las ciudadanas, en suma, que no creen que todos los hombres y las mujeres son iguales o igualas."

Cuando las dirigentes feministas (llamadas femichistas por sus detractores) tratan de imponer desde las publicaciones a las que tienen acceso sus niños y niñas, las muchachas y los muchachos, sus hombres y sus mujeres, están siendo elitistas. El intento de tratar de obligar de arriba hacia abajo el uso de un nuevo lenguaje parece, además de aburridor y repetitivo, clasista. El idioma viene de abajo, del pueblo; los neologismos y las nuevas formas las inventa, las modifica y las aporta el pueblo. Si no fuera así, todos estaríamos aún hablando latín, que era el idioma del imperio desde antes de los tiempos de Cristo. Y ahora, el nuevo imperio nos está imponiendo su lengua, llevándonos ineluctablemente al abismo del espanglish, arrastrados del mismo vulgo que perratió el latín, dando de paso nacimiento a las lenguas romances: español, catalán, portugués, francés, ladino, rumano e italiano… Este último tuvo la suerte de que el más grande poeta de la humanidad, Dante Alighieri, escribiera La Commedia (él no la llamó Divina, fue Boccaccio), su obra maestra, en ese idioma vulgar. Nos falta un Dante portorriqueño— decía el poeta Fernando Arbeláez— que escriba un gran poema en espanglish para que queden aceptados lobbies, cloches, marketings, manes, guayas, guachimanes y demás expresiones que se han venido colando al idioma por la puerta falsa del patio trasero, que es lo que somos nosotros para los gringos.

Así que las niñas y los niños solo empezarán a tener valor lingüístico cuando los exhabitantes del ex-Cartucho, del ex-Bronx, etcétera, empiecen a decir las ñeras y los ñeros. Lo que más tarde aceptarán los escritores y, cincuenta años después, aprobará —con la celeridad acostumbrada— la Real Academia. (¡No nos va a tocar!).
Lo de que el cambio idiomático viene del pueblo no es invención mía (no soy tan inteligente). Entre otros, esa idea la ha expuesto magistralmente Alfonso Reyes —a quien Jorge Luis Borges consideraba el mejor prosista contemporáneo en español— en su ensayo De la lengua vulgar. Trae allí un supuesto diálogo con su maestro, en el que se lee:

"(…) Afirma usted que el lenguaje es cosa viva y mudable por consecuencia; que los letrados, en su anhelo de fijar las formas, matan el lenguaje; y que donde propiamente se engendra el lenguaje es entre la gente anónima del populacho. (…) El vulgo, hijo del azar y mejor testigo que nadie del instinto humano, sabe hablar y formar sus voces según el capricho de la vida y bajo la sugestión de su instinto étnico. Compara las palabras áncora y ancla, aurícula y oreja y tantas otras de que hallarás copia en las gramáticas. […]El vulgo es dueño de la realidad. Los cultos lo son de la irrealidad.
Así pues que proceder de otra manera, tratando de imponerle el lenguaje al pueblo, es elitista y abiertamente antidemocrático. No nos falta sino que los hombres nos volvamos igualitariamente intransigentes y exijamos —invocando lo políticamente correcto y la connotación femenina de la ‘a’— para que pidamos que profesiones terminadas en ‘a’, como la de pianista o artista, cambien su letra final a o, y se diga pianisto y artisto. Y lo ve venir, como visionario que es, este periodisto.

Pero me quedan unas preguntas por absolver —en caso de que haya insistencia en nivelar idiomáticamente los sexos—: ¿Qué vamos a hacer con los tan mentados y tan de moda LGBTI? Parecería injusto que salieran del clóset huyendo de una discriminación para toparse con otra, ya que sería contra la igualdad dejarlos por fuera de las enumeraciones. Entonces, ¿al hablar de los hombres y las mujeres no sería bueno también nombrar a las lesbianas, los gais, los bisexuales, transgéneros e intersexuales?

¿Y qué vamos a hacer con la humanidad (arbitrariamente femenina) y con nuestro Dios que, a pesar de incluir una paloma (palabra femenina), sigue siendo masculino?
Ahí les dejo esas inquietudes y una oración: De los jueces que se creen gramáticos, líbranos Señor.

GUILLERMO ANGULO
Especial para EL TIEMPO

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