El sapo y la manzana / De tu lado con Álex

El sapo y la manzana / De tu lado con Álex

Muy pocos nos parecemos al sapo valiente y demasiados nos comportamos como los sapos incrédulos.

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17 de abril 2018 , 09:56 p.m.

Había una vez un sapo que vio una manzana reluciente en un árbol. Sin dudarlo un segundo, empezó a subir el árbol para acercarse a ella.

Apenas lo vio subiendo otro sapo que estaba cerca le gritó desde abajo: “¿Qué estás haciendo? Te vas a caer. Los sapos no podemos subir árboles”. A pesar de los gritos, nuestro sapo irreverente siguió su camino sin pestañear. En la medida en que iba subiendo se fueron agrupando más sapos en la parte de abajo. Todos le gritaban frases como “Te vas a matar!”, “¡bájate ya!”, “¿quién te crees que eres, una ardilla?”

A pesar de los gritos, nuestro valiente sapo seguía subiendo feliz. No se detenía ni para coger aliento, solo miraba hacia la manzana y seguía su curso.

Entre más subía, más sapos se aglutinaban abajo y más duro le gritaban que se bajara de inmediato.

Después de una hora de progreso lento y seguro, nuestro sapo alcanzó la manzana. Cuando miró para abajo vio a centenares de sapos mirándolo con caras de asombro, miedo y admiración. Él solo les sonreía mientras acariciaba con cariño su manzana.

En ese momento llegaron dos sapos nuevos a la manada que preguntaron qué tanto estaban mirando. Un sapo les contó que había un sapo “loco” que pareciera no entender que los sapos no suben árboles pero que igual lo subió y aunque se ha podido matar, lo logró. Cuando la pareja de sapos miraron hacia arriba vieron a su hijo con su sonrisa de oreja a oreja al lado de la manzana más espectacular que haya existido.

La pareja les contó a los otros sapos con orgullo que ese allá arriba era su hijo. Varios sapos, en vez de felicitarlos, se acercaron a decirles que tenían un hijo demasiado terco y obstinado y les relataron que aunque le habían advertido del peligro, él hizo caso omiso y ni siquiera los volteó a mirar. Ante los comentarios, los sapos padres sonrieron más ampliamente y les dijeron: “Es que nuestro hijo es sordo desde el día en que nació”.

Esta fábula es bellísima porque tristemente, hoy muy pocos nos parecemos al sapo valiente y demasiados nos comportamos como los sapos incrédulos y dudosos. Y lo peor es que la “manada” más “bullosa” y desalentadora no viene de terceros sino de nuestra propia mente. Somos muy pocos los que nos podemos hacer los sordos ante la autocrítica y la autoflagelación. Nos derrotamos a nosotros mismos sin ni siquiera haber tomado el riesgo de iniciar.

Dejemos de hacerle caso a esa voz interna que nos dice que estamos “locos” cuando queremos salir de nuestra zona de confort o que no tenemos el temple para lograr nuestros sueños. Seamos como el sapito sordo que no oía lo que no era capaz de hacer, solo sabía que tenía una meta y nunca dudó en lograrla.

ALEXANDRA PUMAREJO@detuladoconalex

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