Las palabrejas en el fútbol / En defensa del idioma

Las palabrejas en el fútbol / En defensa del idioma

Un simple y rutinario partido internacional ahora se califica de "cita continental".

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Consejos para mejorar la ortografía.

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Archivo / EL TIEMPO

11 de agosto 2016 , 07:27 p.m.

Cada fin de semana, y entre semana, y entre los intermedios entre la semana y los fines de semana, y, en muchas ocasiones, entre los intermedios de esos intermedios de cada semana, las transmisiones futbolísticas se llenan de tantas palabras rimbombantes que usar términos sencillos ahora parece una falta de galantería.

Quizás, el selecto público interesado en este tipo de información exige que jamás se diga “gol”, sino “anotación”; que nunca se mencione “equipo”, sino “onceno” o “escuadra”; que se prefiera “esférico” o “redonda” al simple “balón”; ahora les dio por “champion” y no “campeonato”; ya tiende a desaparecer el “guayo” y prolifera el “botín” o la “zapatilla”; el “play-off” (o “playoff”) reemplazó a la eliminatoria; la trillada “camiseta” ha mutado a “casaca”; ya no hay “cancha”, sino “rectángulo”; las “faltas” pasaron a ser “infracciones”, y el respetado “árbitro” es un “juez” (si nos descuidamos, en pocos meses será un “magistrado”).

Y en ese ambiente en el que se redescubre incesantemente cómo “los resultados en un comienzo no se dieron”, formularse preguntas es una de las mejores maneras de aprender, porque las inquietudes y las dudas siempre llevan a buscar bases sólidas para seguir construyendo el conocimiento. Cuando en los espacios deportivos se lee que “en el más reciente partido consiguieron [algunos jugadores] un importante triunfo”, escasos son los aficionados que preguntan ¿qué triunfo no es importante? Y más al decir que “el club cuenta con los servicios de un jugador importante…”: entonces, ¿los demás jugadores del club no son “importantes”?

Otros más escuchan reiteradamente que su equipo del alma “hizo respetar nuevamente su casa”, y nunca piensan si hubo en otra oportunidad un asomo de irrespeto para su hogar, mientras dizque a otros más les irrespetan el patio, el solar y hasta la grama. Un simple y rutinario partido internacional ahora se califica de “cita continental”, como si el encuentro lo conformaran Obama, Santos, Temer, Peña Nieto y Macri. Los jugadores ya no pueden recibir un balón, sino “recepcionarlo”.

También existen los amigos de las obviedades: “El equipo de Petunio Bicéfalo logró tres puntos valiosos”, como si existieran puntos sin valor. Además, aparecen los sesudos comentaristas que componen y mezclan situaciones para dar la impresión de analistas: “La portería del cuadro rojo, el palo y la falta de definición se combinaron para evitar que igualaran el marcador”; entonces, pudo igualarse el marcador si hubieran retirado la portería del cuadro rojo, quitado un palo y aprendieran a definir, entendiendo que este “definir” se expresa mejor si se dice “marcar un gol”, y ya.

En estos últimos tiempos, se dejó de lado el nombre preciso del equipo, y prefiere decirse “los dirigidos por Fraudilio Ramaseca recibirán en su patio a…”, creyéndose que con eso se logra mucha originalidad en el lenguaje, aparte de que los partidos de fútbol por lo regular se juegan en estadios y no en patios. Se suma a esa perorata la modificación cromática: “El guardameta no pudo controlar la ofensiva escarlata”, como si las acciones fueran caracterizadas por colores: ahora el “blanco” es “albo”, el “rojo” es “escarlata”, el “azul” es “celeste”, el “amarillo” es “oro”… Ojo: toda metáfora se vacía cuando se trilla.

Con los gentilicios, erróneamente se toma la parte por el todo: empacan a todos los argentinos como “gauchos”, aunque algunos jamás hayan salido de Buenos Aires; los charrúas (pueblo amerindio que habitaba la costa septentrional del Río de la Plata) son todos uruguayos; “inca” es todo peruano; “patriota” es el venezolano; los “cafeteros” abarcan a todo colombiano, a pesar de que muchos sean oriundos de Bahía Solano, en el Chocó, o de Gaira, en el departamento del Magdalena, donde, la verdad, no se cultiva mucho café.

Así, con ese lenguaje, algunos seudocolegas se encuentran con un mono y, para cautivar al público, ya quieren vestirlo con los últimos diseños de la moda. Disfrácenlo de lo que quieran: seguirá siendo mono.

En otros contextos, nadie supone que haya deportistas aguafiestas y maleducados: “El guardameta evitó que la visita festejara”. Aparecen también mezclados los amantes de las finanzas, del fútbol y de la dulce economía agrícola: “La cuota de gol del equipo azucarero”, como si resultara difícil decir “el goleador del Deportivo Cali”. Por eso, en todo lenguaje, “la sencillez llevada al extremo se convierte en elegancia”. La ostentación, por su parte, siempre va emparentada de la apariencia y la ridiculez.

Una situación similar se presenta cuando una persona asiste a un cóctel mientras expone sus manos para lucir anillos en todos los dedos, así como unos guantes verdes, un traje largo de terciopelo rosado, unos zapatos muy blancos, un bolso violeta (que por su tamaño más parece un clóset portátil), una bufanda morada, un grueso collar amarillo, candongas anaranjadas (como jaulas) y una cabellera (fucsia) que por su forma imita a la de la señora Simpson. Suerte tendrá si no la confunden con una guacamaya.

Eso mismo pasa con el lenguaje oral en muchas cabinas de transmisión y en algunas páginas deportivas. El retoque exagerado y la tergiversación de las palabras causan un chirrido en el discurso de incontables comentaristas deportivos. Suerte tendrán si no los confunden con cacatúas.

La precisión en el mensaje se sustenta en gran proporción en la sencillez y la naturalidad. Acaso cuando se lee este periódico, EL TIEMPO, ¿alguien dirá: “llevo en mis manos un impreso plegable (o versión web) informativo nacional e internacional de amplia circulación diaria”? ¡Y tan práctico que es decir “llevo EL TIEMPO”!

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
Facultad de Comunicación
jairo.valderrama@unisabana.edu.co

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