El solapado de “cómo arreglamos” / En defensa del idioma
Análisis UNisabana
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El solapado de “cómo arreglamos” / En defensa del idioma

Hay otras trampas en “colabóreme”, “qué podemos hacer”, “qué le cuesta”, “hoy por mí, mañana por ti”

Diccionario

El diccionario ha incluido palabras que, por costumbre, se añadieron al lenguaje.

Foto:

123rf.com

07 de julio 2017 , 02:46 a.m.

La manera en que se asume el significado de “eufemismo” va muy emparentado con las mentiras, y las más frecuentes se emiten con palabras. Por eso, ante cualquier duda frente al uso de nuestra lengua, en muchas oportunidades he recomendado la consulta del Diccionario (www.rae.es). Sin embargo, en esta oportunidad, y para tratar el manejo del eufemismo, creo que es necesario designar con otra expresión esa trampa o media verdad (siempre agazapada) a la que acuden algunas personas para ocultar una intención non sancta.

El motivo es claro y está en el Diccionario, que define “eufemismo” así: “Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. No obstante, cuando el colombiano promedio acude a unas triquiñuelas discursivas y falsas, rara vez estas podrían asociarse con las palabras “suave” o “decorosa”, término este último que cuenta con sinónimos como honor, respeto, reverencia, dignidad, circunspección, gravedad, pureza, honestidad, recato, honra, pundonor o estimación. Y, de verdad, nada de eso llevan las ideas maquilladas con palabras impropias.

Esas alteraciones, muy hermanas de la hipocresía, se escuchan en innumerables ambientes nacionales, y desconozco si en otros países de habla hispana se acude a tantas para solicitar por lo regular un favorecimiento egoísta. En casi todos los casos, los receptores deben traducir su significado, y acudir más a la intención que a la literalidad. Por supuesto, eso es el habla; pero la diferencia con otras situaciones (¡contextos!) es que en estas el fondo ha de traducirse como “ejecutemos un fraude”, “cometamos un delito”.

Dizque “cómo arreglamos”, propone un conductor infractor al patrullero que le informa de la violación de una norma de tránsito. ¿“Arreglamos”? ¿Acaso qué ha desarreglado el patrullero? La opción es sencilla y legal: se le expide el comparendo al vulgar embaucador y se le comunica que debe asistir a un curso de formación y pagar la multa respectiva. Por lo menos este truhan debería de ser decente si no alcanza a ser preciso: “¿Me permite, por favor, sobornarlo, convertirlo en delincuente?”.

Con el trillado “colabóremen” (escrito como muchos lo pronuncian), a veces la intención sí consiste en solicitar un favor ajustado a la ley y, en general, a las normas; y en ello nada hay de cuestionable. Pero en los ambientes en los cuales los trámites legales entrañan alguna irregularidad, y a pesar de ello quiere obtenerse una certificación de veracidad, como los conductores de automotores “chimenea” cuando exhiben una constancia de revisión de gases, entonces el tal “colabóremen” debe traducirse a “violemos la ley”, “falseemos ese documento” o “incurramos en una impunidad”.

En otros espacios, a finales de cada periodo académico, en muchos colegios y universidades, el “¿qué podemos hacer?” se desprende más que nada de los estudiantes displicentes, algunos más amantes del diarreico jugo de cebada que del elíxir del conocimiento. Ese “podemos” va con toda insolencia a asignar a los docentes una responsabilidad ajena a ellos. El “¿qué podemos hacer?”, por tanto, entraña el sentido de “¿podemos cometer un fraude?”, “¿es posible falsear las calificaciones?”. Aparte de eso, algunos de estos sinvergüenzas insisten: “¿qué le cuesta?”, como si a las personas con valores firmes y una sólida conciencia les resultara fácil traficar con sus principios. ¡Claro que cuesta! ¡Cuesta mucho! A una persona sin honra, en cambio, la conciencia no le pesa, porque no la tiene.

A fin de compensar estas contrariedades, para los estudiantes descontentos también hay opciones: inscribir la misma asignatura para cursarla el siguiente semestre, repetir todo el periodo académico y, si la evidencia de falta de competencias es reiterada, optar por otra carrera, oficio o profesión (no todos pudimos ser Leonardo da Vinci, Albert Einstein, Stephen Hawking o William Shakespeare).

También se habla del “CVY” (“¿cómo voy yo?”), una de las más abyectas maneras de exigir un favorecimiento, casi siempre monetario, y más que nada cuando se persigue la apropiación ilegal de los bienes ajenos o públicos (los maestros de la jurisprudencia sabrán tipificar mejor estas acciones). Los usuarios de esta expresión son los mismos hinchas del “cuadremos”, que se traduce también con facilidad: “convirtámonos en delincuentes; ¿le parece?”.

Por eso, solo es posible mirar de frente el rostro de la verdad cuando le quitamos la máscara, sobre todo la de las palabras.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
PROFESOR FACULTAD DE COMUNICACIÓN
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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