Palabras que queman / En defensa del idioma
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Palabras que queman / En defensa del idioma

Algunas personas actúan agresivamente cuando lo que escuchan encierra ideas diferentes a las suyas.

Diccionario

El diccionario ha incluido palabras que, por costumbre, se añadieron al lenguaje.

Foto:

123rf.com

01 de marzo 2018 , 01:13 a.m.

El pensamiento tiende a petrificarse cuando se evitan a toda costa las ideas que proponen una renovación o un punto de vista para apreciar con más amplitud cualquier fenómeno de la realidad. El motivo: las palabras con significados que pretenden conceder más elementos de juicio equivalen a un alimento mayor en el proceso de reflexión. Sin embargo, el anquilosamiento puede extenderse siempre que se rechacen otras posibilidades para corregir las percepciones iniciales.

Nada hay de equivocado en cambiar de opinión si los nuevos argumentos resultan más sólidos. Por el contrario, la oscuridad sobre las diversas formas de vida se acrecienta por insistir en el error de tomar solo como base el temor a descubrir realidades más difíciles. De allí, que la libertad aumente cada vez que se despliega más el abanico de las miradas ante el mundo. Esta situación se nota en los campos de la cultura, la política, el espectáculo, la religión, el deporte…

Los fanáticos del fútbol, por ejemplo, demuestran una vez más que detestan este deporte (y a los que llaman “sus” clubes) cuando asesinan o agreden a otras personas acudiendo a un pretexto. Una manifestación tan fascinante como el fútbol siempre desentonará con la agresividad. Pueden disfrazarse ellos con los colores del equipo que dicen respaldar, asistir todas las veces posibles al estadio o seguir mendigando desde muy temprano cada día de la fecha futbolera para recoger el dinero de la boleta; pero las palabras o las acciones de sus ataques borran cualquier representación en la que fingen ser admiradores de algún equipo, y de ese agradable deporte.

A ellos, poco les importa si un triunfo deportivo se obtuvo con goles en fuera de lugar, con expulsiones exageradas o faltas omitidas por una árbitro cualquiera. Al fanático le viene bien todo ese cúmulo de situaciones o palabras que refuercen su perspectiva ante un fenómeno. Para él, la validez de los logros es la consideración última; es más, para ellos no existe este tipo de consideración.

La libertad, en gran medida, consiste en trazar el camino propio. Acudir a la agresividad, a la violencia exagerada para aplastar un modelo distinto al propio, solo porque es distinto, ratifica la ceguera de aquellos que así proceden, de aquellos que cierran por propia cuenta su celda. Tan amaestrados están, que ya no requieren de carcelero: ellos mismos defienden su mazmorra ideológica.

Son incontables los enojos ante los críticos de sus ídolos (en estos tiempos aún hay quienes adoran a otros seres humanos, como sucedía en las tribus primigenias). Tan vacía está la posibilidad de pensar por propia cuenta, que algunos de manera abierta declaran que no importa la comprobación de los crímenes de su ídolo; ellos, los borregos, continuarán avanzando hacia el destino que señale su becerro de oro, sin importar que dirija el dedo índice a cualquier abismo profundo. Eso, en la política.

La libertad aumente cada vez que se despliega más el abanico de las miradas ante el mundo

En el amor, también es revelador ese fenómeno: “Dime otras vez que me amas. Yo sé que es mentira, pero dímelo”. Una solicitud semejante proviene de quienes pretenden evadir la realidad y continuar sumergidos en un mundo de ficción: les aterra (para ellos no hay mayor pavor) escuchar o leer las versiones sinceras que puedan derrumbar su falso mundo. Por tanto, todo punto de vista que apenas intente modificar ese castillo de naipes, construido sobre una nube, se constituye en el carbón que arde en su conciencia. Esas palabras, que son otras ideas, los queman.

Sí: la ignorancia y la debilidad emocional son dos de los factores más fuertes que conforman el talón de Aquiles de esas legiones que se entregan a las propuestas de unas pocas personas. Desconocer que hay comida nutritiva lleva a quedarse a comer de la mano de un engatusador, aunque las porciones sean muy pequeñas o estén siempre descompuestas: ladrarán por defender a sus amos o morderán a los oferentes de un alimento más rico.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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