Verdad a medias: mentira / En defensa del idioma
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Verdad a medias: mentira / En defensa del idioma

Cada quien sabe si la sinceridad es una de sus virtudes.

En defensa del idioma

En defensa del idioma.

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123RF

12 de abril 2018 , 07:29 a.m.

En las películas comerciales es frecuente la escena en la que llaman a un testigo y le preguntan: “¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?”. Al comienzo, la pregunta parece una redundancia: ¿por qué solicitan tres veces la verdad? Sin embargo, con un examen cuidadoso se descubre que esos matices son muy relevantes, pues la mayoría de la gente supone (¡o pretexta!) que solo hace parte de la verdad aquello que se expresa, no los datos que se omiten o se ocultan cuando son pertinentes.

Cuando un vendedor aborda a una persona en un centro comercial para ofrecerle un producto o un servicio, rara vez salen a relucir las desventajas de la oferta: poca duración del producto, producto innecesario (nada vital), precio elevado con respecto a ofertas similares, un crédito que aumenta en mucho el costo, etc. La intención, es más que sabido, apunta a persuadir al cliente para que compre, y los beneficios que pueda obtener poco le importan al vendedor. Al fin y al cabo, trata con un extraño.

Aparte de ello, aparecen la sonrisa fingida, la cortesía impostada y los elogios melosos, que conforman otro tipo de lenguaje que se suma al meramente oral; es decir, se dice una “verdad”, pero se le añade algo que no lo es: el afecto, que no existe. De entrada, está claro que se ha dicho una verdad (la existencia del producto o el servicio, y algunos de sus beneficios), pero se han omitido algunos datos, por supuesto muy relevantes para completar la pertinencia del discurso, o de la “carreta”.

con ese inadecuado (pero consciente) uso de las palabras se da a entender una idea que no es del todo la misma que busca un oferente

“¿Está interesado en adquirir el producto?”, pregunta un vendedor, que con anticipación (y ya modelado él o ella) ha trastocado el significado de “está interesado” por el de “comprará”, cuyos significados, es claro, son bastante diferentes. Ese eufemismo está hermanado con “cancelar”, que suena más suave que “pagar”. También está “¿incluye el servicio en la cuenta?” por “¿me dará propina?”.

Ese tipo de palabras, los eufemismos, se constituyen así en una especie de amortiguadores o almohadones en los que caen estas adobadas expresiones para no golpear la sensibilidad de los destinatarios, y obtener de ellos la respuesta anhelada. Y sí: con ese inadecuado (pero consciente) uso de las palabras se da a entender una idea que no es del todo la misma que busca un oferente.

Eso, en el ámbito comercial. Pero hay otros espacios en que la información que se transmite también entraña esa carencia, esa falta de datos pertinentes; o ese añadido distinto a la verdad. Por supuesto, nadie tiene la verdad absoluta; pero, por lo regular, una persona medianamente crecidita y en su cabales sabrá en el fondo de su conciencia (algunos ni la tienen) qué está ocultando, qué está añadiendo. Cada quien sabe si la sinceridad es una de sus virtudes.

Cada quien sabe si la sinceridad es una de sus virtudes

En los discursos (cada uno sabrá en cuáles) con una intención de recompensa multitudinaria, se estudian con mucho detalle las palabras, los gestos, el maquillaje (¡vaya!), las posturas, los tonos y la modulación, el vestuario o el contexto, con el fin de impresionar todavía más a una indeterminada cantidad de oyentes o espectadores. Es decir, se añade algo distinto a la verdad.

Y si partimos de la base (irrefutable, por cierto) de que todos los seres humanos somos imperfectos, ¿por qué tantas figuras públicas se muestran tan inmaculadas?, ¿por qué no exponen también sus desaciertos?, ¿por qué no abren con plenitud el libro de su existencia pública?, ¿por qué no dicen “toda la verdad”?, ¿por qué es tan notoria la paradoja cuando magnifican su proceder con tanto elogio y virtudes, despidiendo, quién lo duda, a la modestia y a la sinceridad?

Por estos días, esos mismos figurines derrochan saludos a los tristes, menesterosos y desamparados; también saborean platos y bebidas populares que nunca han dispuesto en sus mesas; visitan lugares muy inhóspitos que jamás han contemplado como destino vacacional; conversan acerca de asuntos cuya importancia para ellos se asemeja al de un estornudo en un estadio lleno.

Eso, en últimas, prueba que con todo su lenguaje presencial le adhieren a su discurso y a su gestión unos hábitos que no son la “verdad” de sus vidas. Han añadido algo distinto a la “verdad”.

Con vuestro permiso.


JAIRO VALDERRAMA V.
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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