Peligro: lengua suelta / En defensa del idioma

Peligro: lengua suelta / En defensa del idioma

En internet y las redes sociales, la gente confunde redactar con regar palabras.

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El mundo globalizado está acelerando las palabras y las acciones, criando así la irreflexión.

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123rf

10 de noviembre 2016 , 09:08 p.m.

Por favor, no se confundan por el título: el tema de hoy no es político, farandulero ni publicitario, aunque bien puede aludirlos. Tampoco corresponde a esas conversaciones inducidas en la recepción de cualquier edificio habitacional, donde ciertos residentes y visitantes someten a repetidos interrogatorios a la señora encargada del aseo, a los vigilantes y a la misma administradora, para averiguar acerca de la vida privada de los vecinos.

Centrémonos solo en las siguientes escenas. Un explorador, en medio de un extenso bosque y después de un agotador y caliente día, encuentra una diáfana cascada, a manera de cuadro reverberante y vital sobre unas rocas lisas. Se apresura a calmar la sed, y para ello acude a su sombrero o a la concavidad de su mano, y bebe de allí uno a uno esos sorbos de felicidad. De poco sensato lo calificaríamos si inclina la cabeza hacia atrás y abre su boca debajo de esa potente fuente de agua.

De parecida manera (segunda escena), dudaríamos de la finura de unos modales si alguien se apresura a atorarse con varios y abundantes platos a la hora del almuerzo, sin considerar la cantidad, preparación, sabor o disposición de los alimentos, en medio de la mirada asombrada de otros comensales, quizás más cuidadosos. Desde esa misma perspectiva, en un caso como ese diríamos que la pretendida nutrición solo llegaría a convertirse en porcina indigestión.

Con esos dos cuadros, las palabras deben guardar de la misma manera la posibilidad de calmar la sed o de nutrir, porque en estas se preservan los significados y, por tanto, la posibilidad del entendimiento. Los bocados o los sorbos han de tomarse uno a uno: las mordeduras y los gigantescos chorros atragantan o ahogan (en otros casos embriagan, si es que no embrutecen). Como muestra de esta situación, baste con examinar los textos enviados por millones de personas cada segundo desde distintos lugares del mundo: “…ya llego a su casa con Luis puede ir preparando algo rico de comida mi jefe tiene una junta importante a las siete de la noche creo que llegaré temprano aspiro a despertarme mañana…”.

Esa es una cascada (también hay cataratas) o un culebrón de ideas, pero sin vértebras, porque se desconoce dónde se articula cada una. El mundo globalizado está acelerando las palabras y las acciones. Ahora, velocidad y fugacidad son las madres sustitutas de la reflexión, pero crían la irreflexión.

En ese mensaje de incomunicación (inventado, claro, porque a quién se le ocurriría escribir así), se desconoce si el redactor llega a la casa, si llega con Luis, si con Luis “puede ir preparando algo rico”, si el jefe, “de comida, tiene una junta importante”, si esa junta es “a las siete de la noche”, si a las “siete de la noche creo que llegaré”, si “llegaré temprano”, si “temprano aspiro a despertarme mañana”. Otra vez: el lenguaje es el reflejo del pensamiento.

Al menos (y que no sirva de consuelo), estos contemporáneos mensajes son efímeros. Pero cuando esas palabras que se riegan permanecen y se destinan a una infinidad de personas, aumenta el peligro por edificar una torre de Babel. Y el hombre sin comunicación será entonces poco menos que un errante, desaparecerán sus caminos, como en una gigantesca ciudad donde las señales de tránsito se esconden. Si nada más así nos estrellamos, calculemos el rumbo caótico de los extraviados en internet, que ni siquiera nómadas serían porque no buscan alimento, defensa ni refugio.

Por ejemplo, en las ventanas de unos apartamentos dice: “Se venden informes aquí”, y el lector se preguntará qué clase de informes venderán. Y saber que bastaría un punto: “Se venden [los apartamentos]. Informes aquí”.

Esas inoportunas acudientes, la velocidad y la fugacidad, llevan también a escribir oraciones de 32 renglones (ya no culebrones, sino anacondas) donde muchos improvisados redactores se acuerdan de marcar el punto solo al final de la página. Si las palabras son eslabones, que deben resultar flexibles y unidos (coherencia), ahora se templan solo barras de acero y no cadenas de ideas. Se han omitido los silencios y las pausas, que son el respiro, el aire de la reflexión. Y metales como esos sí que golpean las cabezas, porque expulsan todo el oxígeno, suprimen todos los silencios.

Así, por estos tiempos, hasta la música y la danza, como la palabra misma, también se han modificado: en metralleta ensordecedora (la una) y en la convulsión incesante de un macaco epiléptico (la otra).

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
Profesor Facultad de Comunicación
Universidad de la Sabana

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