Diferencia entre excusa y pretexto / En defensa del idioma

Diferencia entre excusa y pretexto / En defensa del idioma

Las excusas sin fundamento, sin piso argumentativo firme, apenas son pretexto.

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En muchas ocasiones, aquello que suponemos una excusa es solo un pretexto, pero con el nombre cambiado.

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123rf

01 de septiembre 2016 , 04:30 p.m.

“Créame, profe, el trabajo ya estaba listo en la carpeta, desde la semana pasada, porque yo soy muy previsivo; pero mi mascota se lo comió… Y además yo no sé cómo se borró toda la información del archivo de mi computador…”.

Ante ese traspié estudiantil, ante ese esfuerzo por demostrar el talante profesional y la responsabilidad a toda prueba, ¿qué camino tomaremos con tanto archivo que se borra a sí mismo y cómo corregiremos a los cuadrúpedos peludos que vienen convirtiéndose en papirófagos (esos que comen papel)? ¿A qué recurriremos para aminorar la voracidad de esas criaturas, sobre todo cuando se sabe que el tal trabajo (escrito) apenas sobrepasa las dos páginas?

Casi todos los profesores hemos precisado que la confianza conforma uno de los medios efectivos para avivar el impulso de los estudiantes; debemos procurar siempre que se despliegue en ellos ese arrollador empuje por convertirse en eximios profesionales y en mejores personas. En efecto: en condiciones parecidas, jamás debemos defraudarlos. Sin embargo, en el caso del anterior hipotético ejemplo, las palabras “confiado” y “tonto” tienen significados bastante distintos.

Para ilustrar con amplitud esta situación, acudimos al Diccionario de la Real Academia: “Pretexto: m. Motivo o causa simulada o aparente que se alega para hacer algo o para excusarse de no haberlo ejecutado”. En muchas ocasiones, aquello que suponemos una excusa es solo un pretexto, pero con el nombre cambiado. Por supuesto, a veces es solo desconocimiento, y no siempre detrás de esa imprecisión hay un deseo por engañar. Partir de la buena fe traza el primer escalón para configurar y robustecer la confianza.

Acerca de “excusar”, la definición guarda un matiz distinto: “(Del lat. excusāre). tr. Exponer y alegar causas o razones para sacar libre a alguien de la culpa que se le imputa. U. t. c. prnl.”. Para que sean causas o razones, estas deben ser auténticas. Si no, dejan de serlo. Así, la excusa se constituye en motivo válido; el pretexto, en cambio, esconde el remedo, la apariencia; es decir, la mentira, el engaño.

“Tú sabes que el tráfico en Bogotá es terrible. Por eso, llegué tarde; ¡qué pena (vergüenza) haberte hecho esperar!”. Esa clase de alegato se vale en una persona que lleva poco tiempo en esta ciudad y desconoce la magnitud de los embotellamientos; pero alguien que ha nacido, se ha criado y ha vivido la mayor parte de sus años en la capital colombiana, de manera clara, está acudiendo a una estratagema para ocultar su negligencia si esos actos son muy repetidos. Más confianza genera quien confiesa que las mullidas almohadas y las tibias cobijas se confabularon para secuestrar su voluntad.

Examinemos otro ejemplo. Si se dice que “ese primer ministro acudió a un falso pretexto para respaldar la invasión al país vecino”, esa idea se interpreta de dos maneras (ambigüedad): 1. Hay una redundancia: “falso pretexto” o 2. Si el pretexto es falso, entonces el motivo del ministro parece justificable. Algo así como una “falsa mentira”, que puede entenderse como una “verdad”.

Por otra parte, afirmar que «el funcionario trajo una “excusa” luego de su viaje por el Mediterráneo» indica, así con “excusa” entre comillas, que el motivo de este es solo una invención.

Si somos expertos en percibir esos destellos, el lenguaje seguirá reflejando la intención de los pensamientos y las sensaciones de quienes acuden a este. Si estamos atentos, las gradaciones, en esa combinación gestual, escrita y verbal, revelarán la falta de correspondencia entre la realidad y la expresión. “Yo te llamo esta noche” (y nunca llama); “mañana te pago” (y no paga), “ya voy aquí en la calle 127” (y está en el centro de Bogotá); “yo te llego…” (y jamás llega). ¿La mentira, entonces, es parte de la cultura nacional? Preocupante.

Sucedió (ya para citar un caso final) cuando la señora encargada del aseo de un apartamento le dijo al dueño: “¡Miré, doctor, cómo se ve todo de limpio y ordenado!”. Le bastó al hombre abrir el cajón de una cómoda para comprobar que la mujer faltaba a la exactitud. Entonces, respondió: «Me interesa poco que “todo” se vea “limpio y ordenado”. Prefiero que todo “esté limpio y ordenado”».

Con vuestro permiso.

Jairo Valderrama
Profesor Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana

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