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Cuando un evento empieza a las dos, mucha gente llega a las tres, a las cuatro… ¡Y sin rubor alguno!

Diccionario

Y la ratificación de la extrema estupidez está a cargo de cada uno de esos mismos tontos. Cuando reciben la sanción respectiva, se enojan.

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123rf.com

07 de febrero 2018 , 11:47 p.m.

Dos colombianos llegaron a Washington para participar en un congreso académico que se llevaría a cabo en la más prestigiosa universidad de esa ciudad. Los organizadores habían informado a todos los participantes con suficiente antelación y precisión (en inglés y en un español impecable) acerca de las posibilidades de hospedarse en algunas habitaciones de las residencias estudiantiles. Eso sí: a pesar de que la clausura del evento se fijó para un sábado, se había aclarado también que para esa misma tarde ya nadie podría ocuparlas.

Luego de los aplausos y agradecimientos finales, casi todos los huéspedes fueron por sus equipajes y salieron del campus, unos al aeropuerto y otros a un hospedaje distinto, excepto esos dos compatriotas míos, quienes vociferaban porque “era el colmo que por una noche nada más” les impidieran continuar en la habitación de la cual habían disfrutado durante casi todos los días del congreso. Desconozco cuál fue el destino de esos coterráneos, pero sí recuerdo que, en ese 2010, estaban angustiados porque debían trasladarse y pagar, cada uno, cerca de 300 dólares por una noche de hotel.

El resto de los asistentes, aterrados, observaba sus reclamos incesantes. Sin embargo, la mentalidad y la mirada de la directora anglosajona del congreso permitían pronosticar que sería más fácil empujar unos kilómetros la Cordillera de los Andes. Yo, quizás, era el único que podía comprender cómo nuestra cultura nacional se soporta en contradicciones que solo asimilamos los colombianos (y no del todo).

Esta experiencia sirve para precisar cómo en Colombia las instrucciones, normas, leyes, acuerdos, pactos, reglamentos, entre otros recursos de convivencia, se interpretan con un margen de alteración que depende de cuánto convenga a la persona involucrada. Los incumplidos se aparecen por el lugar del encuentro y sacan a relucir una sonrisa mezclada de estupidez y desvergüenza. ¿Acaso no comprenden las palabras?

Cuando un agente de tránsito sanciona a un conductor por estacionar un vehículo en un lugar prohibido, los pretextos parecen salir de la boca de un niño sumergido en las falacias: “solo fueron cinco minuticos”, “es que espero a una señora que me va a indicar cuál es la persona que conoce por dónde se llega a una farmacia donde expiden una tarjeta en la cual aparece la dirección de un medicamento importado”, “…pero todos los carros se parquean aquí…”.

Quienes conducen un automotor, se da por sentado, es porque cuentan con la licencia respectiva, y esta ha sido expedida porque esas personas demostraron a cabalidad conocer todas las normas de tránsito. Sin embargo, cuántas de ellas hablan por teléfono mientras conducen (también en bicicletas o motos), transitan por carriles no permitidos y a horas prohibidas, padecen de daltonismo frente al semáforo, toman a la izquierda o a la derecha bloqueando a otros vehículos y armando un segundo o tercer carril (padecen alguna deficiencia mental, seguro), han consumido alcohol, etc.

Y la ratificación de la extrema estupidez está a cargo de cada uno de esos mismos tontos. Cuando reciben la sanción respectiva, se enojan

En ninguna norma de tránsito se dice que está prohibido parquear excepto por cinco “minuticos”; que se perdona la sanción si se espera a “una señora”; que pueden desdeñarse las señales de tránsito si otros vehículos parquean en las misma zona. En otros casos, si el inicio de una conferencia se fijó para las dos, entonces empiezan, en realidad a las tres, a las cuatro… Y la gran mayoría llega tarde, ¡y sin ruborizarse!

Esas palabras (escritas o pronunciadas) con las cuales acordamos infinidad de actividades humanas parecen entenderse en una lengua extraterrestre. Y aumentan las versiones risibles de los irrespetuosos mitómanos: “es que había un trancón”, “pero fue solo un poquito”, “yo casi no llego tarde nunca”, “a mí nunca me ha pasado nada”.

Y la ratificación de la extrema estupidez está a cargo de cada uno de esos mismos tontos. Cuando reciben la sanción respectiva, se enojan, se tornan agresivos y les parece una “injusticia”. Sacan a relucir una “dignidad” que se les disolvió hace mucho tiempo: su cerrazón infinita les impide avizorar hasta dónde hundieron sus extremidades inferiores.

Cuándo entenderá un conductor que habla por teléfono mientras conduce, por ejemplo, que esos intentos de homicidio, masacre o suicidio solo son propios de las criaturas que padecen microcefalia.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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