Cuidado: palabras con virus / En defensa del idioma

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Valdría la pena calcular qué información asumimos como 'nutritiva'.

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Cuando la saturación de datos parece reventar los espacios en los medios masivos, pocas personas alcanzan a distinguir entre información y opinión.

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Carlos Julio Martínez

18 de noviembre 2016 , 01:10 a.m.

“Este juego es cheverísimo”, dice a su padre un niño que goza de una atracción mecánica en un centro comercial; su hermanito, en cambio, se conforma con los helados de múltiples sabores sin prestarles atención a las ruidosas máquinas. Mientras tanto, en la sección de comidas, muchas personas disfrutan de una sopa de verduras; otras, nada o no tanto; algunas de ellas perciben este alimento como “delicioso” y hay quienes lo califican de “feo”.

Lejos de allí, abundan las ciudades que despiertan asombro y alegría entre los visitantes; también habrá lugares que causan espanto en otros más. Y cerca, en las salas de cine, una película lleva argumentos novedosos, para unos, y tramas repetidas, para distintos espectadores.

Acerca de la música, el efecto de esta genera tantas reacciones como temperamentos se encuentran; de igual manera, cuentan el estado de ánimo, el oído cultivado, las urgencias y hasta la sordera, parcial o total. Es decir, cada ser humano experimenta reacciones variadas y, a veces, diversas ante estímulos de toda clase.

Y sobre esas percepciones se cuentan tantas como sujetos hay (y habrá) en este mundo. Cada una, también, depende de las circunstancias; y, por supuesto, infinidad de opiniones coinciden en torno a infinidad de estímulos o experiencias.

Sin embargo, para todas las situaciones, una a una, corresponderá un solo modo de pensar o de sentir, aunque en general aparezcan pensamientos más o menos convergentes, y de incontables asuntos. Las opiniones son eso: apreciaciones y dictámenes particulares, porque el objeto examinado es una cosa, y otra es la idea que cada quien forma de este.

Ahora, cuando la saturación de datos parece reventar los espacios (y tiempos) en los medios masivos, pocas personas alcanzan a distinguir entre información y opinión, como esas sopas de ingredientes diminutos donde se dificulta saber qué es verdura, carne, cereal o hueso insípido… Y, con frecuencia, nos vemos obligados a ingerir todo en su solo paquete (¿será el hambre de conocimiento?). El mayor riesgo, no obstante, consiste en suponer que todo ese cúmulo informativo es alimenticio, debido a que procede dizque de una fuente confiable.

Por tanto, así como determinamos qué comida llevamos a la boca, también valdría la pena calcular qué información asumimos como 'nutritiva'. Por supuesto, esa selección debe evitar a toda costa la indigestión, la bulimia, la anorexia y otras patologías intelectuales, sobre todo ahora que el trastocado significado de 'viral' está tan en boga. ¡Qué contagio!

A pesar de que ya hemos comentado cómo el ultratrillado cliché 'importante' sigue haciendo de las suyas, todavía hay quienes acuden a este sin miramiento alguno para calificar solo una apreciación individual. Volvamos al mismo asunto: una opinión no es un hecho; una opinión es un parecer (porque parece, pero de la cual aún no se sabe si es).

Por eso, al decir que la lectura es 'importante', ello está lejos de traducirse de la misma forma para los demás, pues ellos bien pueden acudir a su derecho a la ignorancia, y asignar esta fundamental actividad intelectual como 'no importante'. Y ya. Todas las personas, es más que obvio, tienen el derecho a opinar, y ese derecho debe ser respetado, como todas ellas, aunque no en todos los casos las opiniones guarden una fuerza argumentativa.

El mundo que cada quien ha construido en su cabeza no necesariamente es el mundo de los otros. Albergo la certeza de que para cada uno de ustedes sean 'muy importantes' los miembros de su familia; no obstante, al ciudadano que nació, creció y va a morir en Filipinas (por ejemplo) no le importan nuestras familias. No se trata de que experimente aversión por nosotros, no. Simplemente, para él no existimos, y así no somos 'importantes'.

Por eso el 'importante' no aplica como adjetivo generalizado, sino particular; y cada vez que se acuda a ese término ya sabremos que es solo una impresión de quien lo usa, no una verdad incontrovertible. No es que algo o alguien no sean 'importantes', pero debe saberse que lo son solo para quien lo dice. De ahí la irritante y discriminatoria abreviatura VIP (very important person).

Claro: también hay palabras concertadas. Se sabe cuándo una mesa es 'redonda', distinto a decir que es 'bonita'. Para algunas personas el rinoceronte es 'tierno'; para otras, 'intimidante': son opiniones.

En otros contextos, cuando se afirma que en “los últimos años el hombre ha progresado…”, parece que se descubriera el agua tibia. ¿Cuáles son los últimos años? Esa falta de claridad solo es una percepción de quien así habla, porque imaginará que son 10, 100, 1.000 o un millón de años. En la historia (o prehistoria) se calculan 1,750.000 años desde que apareció el australopiteco.

Le precisión siempre será un adecuado recurso para evitar equívocos. Si alguien va a un lugar muy cerca de casa, ¿qué es 'cerca'?, ¿a dos metros o a dos mil kilómetros? ¿Quién es alto? ¿Quién es viejo? ¿Desde la perspectiva de quién? ¿Desde qué referente? ¿Por qué un niño de cinco años llama 'viejo' a un adolescente?
Por fortuna, hay virus que son, al mismo, tiempo vacunas.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
PROFESOR FACULTAD DE COMUNICACIÓN
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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