La mentira es intencional / En defensa del idioma
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La mentira es intencional / En defensa del idioma

La maldad está centrada en lo que sabe el emisor que entendieron erróneamente los receptores.

En defensa del idioma

Para algunos casos, omitir a propósito un dato pertinente en una situación determinada es una manera de engañar.

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123rf

04 de agosto 2017 , 06:23 a.m.

Ninguna palabra cuando es usada guarda un significado único, y los contextos siempre agregan a estas un sentido nuevo, a veces muy distinto al que contiene un diccionario. Si a alguien se le ocurre decir, por ejemplo: “Tomé un vaso de agua”, la mayor probabilidad consiste en entender que ese alguien bebió el líquido (el agua) que estaba dentro del vaso que menciona, a pesar de que el verbo “tomar” también signifique “recibir”, “ocupar”, “considerar”, “utilizar”, “adoptar”, “emplear”, “poner por obra”, “contraer”, “adquirir”, “agarrar”, “contratar”, “ajustar”, entre muchas otras acepciones.

En Colombia, el más usado significado de “tomar” en estos tiempos (nuestro contexto) apunta a entenderlo como “beber”. Y esa, en primera instancia, es la interpretación para casi todo receptor en este país. Muy pocas personas se inclinan por pensar en que ese alguien “agarró” el vaso y nada más. Eso pasa con una señora sumisa que dice: “mi marido está en la tienda tomando otra vez”, que grafica la escena nacional del milenario alcoholismo popular, y casi a nadie se le ocurre imaginar que el marido solo está consumiendo un juguito natural de fruta fresca. “Tomar”, en ese caso, es “beber alcohol”.

Por eso, una mentira sigue siendo tal aunque su emisor se escude en que algunos de los términos utilizados por él guardan también otro significado: “¡Papá, yo llego temprano a casa!”, podría decir un adolescente, que aparece en su hogar al día siguiente a las siete de la mañana, sin que pueda negarse que las siete de la mañana corresponden a una hora temprana. Valdría la pena, entonces, conocer la opinión de ese papá.

Para otros casos, omitir a propósito un dato pertinente en una situación determinada es una manera de engañar. “Hoy tenemos rebajas del 80% en todos nuestros productos”, anuncian en cualquier centro comercial; pero no conozco el caso en que los comerciantes propaguen también el precio de partida de esos productos para que el potencial consumidor pague solo la quinta parte. También, con la violentada palabra “gratis” (de significado integral) usan inclusive una redundancia al anteponer un adverbio: “totalmente gratis”, quizás para reforzar el fraude. A pesar de ello, los mercaderes casi siempre exigen algún tipo de pago. Eso es mentir.

Se engaña también cuando al enviar un mensaje se sabe que el receptor o los receptores han entendido una idea distinta a la que corresponde con la realidad. Y alguien con suficiente criterio sabrá establecer la diferencia; por tanto, será un mentiroso, alguien que pretende engañar, quien haga creer a otro (s) una idea distinta.

“Mamá, me voy este fin de semana a la finca de Dani, con Caro y Tati”. Mamá, entonces, pensará que no hay problema en que cuatro queridas amigas compartan unos días en un ambiente relajado. Sin embargo, si mamá se enterara (como ya está enterada su hija) de que las llamadas “Dani”, “Caro” y “Tati” son crónicas e irrecuperables adictas a la cocaína y a la morfina, quizás la apreciación de esta progenitora cambiaría con respecto a ese paseo, que se llevaría a cabo en medio de la naturaleza y con un posible vuelo artificial a Júpiter.

Para redondear y no extendernos aquí con casos solo hipotéticos (en Colombia jamás pasa eso), el dolo, ese fraude y esa maldad están centrados en lo que sabe el emisor que entendieron erróneamente los receptores, y no tanto en qué dijo de manera literal (o con anfibologías) el mismo emisor.

Claro, a veces se engaña o se ofende sin querer. Eso no es censurable, y para eso existen las palabras “excusa”, “disculpa” y hasta “perdón”. Sin embargo, al reiterarse el engaño o la ofensa, es evidente la intención por dañar a otro.

Así, cuando una persona califica a otra de “violador de niños”, aunque la palabra “violar” tenga acepciones, entre otras, como “profanar un lugar sagrado”, “quebrantar una ley” o “deslucir algo”, la gran mayoría de receptores en este contexto se inclinará por asociar este verbo con cometer “acceso carnal violento”. Y alguien con media neurona en su cabeza lo sabría.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
​UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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