Colombia no era el Nuevo Reino de Granada, así lo creyeran algunos

Colombia no era el Nuevo Reino de Granada, así lo creyeran algunos

Nuestro territorio estaba compuesto también por diferentes rutas de conquista y poblamiento.

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El origen de la confusión radica en haber creído desde el siglo XIX que el virreinato era un "Estado".

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Archivo particular

08 de agosto 2016 , 10:40 p.m.

Durante el periodo colonial, Cali o Popayán no fueron nunca parte de la Nueva Granada; tampoco lo fueron Buga, Nóvita o Pasto, sin mencionar a las ciudades de la costa Atlántica, Antioquia o Panamá. En virtud de una confusión histórica que ha permanecido en silencio, la actual Colombia ha sido identificada con la “Nueva Granada” desde comienzos del siglo XIX, y a sus antiguos habitantes como “neogranadinos”.

Las constituciones de Colombia (1821 y 1830), de la Nueva Granada (1832, 1843 y 1853), de la Confederación Granadina (1858), de los Estados Unidos de Colombia (1863) y finalmente de Colombia (1886) definieron el país como “el territorio que comprendía el antiguo Virreinato de la Nueva Granada” y cuyos límites son “los mismos que en 1810”.

Estas cartas políticas, irreconciliables en ideas como el centralismo y el federalismo, compartieron la certeza de que la república había heredado al antiguo virreinato y a su vieja capital.

Pero han sido las historias de Colombia las más eficaces en reproducir y fijar el paradigma neogranadino sobre nuestra identidad. Desde la Historia de la Revolución de la República de Colombia de José Manuel Restrepo (1858), no solo se asoció todo el país con el virreinato, sino que se dijo que este había sido siempre un estado unitario y piramidal, en cuyo ápice se encontraba Santafé, la metrópoli de la que emanaban las órdenes sobre “sus gobernaciones” y “sus provincias”.

A finales del pasado siglo vinieron las Nuevas Historias –como las de Tirado Mejía o Kalmanowitz– a decir lo mismo, sin decirlo; esta vez con estudios de caso muy serios y a partir del análisis socioeconómico. Por ejemplo, el régimen de la encomienda se estudió en la provincia de Tunja, las sociedades precolombinas con los muiscas y la evangelización de los indios en pueblos como Nemocón. Desde entonces, lo que se estudie en las antiguas provincias de la Nueva Granada, como Santafé o Vélez, tendrá un carácter histórico “nacional”; pero si se estudia en Buga o Santa Marta, la historia será apenas “local” o “regional”.

Sin embargo, el Nuevo Reino de Granada (como realmente se llamaba) no era más que una gobernación formada por un conjunto de provincias como Santafé o Mariquita, tan provinciales como lo eran Cali o Cartago para la gobernación de Popayán, o Mompox para la de Cartagena. El Nuevo Reino no abarcaba el actual territorio colombiano, sino el que iba desde Pamplona en el nororiente (actual Norte de Santander), hasta San Juan de los Llanos en el sur (actual Meta); tampoco tenía salida al mar Caribe, ni traspasaba los Llanos o la cordillera Central. Si se miraba desde el suroccidente, la Nueva Granada comenzaba en Ibagué.

Es cierto que en el Nuevo Reino se encontraba la mayor población de la época y una importante economía que hicieron de su capital la sede de un arzobispado (1564), de una real audiencia (1549) y de un virreinato (1739); pero sede a fin de cuentas. El poder sobre lo que hoy es Colombia, y aún más, no lo tenía Santafé como ciudad, ni el Nuevo Reino como gobernación; el poder que trascendía sus fronteras lo ejercían el arzobispo, los oidores y el virrey, personas investidas para actuar en virtud y en nombre del rey y de la jurisdicción de Castilla León.

Entre Cali y Santafé no existía pues ninguna relación de dependencia o subordinación, porque ninguna ciudad dominaba a la otra. Lo que las vinculaba entre sí eran los compromisos que tenía toda ciudad con el reino castellanoleonés: obedecer al rey, a la ley y a la Iglesia. Para organizar esos compromisos se establecieron varios niveles de “gobierno”: el cabildo, para gobernar a la ciudad-provincia; la Gobernación, para organizar el gobierno de varias ciudades; y las audiencias, máximos tribunales de justicia y últimas instancias de apelación, que cobijaban a varias gobernaciones.

La Audiencia de Santafé era muy importante, sin duda, pero solo desde Cartago y hasta la costa Atlántica y al oriente hasta Venezuela (sin incluir a Panamá, en donde gobernaba la de los Confines). Desde Buga y hasta el actual Ecuador, pasando por Cali y Popayán, regía la de Quito (1563), con la que se tenían nexos más estrechos que con la de Santafé. Si las gobernaciones dividían al país en cinco o más jurisdicciones (dependiendo de la época), las audiencias lo dividían en dos, de sur a norte.

Cuando se estableció el virreinato en 1739, el virrey tuvo una jurisdicción más extensa que las audiencias y gobernaciones. Según dice la Real Cédula, este virreinato incluía a “la provincia de Santafé, Nuevo Reino de Granada, las de (las gobernaciones de) Cartagena, Santamarta, Maracaibo, esa de Caracas, Antioquia, Guayana, Popayán y la de San Francisco de Quito”. Sin embargo, el virrey de Santafé era poco lo que gobernaba sobre Buga o Guayaquil, que tenían sus propias gobernaciones, audiencia y obispado.

Virreinato y Estado

El origen de la confusión neogranadina radica pues en haber creído desde el siglo XIX que el virreinato era un “Estado”: un Estado unitario, gobernado por españoles y dividido en gobernaciones y en provincias, y que ejercía sus poderes en forma descendente del virrey al gobernador, y del gobernador a los cabildos de las ciudades; un Estado que se fortalecía en su evolución histórica: primero como presidencia, luego como capitanía general, después como virreinato –todos “de la Nueva Granada”, por supuesto– y finalmente como República (de la Nueva Granada o de Colombia); un Estado que después se pensó como sociedad, como economía y, sobre todo, como soberanía neogranadina y santafereña.

Y todo esto porque el “Estado” es una noción poderosa aunque bastante confusa y resbaladiza, que no sabemos muy bien qué es, pero que siempre está ahí entrometiéndose en todo lo que pensamos. Pero aún si dijéramos que el “estado” es una disposición gubernativa que administra a unas personas y a unas cosas dentro de una jurisdicción territorial, pues el tal virreinato tampoco lo era, porque este no era más que la investidura de una persona, el mandato de un funcionario encargado de cumplir las órdenes del rey. Tampoco la gobernación era un Estado, sino la investidura de otra persona que había sido nombrada por el rey para hacer lo mismo. Entonces, ¿dónde quedaba el “Estado colonial”?

Lo más cercano que podemos encontrar a un “Estado”, así como lo entendemos hoy, estaba en las ciudades provinciales: Cartagena, Pamplona, Santafé de Antioquia, Tunja, etc., eran los Estados: en las ciudades se concentraban los poderes efectivos, se aplicaban las fuerzas del gobierno, se invocaban las fidelidades y se azuzaban los temores; la provincia, por medio del cabildo de su ciudad capital, ordenaba la producción y el abasto de sus bienes agrícolas, definía los precios y establecía las prácticas del mercado; el cabildo hacía las rondas para restablecer el orden, recogía a los borrachos y a los pobres, evitaba el escándalo y prevenía la peste; la ciudad observaba las conductas, enunciaba los discursos y daba forma al mundo mental de la época; el cabildo diseñaba, construía y pagaba los caminos; reclutaba a las milicias, las reformaba y las uniformaba; todo, aplicando órdenes que venían desde España.

La ciudad era pues un mundo cerrado sobre sí mismo, en la que recaían órdenes, discursos y tradiciones, que venían desde muy lejos y que cubrían todo su espacio jurisdiccional; por eso todo lo que hacía y decía lo enunciaba en nombre del rey.

El ejercicio del poder en la ciudad se hacía pues en nombre de la monarquía y de la Iglesia, jamás en nombre de la Nueva Granada ni de Santafé o de Quito, pesé a que las órdenes vinieran por mano del virrey, del arzobispo, del presidente, del gobernador o de algún juez que pasara de visita; era pues la ciudad la que cumplía a su manera, invocando sus privilegios y sus fueros; de ahí que, en muchas ocasiones, Madrid, Sevilla o Roma estuvieran más cercanas a estas provincias, que la propia Santafé.

Hay que replantear el asunto de la Nueva Granada para comprender un poco mejor el periodo colonial, así como el proceso de independencia que se inició en 1810: entender que fueron las ciudades las que se independizaron y no todo el país en virtud de una capital que no existió nunca; que una vez independizadas de sus gobernadores (del gobierno de Cartagena, en el caso de Mompox; del gobierno de Popayán en el de Cali; del virrey en el de Santafé), las ciudades se organizaron formalmente como Estados, con división de poderes y constituciones propias.

Que fueron algunas de estas ciudades las que se unieron en confederaciones o Estados unitarios, como las Provincias Unidas del Nuevo Reino de Granada (más claro imposible), el Estado de Cundinamarca (con el que Antonio Nariño intentó centralizar el Nuevo Reino), o las Ciudades Confederadas del valle del Cauca (9 provincias desde Anserma hasta Iscuandé, pasando por Cartago, Buga, Cali y Caloto); que estas confederaciones crearon alianzas, como cuando la Confederación del valle del Cauca invitó al Congreso de las Provincias Unidas a unir fuerzas en la guerra del sur. Así mismo, hay que comprender mejor eso de la “patria boba”, cuando varias ciudades se fueron a la guerra, como Mompox contra Cartagena, Cali contra Popayán, o Santafé contra Tunja, entre otras agresiones y conflictos.

Colombia no era el Nuevo Reino de Granada, así lo creyeran algunos virreyes, Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, todas las constituciones del siglo pasado y no se sabe cuántos libros hasta hoy. Nuestro territorio estaba compuesto no solo por varias jurisdicciones, sino también por diferentes rutas de conquista y poblamiento, por diferentes dependencias geopolíticas (Santo Domingo, Quito, Lima), culturas y prácticas socioeconómicas. Por eso en los mapas de la época es muy evidente que las ciudades y los obispados se destacaban por encima de las demás jurisdicciones, y que esto por aquí se llamó siempre Terra Firme (Panamá), Novun Regnum Granatensis et Popayan.

MAURICIO RESTREPO PEÑA
Especial para EL TIEMPO

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