Creo lo que haces, no lo que dices / De tu lado con Alex

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A las personas hay que juzgarlas por sus actos más que por sus palabras y sus buenas intenciones.

Relaciones de pareja

"preferimos dudar de nuestro criterio por miedo a ser asertivos y esbozar nuestra inconformidad o por el pánico de alejarnos a quedarnos solos", Alexandra Pumarejo. 

Foto:

123RF

15 de mayo 2018 , 11:07 p.m.

Primera escena: una mujer sale con un hombre en una primera cita. La recoge una hora y media tarde, sin dar ninguna excusa clara. En la cena, él se la pasa mirando y chateando en el celular más que hablando con con ella. No es muy cortés ni con el mesero ni con ella. Se pasa de tragos, pero ella le habla y habla. Al final de la noche, la lleva a la casa, no la acompaña a la puerta sino se despide de lejos diciéndole “chao, ojalá estés bien”.

Segunda escena: ella llama a su amiga y le dice “Salí con un hombre maravilloso. Llegó un poquito tarde, no habló mucho porque seguramente tenía problemas con el trabajo. Se tomó muchos tragos, probablemente porque estaba nervioso, y le llamó la atención bien duro al inepto del mesero, pero lo importante es que creo que le gusté y me muero de la emoción de que me vuelva a invitar”.

¿Ahhhhhh? Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Maya Angelou tiene una frase majestuosa: “Si alguien te demuestra quién es, créele la primera vez”. Y esto no solo pasa en las relaciones amorosas, también en los negocios y las amistades. Nos empeñamos en pretender que la gente es como nosotros creemos que debe ser en vez de quiénes son realmente. Y lo peor es que después nos sorprendemos cada vez que nos decepcionan por ser auténticos.

Resulta que el problema no radica en los terceros, sino en nosotros mismos. Creemos que poseemos el superpoder de que los otros se amolden a nosotros, ya sea a punta de cantaleta o, incluso, de amor.

De alguna manera preferimos dudar de nuestro criterio por miedo a ser asertivos y esbozar nuestra inconformidad o por el pánico de alejarnos a quedarnos solos. Otros tenemos el ego tan inflado que pensamos que somos ‘especiales’ y podemos lograr una metamorfosis magistral en cualquiera que cruce nuestro camino.

Demasiadas mujeres se hubieran ahorrado una vida entera de maltrato si desde el primer grito o el primer empujón hubieran entendido que la única solución del problema de la agresividad es salir corriendo y no esperanzarse en poder cambiar a su agresor.

A las personas hay que mirarlas como si fueran Charlie Chaplin en una película muda, hay que juzgarlas por sus actos más que por sus palabras y sus buenas intenciones, y cuando revelan su verdad hay que creerles.

ALEXANDRA PUMAREJO@detuladoconalex

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