Sensatez y ambientalismo / Opinión

Sensatez y ambientalismo / Opinión

Activistas verdes que se hacen ver como víctimas pasan a ser victimarios del desarrollo económico.

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09 de septiembre 2016 , 11:42 p.m.

Solo por pensar diferente en temas ambientales y en su administración, algunos autoproclamados ambientalistas se envisten de autoridad moral para señalar, destruir con el escarnio público o alentar violencia, voluntaria o involuntariamente, sobre las “ovejas descarriadas”. Su profético referente tiene origen en la Alemania de 1960, el Vorsorgeprinzip o ‘Principio de precaución’.

Activistas verdes que se hacen ver como víctimas de emporios económicos o de malos Gobiernos abusan del concepto y trascienden a victimarios sobre el desarrollo económico de regiones y apuestas de competitividad o innovación. Como lo expresaba recientemente en un artículo el SICR (Social Issues Research Centre), este principio suena bastante inofensivo, pues todos tenemos derecho a ser protegidos contra las aplicaciones de los avances científicos sin escrúpulos, especialmente si amenazan el medioambiente y nuestras vidas. Pero su uso va más allá de tratar de protegernos de riesgos conocidos o sospechados. Su evocación reprime acciones con riesgos no demostrables o aún tan pequeñas que no se ven compensados por los posibles beneficios que se derivarían. En la más reciente aplicación de la doctrina se propone que la innovación debe impedirse incluso cuando solo hay percepción de riesgo en algunas personas.

Recuerdo el debate del Bloque Serranía, donde se argumentó que su explotación podría generar impactos irreparables a Caño Cristales, situado a 70 km del área donde se planificó el proyecto petrolero. Haciendo uso del ‘Principio de precaución’, se disuadió cualquier discusión sensata sobre el tema. No se tuvo en cuenta que ambos sitios se encuentran en dos cuencas hidrográficas diferentes y la convergencia de flujos es casi imposible bajo condiciones naturales superficiales; tan insensato juicio como decir que el Campo Guaduas, localizado a la misma distancia y productor desde hace 20 años, puede contaminar el agua de Chingaza, que surte al 70 % de la población de Bogotá.

Hasta la fecha, ninguna evidencia de flujo del petróleo de Guaduas se ha encontrado en Chingaza.

Adaptando los argumentos del SICR, tendremos que recordar los debates sobre cultivos genéticamente modificados, la capacidad de teléfonos celulares para freír cerebros de personas que los utilizan, o el uso del “fracking malo” vs. el “fracking bueno”, según algunos oportunistas políticos. Esta forma de pensamiento es un serio obstáculo para la discusión racional. Si la ausencia de un efecto nunca puede ser probada, no se puede demostrar el riesgo de un agente.

La ciencia funciona asumiendo que las hipótesis no pueden ser probadas, solo refutadas. El peso de la evidencia y la prueba se aíslan de quienes hacen afirmaciones injustificadas, y se coloca en manos de la comunidad científica que, al proceder de manera lógica y racional, es a menudo incapaz de responder ante tan falaz interpretación del ‘Principio de precaución’. Esto es lo que hace que el principio sea tan peligroso. Se genera un fanatismo casi religioso que la historia debería habernos enseñado a temer. Su irracionalidad proyecta una sociedad con futuro limitado, sin opciones. Se abandona cualquier forma de progreso “solo para estar en el lado seguro”. La naturaleza y la estructura de las sociedades son lo que son porque los individuos en cooperación con otros han asumido opciones de riesgo calculado. El viaje tripulado a la Luna y el entendimiento del Sistema Solar, el desarrollo de las comunicaciones o la presencia de tratamientos a ciertas enfermedades no se hubieren podido alcanzar de haberse aplicado dicho principio.

Nuestra comunidad científica debe aferrarse a la sensatez sobre tan complicado tema. Ojalá la verdadera academia aborde la aplicabilidad de este principio y ofrezca luces de adecuada interpretación en las altas cortes y un sinnúmero de jueces de la República que deben pronunciarse sobre importantes proyectos de desarrollo para la Nación.

CARLOS ALBERTO VARGAS J.
Especial para EL TIEMPO
Associate Professor Department of Geosciences. Universidad Nacional de Colombia at Bogota

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