Atacama, el paraíso chileno que esconde una farmacia microscópica

Atacama, el paraíso chileno que esconde una farmacia microscópica

Ya han sintetizado antibióticos, uno de ellos inhibe la formación de algunos tumores cancerígenos

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Los rincones más apartados del desierto de Atacama han sido comparados con el planeta Marte, por sus ambientes muy extremos.

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Archivo Particular

12 de enero 2017 , 01:09 a.m.

Los rincones más apartados del desierto de Atacama, en Chile, han sido comparados con el planeta Marte, por su extrema sequedad y aparente ausencia de cualquier forma de vida. Pero si se los mira con detalle, bullen de vida microscópica.

Esa singular diversidad ha atraído la atención del microbiólogo de la Universidad de Kent, Alan Bull, quien por mucho tiempo ha estado interesado en buscar y aislar bacterias que viven en ambientes muy extremos.

(Conozca: San Pedro de Atacama, un desierto lleno de vida)

“Estos ambientes pueden albergar nuevas especies de microorganismos con una química especial, y parte de ella puede ser aprovechada para la búsqueda de nuevos fármacos”, explica.

Bull, quien estuvo nuevamente en Chile el año pasado, inició esta cacería hace dos décadas, en las profundidades de la fosa oceánica de las Marianas, en colaboración con Japón. “Encontramos muchos microorganismos, incluso en los abismos más profundos”, cuenta el investigador.

Su interés por Chile comenzó en el 2004, durante una visita a su colega, el biotecnólogo de la Universidad de Chile, Juan Asenjo, con quien había estudiado en Londres. “Decidimos rastrear la presencia de organismos del desierto de Atacama que pudieran ser interesantes y encontramos algunos que efectivamente han mostrado propiedades favorables”.

(Además: Desierto de Atacama, la nueva joya chilena)

La colaboración, a la que se han sumado otros investigadores británicos y nacionales, es hoy uno de los ejes del Centro de Biotecnología y Bioingeniería (Cebib) que lidera Asenjo.

Uno de los hallazgos más prometedores es el actinomiceto (tipo de bacteria) Streptomyces leeuwenhoek, que fue aislado en el entorno de la laguna Chaxa, en San Pedro de Atacama, y que al analizarlo a nivel molecular presentó un alto potencial antimicrobiano.

A partir de él ya se han sintetizado dos antibióticos. El principal es la chaxamicina, capaz de inhibir el desarrollo de bacterias como el Staphylococcus aureus –responsable de varias infecciones cutáneas y mucosas– y que hoy presenta resistencia a muchos antibióticos convencionales. Además, inhibe la formación de algunos tumores cancerígenos.

El otro antibiótico sintetizado, la chaxalactina, también mostró capacidad de inhibir bacterias resistentes.

“Probablemente hay cientos de miles de bacterias con diferentes propiedades a la espera de ser analizadas”, destaca Bull.

Buscarlas implica un proceso minucioso, explica Michael Goodfellow, investigador de la Universidad de Newcastle y quien está especializado en aislar los microorganismos y probar que se trata de especies nuevas para la ciencia.

“Tomamos primero ejemplos del suelo, los disolvemos y luego tomamos elementos de allí y los hacemos crecer en cultivos en el laboratorio”, dijo.

Su interés se ha centrado en el grupo de las actinobacterias o actinomicetos, que son fuente de muchos antibióticos de uso médico en la actualidad. “Al emplear técnicas moleculares, lo que hemos visto es que todas estas bacterias de Atacama han resultado ser especies nuevas y con una química especialmente adaptada para estos ambientes”.

Valeria Razmilic, estudiante de doctorado en el Cebib, trabaja en optimizar la producción de los nuevos antibióticos. “Una bacteria tiene un metabolismo que le permite hacer muchas cosas. Mi trabajo es buscar qué vías metabólicas cortar y cuáles potenciar, para que la bacteria produzca el antibiótico en mayor cantidad y no gaste energía en producir compuestos que no resultan de interés”.

El cambio se hace mediante ingeniería genética, eliminando genes, explica el investigador posdoctoral del Cebib, Jean Franco Castro, quien se estuvo entrenando más de un año en Inglaterra para aprender a modificar genéticamente los actinomicetos.

La chaxamicina y chaxalactina ya se han probado con éxito en el laboratorio, pero el camino a las farmacias será largo. Primero deberán mejorar el compuesto para hacer estudios con células, luego con animales y pruebas con humanos.

RICHARD GARCÍA
‘El Mercurio’

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