Fauna de la Antártida, un ecosistema frágil y aislado

Fauna de la Antártida, un ecosistema frágil y aislado

Allí no existen insectos voladores de ningún tipo. Tampoco hay árboles, plantas y flores.

Fauna de la Antártida

Toda la Antártida es un ecosistema muy frágil y delicado, fácilmente alterable.

Foto:

Carlos San José Piñeiro / Efe Reportajes

15 de abril 2017 , 12:05 a.m.

Descontada la absoluta falta de árboles, plantas y flores, el paisaje de la Antártida desconoce el verde, los rojos y amarillos de la primavera y los ocres y dorados del otoño. Allí el viajero tampoco verá animales domésticos o de granja: perros, gatos, vacas, cerdos, ni siquiera un pollo.

En los tiempos heroicos, las expediciones llevaban perros o ponis para el tiro de trineos, gatos de compañía y ovejas o conejos para la despensa: son famosas las fotos de Hurley con los cachorros nacidos a bordo del rompehielos Endurance del explorador angloirlandés Ernest Shackleton.

El Tratado Antártico prohibió introducir cualquier especie, y los últimos perros fueron evacuados en marzo de 1994.

Más lejos aún quedan los tiempos de tal abundancia que, en 1820, en apenas tres meses, los cazadores mataron 250.000 focas; o 46.000 ballenas en la campaña de 1937, con un centenar de barcos faenando en la zona, datos que hoy causan estupor.

Desde la Ventana del Chileno, en la cala Balleneros de la isla Decepción, los vigilantes observaban las ballenas en grandes manadas: hoy ver una sola ‘minke’ o una jorobada, de vez en cuando, es motivo de alegría; y si se reúnen media docena de yubartas en la bahía de Cuverville, una fiesta.

La Antártida es, o debiera ser, un santuario de flora y fauna autóctona, especies que tienen en esta latitud su ciclo natural, incluidas las migraciones naturales, aunque la presencia humana sigue siendo la principal amenaza.

Ballenas en la Antártida

La ballena jorobada pulula en los mares antárticos.

Foto:

Carlos San José Piñeiro / Efe Reportajes

Ya no se cazan focas –las ballenas siguen en el punto de mira de los arponeros japoneses– ni se comen pingüinos, que eran parte de la dieta de los expedicionarios. En Port Locroy venden a los turistas un libro de recetas a base de carne de pingüino, elaboradas por los soldados ingleses en los años 50.

La prohibición del Tratado Antártico se cumple en la fauna visible: ni perros ni caballos; pero hay un mundo animal invisible al ojo, microscópico, que pasa desapercibido.

Los investigadores del Instituto Antártico Chileno (Inach) han detectado más de doscientas especies ajenas, potenciales invasores, en la región sub-antártica, antesala del Continente Blanco y puerta de entrada de todas las calamidades.

‘Aliens’ que han llegado en el casco de un barco, en las botas de un visitante, en el velcro de una prenda.
Casi siempre de origen antrópico, traído por alguno de los 5.000 investigadores o de los 50.000 turistas que vienen cada año; el impacto del mundo exterior sigue creciendo por mucho que se extremen los protocolos de limpieza.

Toda la Antártida es un ecosistema muy frágil y delicado, fácilmente alterable; no olvidemos que las focas estuvieron al borde del exterminio en solo tres años de caza voraz.

La fauna endémica está aislada por la corriente circumpolar, que forma la Convergencia Antártica, principal causa del enfriamiento de esta zona, que hace millones de años tuvo clima templado, con árboles y fauna de otras latitudes, y cuya huella se puede constatar en miles de fósiles hallados.

El aislamiento del continente, desde la rotura del actual paso Drake, creando un cinturón submarino con profundidades superiores a 5.000 metros, obligó a las especies autóctonas a adaptarse a una vida en condiciones extremas, mediante la generación de proteínas anticongelantes.

Las ballenas, focas, pingüinos y aves marinas actuales son el resultado admirable de una larga evolución que ha creado capas de grasa o plumaje que les permiten resistir y reproducirse, aun en las temperaturas más bajas.

Esta misma evolución se ha dado en los seres microscópicos, no tan llamativos como la majestuosa ballena azul ni tan feroces como la carnívora foca leopardo, de terribles ojos saltones como dos rojas bolas de billar, ni tan presumidos como el pingüino emperador.

Fauna al microscopio

Si podemos admirar en todo el planeta la vida de las abejas o la migración de las mariposas, más admirable aún resulta la vida de los colémbolos y los tardígrados, dos especies antárticas que estudian en este verano austral científicos como los ecobiólogos españoles Miguel Ángel Olalla y Javier Benayas y la bióloga colombiana Rosa Acevedo.

“Los colémbolos –explica Benayas– son un tipo de artrópodos, cabeza y cuerpo articulado, considerado el grupo más numeroso sobre la Tierra (hasta 60.000 individuos pueden estar en un metro cuadrado)”.

Estas ‘pulgas saltarinas’, solo visibles al microscopio, viven en zonas húmedas: musgos y algas, y pasear en isla Decepción por la orilla de la playa, con marea baja, es “caminar sobre alfombras de colémbolos”, dice el profesor Benayas.

Hay quince especies identificadas en la Antártida de las que ¡seis son invasoras!, ‘aliens’ que han llegado, se hacen fuertes en el territorio antártico, lo colonizan y eliminan a las demás.

“Las invasoras producen una pérdida de biodiversidad; son un peligro para la Antártida”, indica Benayas.

Ballenas en la Antártida

La científica Elanor Bell coloca una diminuta cámara en el lomo de una ballena para estudiar sus hábitos de vida.

Foto:

Dave Brosha / EFE

Así funciona la fragilidad del ecosistema antártico, en difícil equilibrio: estudiar los colémbolos invasores sirve de test acerca de otras invasiones potenciales, acaso propiciadas por el cambio climático.

Otra especie antártica deslumbrante son los tardígrados: “De movimientos lentos, semejantes a diminutas tortuguitas, pero no son tortugas”, a juicio de Rosa Acevedo, autoridad internacional en la materia y quien añade que son “los animales más resistentes que se conocen”.

Los tardígrados son “animálculos” (se decía en el siglo XVII) que llevan en torno a 2.000 años sobre la Tierra: ovíparos (se reproducen por huevos), mudan el caparazón y viven en zonas húmedas, como los colémbolos.

“Son cosmopolitas, hay más de mil especies identificadas en todo el planeta; de ellas, 50 en la Antártida –dice Rosa Acevedo– y son el grupo biológico más prometedor para la biomedicina y la bioprospección”.

Es así porque los tardígrados resisten lo inimaginable: temperaturas de -273 ºC hasta 150 ºC, exposición a los rayos gamma y ultravioleta, y resistencia a la deshidratación (anhidrobiosis) de hasta el 97 por ciento de su agua corporal.

No hay ninguna otra especie animal conocida capaz de vivir con el 3 por ciento de agua o de resistir la anoxiobiosis (ausencia de oxígeno y vacío). En un experimento de la Nasa (Horikawa), los tardígrados sobrevivieron diez días en el vacío del espacio exterior. Y podrían vivir en Marte.

Ante semejante prodigio de la evolución, esta extrema capacidad de adaptación y resistencia, se comprende el interés del estudio de los tardígrados, potencial fuente de conocimiento para el desarrollo de proteínas o metabolitos aplicables en biomedicina (conservación de órganos, reparación del ADN, disminución de efectos en pacientes radiados) o en cosmética (cremas antienvejecimiento: “bótox de tardígrado”, bromea Acevedo).

Petrel sobrevolando la Antártida

Un petrel sobrevolando la Antártida.

Foto:

Carlos San José Piñeiro / Efe Reportajes

Además de los mamíferos (ballena azul, jorobada, orcas, delfines, focas, elefantes marinos) y de las aves (todos los tipos de pingüinos, barbijo, adelia, papúa, emperador; y las voladoras, albatros, petreles, cormoranes), y además de los microscópicos colémbolos y tardígrados, hay otras especies importantes, también ocultas al gran público, que habitan en las aguas del círculo polar antártico.

“Solo en el océano Austral hay 8.300 especies descritas de peces, crustáceos, moluscos y equinodermos, y se estima que podrían llegar a 15.000”,
según Karin Gèrard, bióloga y submarinista del Inach. Mucha más biodiversidad de la que podríamos imaginar a primera vista.

Karin Gèrard trabaja con estas especies en busca de la proteína anticongelante, un compuesto químico que impide que se congele su sangre, característica evolutiva que les ha permitido sobrevivir en las temperaturas extremas del Polo Sur.

El conocimiento de la vida abisal también abre caminos a la biomedicina, al igual que el estudio del equipo de la Universidad de Barcelona, dirigido por Contxita Ávila, que ha montado su laboratorio en la base española en isla Decepción y ya ha desarrollado alguna patente en biomedicina.

“Hay muchas moléculas aún no descritas –dice la profesora Ávila–; cada vez que se levanta una piedra, aparece una especie nueva, con nuevas y desconocidas moléculas. Si nos cargamos la biodiversidad, perderemos un tesoro”.

El tesoro de la fauna antártica es inmenso, considerada toda en su conjunto, desde el tardígrado de 0,5 micras hasta la ballena azul, el más grande de los mamíferos; desde el colémbolo que alfombra las playas antárticas hasta el pingüino, ese vigilante de la contaminación antártica.

Bien está que celebremos el Día de la Ballena y el Día del Pingüino, pero la naturaleza –decía Humboldt, el primer ecologista, el primero en ver el cambio climático– es un todo inter-relacionado en el que cada parte depende de las demás; y ese todo indivisible, ese ecosistema, depende de cada una de las partes. Para entender la biodiversidad habrá que empezar, pues, a celebrar también el Día del Colémbolo y el Día del Tardígrado.

EFE REPORTAJES

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