La tecnología de la Armada para hacerle frente a la Antártida

La tecnología de la Armada para hacerle frente a la Antártida

¿Cómo una expedición científica colombiana puede tener éxito en el continente blanco?

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El helicóptero Bell 412, una lancha tipo Defender, un bote zodiac, y el ARC 20 de Julio de la Armada Nacional, son algunos recursos aportados a la expedición.

Foto:

Armada Nacional

27 de enero 2017 , 02:10 p.m.

Con este segundo viaje a las latitudes del sur, el ARC 20 de Julio de la Armada Nacional va camino de convertirse en un lobo de mar antártico. Las lecciones aprendidas durante sus dos expediciones al continente blanco ((ver recuadro) están siendo aplicadas en cada rincón de este buque, que aunque fue creado para efectuar operaciones de seguridad y soberanía en los mares tropicales, está demostrando su versatilidad no solo para cumplir tareas científicas, sino para hacerlo en aguas polares.

No mucha gente se adentra en los dominios del Departamento de Ingeniería, allá en las entrañas del ARC 20 de Julio donde hace ruido, huele a aceite y la maquinaria que lo hace posible todo a bordo es intimidante y compleja. Pero, de tanto seguir al suboficial segundo José Sierra en su ronda de guardia, voy entendiendo mejor las complejidades de este lugar fascinante.

Así como un corazón animal bombea sangre por sus arterias y venas, el corazón mecánico del buque hace circular agua y aceite a través de un sofisticado laberinto de válvulas y tuberías. Mientras el corazón biológico necesita transportar oxígeno y limpiar el gas carbónico de un organismo, el del ARC 20 de Julio tiene que llevar calor al combustible y a la vez refrescar los motores propulsores de una máquina que no ha dejado de latir durante las últimas 6.500 millas desde que salió de Cartagena el 16 de diciembre.

Cada hora, así como Sierra, los otros dos suboficiales de guardia deben chequear los niveles de temperatura y las presiones del agua, aceite y combustible, y verificar que no haya filtraciones ni grietas en las tuberías. Ahora que estamos en aguas antárticas, el problema de enfriar los motores propulsores y calentar el aceite es lo opuesto de lo que sucede en el trópico. Según el capitán de corbeta Germán Enciso, jefe de ingeniería, esa ha sido parte de la curva de aprendizaje antártico para su departamento. Otra es intentar suministrar agua caliente para 30 personas más de las que el buque lleva normalmente.

Si para Enciso hay estrés, para el segundo, capitán de fragata Fernando Díaz Flórez, hay días que son como tomar agua por una manguera contra incendios. El capitán Díaz es una especie de gran administrador, amo de llaves y encargado de la alcaldía, todo en uno. A él le toca supervisar la logística de los alimentos, dar los permisos para bajar a tierra, chequear la seguridad de las operaciones, tener santa paciencia con los invitados al crucero de investigaciones, garantizar que se cumplan los requisitos medioambientales, filtrar lo que debe y no debe llegarle al comandante del buque, el capitán de navío Jorge Ricardo Espinel, y supervisar los ejercicios de emergencia, como pérdida de gobierno de la nave y contraincendios, escalando hasta terminar en el entrenamiento de abandono.

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“Si todos estos aspectos son importantes normalmente, en Antártida todo cobra una seriedad aún mayor. La experiencia es magnífica, pero el estrés de la operación ha sido diferente de las salidas normales en aguas del trópico. No solo la temperatura, sino el hecho de que hacemos la ciencia dentro del marco de operaciones. También la distancia. Antártida está lejos de todo; entonces, además de una enfermera, la suboficial segundo Marly Hernández, traemos un cirujano, el capitán de navío Hildebrando Morales”.

Trinomio operacional

Todo este trabajo de preparación previa sale a relucir especialmente cuando el 20 de Julio se dan operaciones aéreas, marinas o submarinas, usando lo que en jerga naval se conoce como un trinomio operacional: el buque, un helicóptero Bell 412 con capacidad para volar dos horas y una lancha rápida Defender, que en lugar de perseguir a personas al margen de la ley, transportan equipos científicos, hacen sondajes batimétricos o realizan registros fotográficos.

No es nada sencillo echar a volar el helicóptero o meter buzos al agua gélida. Cada vez que el Bell 412 levanta el vuelo, o de hecho, cada vez que tanquea, hay que movilizar a casi 40 de los 65 tripulantes del buque. “Desde tener un bote zodiac en el agua listo para reaccionar en caso necesario, hasta la gente del puente de gobierno, comunicaciones, torre de control, emergencias, enfermera, el buque prácticamente se paraliza cuando hay una de estas maniobras”, dice Díaz. Si a esto se le agrega el elemento del hielo, una pisada en falso o un simple tropezón pueden generar un serio problema.

Por su parte, la tripulación de aviación naval, compuesta por piloto y copiloto, y tres técnicos e inspector de mantenimiento, tiene sus propias cosas en qué pensar. Por un lado, se consagraron hace un par de días como la primera tripulación de aviadores colombianos en volar con visores nocturnos en la Antártida. Que no se haya oscurecido del todo (durante la plenitud del verano austral) no impidió al capitán de corbeta Guillermo Alberto Fierro el interesante ejercicio de volar sobre témpanos fantasma en un extraño anochecer.

El helicóptero se ha comportado a la altura, como hizo durante la primera expedición. Es como si estuviera hecho para el frío. “La máquina rindió superbién porque a bajas temperaturas su rendimiento es mejor”, explica el capitán Fierro. “En cambio, cuando se vuela en altura entre cordilleras, es todo lo contrario. Allá, los límites del motor tienden a alcanzar su límite máximo, a pesar del frío que se pueda percibir, que entre otras no es nada parecido al que hemos sentido aquí”.

El tercer miembro del trinomio es la poderosa lancha cubierta tipo Defender, que prácticamente no ha parado de trabajar. Sus tres motores la impulsan velozmente junto a los hielos, y su casco de metal la protege de las filudas aristas del agua congelada.

(Vea aquí: Activista nada en la Antártida para pedir protección oceánica)

“Nosotros modificamos esta Defender”, dice el capitán de navío Ricardo Torres, doctor en ciencias del océano y coordinador científico de la expedición con orgullo de abuelo. “Donde normalmente lleva un armamento, le colocamos un instrumento, que es un transductor de una ecosonda multihaz. Y con este hemos podido hacer mapas del ciento por ciento del fondo de dos importantes bahías que cada vez reciben más buques turísticos en Antártida”.

En efecto, los hidrógrafos de Dimar, encabezados por el suboficial jefe Fernando Oviedo Barrero, han podido entregarse a mapear el fondo del estrecho de Gerlache en jornadas de hasta 10 horas, gracias al abrigo que les brinda la robusta lancha. Cada noche, a su regreso al buque, una compuerta en la popa se abre para halar la Defender hasta dejarla anidada en su propio nicho.

Al lado de la Defender están las modificaciones especiales que el astillero de la Armada, Cotecmar, hizo en el 20 de Julio para convertirlo en buque oceanográfico.

“Le colocamos toda una plataforma oceanográfica, unos winches especiales que nos permiten bajar equipos hasta los 2.000 metros de profundidad para conocer el comportamiento de masas de agua, corrientes, animales, nutrientes y otras variables a esas profundidades. También logramos colocar un contenedor laboratorio”, dice Torres. “Si a eso le sumamos el helicóptero, que otras veces no ha servido para la lucha contra el narcotráfico, ahora también nos sirve para la ciencia. En él podemos ver la Antártida desde el cielo, lo cual nos ayuda a identificar peligros para la navegación, y nos ha ayudado a hacer proyectos conjuntos con el programa antártico español”.

Allá en lo alto, observándolo todo, está el puente de gobierno, con sus navegantes, timonel y vigías. En una ocasión, los bauticé a todos como “vaqueros de los hielos”. Su propia curva de aprendizaje ha sido alta también. Gracias a los entrenamientos efectuados en los simuladores de la Escuela Naval Almirante Padilla y el antártico de la marina chilena en Valparaíso, han aprendido a sortear los traicioneros hielos gruñones, duros como piedras y filudos como escalpelos.

Aquí, el capitán Espinel monta guardia junto con todos los oficiales, algo que también es nuevo en esta navegación antártica. Entre todos se han convertido en verdaderos expertos del hielo y los mamíferos marinos.

“Nosotros estamos acostumbrados a unas aguas muy abiertas, muy azules, pero aquí hay una particularidad y es que hay cambios muy drásticos en las condiciones meteorológicas y eso hace que a veces tengamos momentos de muy baja visibilidad, de menos de 300 yardas”, me dice una tarde. “Eso requiere que el buque ponga más atención a cualquier obstáculo que le pase por delante, como hielos que no son muy grandes pero sí muy duros; requiere que la gente esté muy bien entrenada y que los radares estén muy bien calibrados”.

Según Espinel, no ver la oscuridad afecta mucho. “El cuerpo no descansa igual, y es necesario crear una disciplina completa: saber que si son las 7 de la tarde, no hay que mantenerse activo, porque uno al ver luz sigue queriendo trabajar, y eso va desgastando y se va notando en la capacidad de estar alerta a la hora de concentrarse en la navegación por el hielo”.

Tanto Espinel como Torres, y francamente toda la tripulación de este 20 de Julio, se muestran orgullosos de lo que se está logrando en esta expedición. No solo el buque ha respondido como se planeaba, sino que, unido a la ciencia, está labrando algo sin precedentes en el país. Por un lado, las relaciones diplomático-científicas con las muchas estaciones de investigaciones y bases militares que están abriendo sus brazos hacia el Programa Antártico Colombiano.

Y por otro, el hecho de que le hemos mostrado al mundo que Colombia desde el trópico también está conectada con la Antártida. Y que lo que suceda aquí nos puede afectar allá. El Programa Antártico Colombiano invita todos los años a las instituciones del país a proponer proyectos. Luego de esta convocatoria se aprueban unos proyectos que se desarrollarán a bordo del buque o en bases de países amigos. La agenda científica permite que se propongan proyectos de toda clase.

Enlazados por el frío dejamos a nuestro paso nuevos hilos tendidos en todas direcciones para el crecimiento científico, tecnológico, naval, estratégico, diplomático, educativo y potencialmente económico de Colombia. Y eso no es cualquier cosa.

ÁNGELA POSADA SWAFFORD
Especial para EL TIEMPO

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