El arte y la ciencia de no hacer nada

El arte y la ciencia de no hacer nada

Un investigador estadounidense demuestra que el ocio es clave para el desarrollo de nuestro cerebro.

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El ocio puede constituir el único camino verdadero al autoconocimiento, dicen expertos.

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123RF

03 de enero 2017 , 06:24 p.m.

Lo primero que necesita el músico Fernando ‘Nano’ Stern (31 años) para crear son un par de días “de no hacer nada”. Son 48 horas donde se desconecta del ruido, las reuniones y el ajetreo constante de sus giras. A diferencia de sus primeros años, hoy debe programar esos espacios en medio de una agenda cada vez más copada. “Se produce un proceso casi a un nivel químico: después de un rato de calma y silencio, empieza a emerger otro estado de creatividad”, confiesa. “Mis últimos proyectos han tenido que ver con salir de la ciudad, apagar el teléfono –importantísimo–, cortar el flujo de información constante y, sobre todo, mucho silencio. Desestimularme”.

Para el escritor Roberto Merino (55), el ocio tiene una “importancia fundamental”. En su libro Melancolía artificial (1997) habla de los momentos perdidos, esos donde empiezan a aparecer las especulaciones mientras uno está tirado en la cama sin hacer nada. “Me da la impresión de que ahí se filtran ciertas consideraciones metafísicas. Me gusta la acción y esas cosas, pero siempre estoy pensando en cómo liberarme y quedar en ese estado de neutralidad mental de no tener presiones por ningún lado”, dice. “De repente hay ciertas noches en que en vez de tomar un taxi, prefiero caminar. Y el paisaje por el cual uno va transcurriendo va estimulando ideas y asociaciones”.

Hace tres años, Sharon Novik (38, publicista) renunció a su cargo de gerente de marketing en una importante agencia de viajes. El empleo ya no le resultaba desafiante y tomó la decisión de dejar de trabajar un rato, tomárselo con calma y descubrir qué era lo que realmente quería hacer. En su experiencia como independiente, apoyó distintos proyectos desde el área comercial, asesoró a diversas agencias de publicidad y marketing y confirmó el valor de contar con tiempo libre. “Es donde se generan conversaciones interesantes con otras personas y se te abre la mente”, señala.

“En mis primeros ocho meses como independiente me dediqué a juntarme con un montón de gente de distintos mundos y edades. Me nutrí de un montón de ideas y pude construir mi propia idea de lo que quería hacer”, dice Novik.

La red de la creatividad

A pesar de ejercer disciplinas distintas, los tres casos anteriores coinciden en una cosa: la importancia de generar espacios de ocio en la rutina diaria no solo como una instancia de descanso para la mente, sino como una fuente para estimular la reflexión y la creatividad.

Una idea que desde hace varios años tiene una base científica y que inspiró al investigador estadounidense Andrew J. Smart a escribir el libro El arte y la ciencia de no hacer nada (Tajamar Editores). Basado en la evidencia de múltiples investigaciones, Smart postula que lo mejor que nos puede pasar es dedicar, al menos, dos horas al día a hacer absolutamente nada. “Quienes disponen de demasiado tiempo libre, tienden a deprimirse o aburrirse. No obstante, el ocio puede constituir el único camino verdadero al autoconocimiento”, dice.

Smart cuenta en su libro que el cerebro tiene una “red de estado de reposo” (RSN) o “red neural por defecto” (DMN, su sigla en inglés: default-mode-network), que se activa en nuestros momentos de ocio. Cuando el cerebro se encuentra en una condición de mínima demanda y no está concentrado en hacer una tarea específica, esta red se pone a trabajar a toda máquina. “Es la red que da sustento al autoconocimiento, los recuerdos autobiográficos, los procesos sociales y emocionales, y la creatividad”, señala.

“Cuando holgazaneamos se establece una red amplia e inmensa en el cerebro que empieza a enviar y recibir información entre las regiones que lo constituyen. Es como las mariposas: salen a jugar cuando hay quietud y silencio, pero ante cualquier movimiento abrupto se esfuman”.

El descubrimiento de la red neural por defecto fue un accidente de la ciencia. A mediados de los 90, un equipo dirigido por el neurocientífico Marcus Raichle, de la Universidad de Washington, en San Luis, hizo uno de los primeros estudios de mapeo cerebral mediante tomografía de emisión por positrones (PET).

El estudio consistía en que varias personas debían leer en voz alta las palabras que aparecían en un monitor de televisión (es decir, tenían que cumplir con una tarea específica). Acto seguido, comparó sus escáneres con los de sujetos que solo observaban un monitor de televisión en blanco. “Para mi gran sorpresa, un grupo de áreas del cerebro, las que al final fueron bautizadas como red neural por defecto, parecían reducir su actividad durante las tareas de lectura”, cuenta Raichle.

Hasta ese momento, los científicos creían que cuando el cerebro se encontraba en una condición de mínima demanda tenía un estado de poca actividad. Hoy se sabe que en nuestros momentos de ocio se genera una actividad muy singular, donde las regiones cerebrales se activan de manera sincrónica y dialogan entre sí. “Cuando uno está ocupado, haciendo una tarea o aprendiendo algo, el cerebro está con una demanda muy alta y no hay espacio como para producir asociaciones entre distintas regiones cerebrales”, señala José Luis Valdés, académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile e investigador del Instituto de Ciencias Biomédicas (ICBM). “Cuando esa demanda desaparece, no es que el cerebro se apague, sino que entra en un modo distinto, que es lo que llamamos ‘red por defecto’. Esta pareciera ser superimportante para que las personas puedan desarrollar la creatividad y la imaginación”.

En su libro, Smart cita estudios recientes que dicen que las generaciones más jóvenes muestran un alza en el coeficiente intelectual, pero que también su creatividad ha ido disminuyendo. ¿La razón? Todo apunta a que la extensión del horario laboral y de estudio, la sobrecarga de trabajo y las incontables horas destinadas a dispositivos digitales conspiran contra nuestros propios periodos de autorreflexión. “Al cerebro no le queda tiempo disponible para establecer nuevas conexiones entre cuestiones en apariencia inconexas, identificar patrones y elaborar nuevas ideas: en otras palabras, no le queda tiempo para ser creativo”, dice el autor.

Los riesgos de la multitarea

La red neural por defecto podría haber sido el caldo de cultivo para muchas de las ideas y obras más grandes de la historia. La famosa anécdota de la manzana de Isaac Newton, que dio origen a la teoría de la gravedad, surgió mientras el físico inglés descansaba relajado en una tarde templada en su jardín. Otros, como el poeta austriaco Rainer Ril-ke, sabían que dedicar tiempo a no hacer nada era fundamental para su proceso creativo.

“Incluso alguien tan prolífico como el escritor Charles Dickens hizo su trabajo en una ráfaga de aproximadamente cuatro horas diarias; pero también caminaba hasta 32 kilómetros al día”, cuenta Alex Soojung-Kim Pang, fundador de The Restful Company, una consultora de Silicon Valley que ayuda a las compañías a aprender los beneficios del descanso deliberado. “Él no necesitaba pasar más de cuatro horas al día en su escritorio para escribir Grandes esperanzas, pero necesitaba caminar”.

Hace tres décadas, el prestigioso especialista en neurociencias György Buzsáki descubrió un patrón específico en el hipocampo, la parte del cerebro responsable de la memoria. Este patrón se denomina ondulación de onda aguda y es el encargado de consolidar nuestra memoria reciente y fusionarla con el conocimiento ya existente. “El truco es que estas ondulaciones ocurren exclusivamente en estados en los que nuestro cerebro se ‘desconecta’, tales como el sueño, pero también cuando nos despertamos relajados, comemos o bebemos”, dice. “Muchos artistas y científicos creativos han notado que sus momentos creativos ocurren en una ‘zona crepuscular’, cuando las ondulaciones de onda aguda son abundantes”.

Con el auge de la tecnología y la distracción que generan dispositivos como los celulares, Smart plantea que la sociedad se encuentra dominada por empleos cuya característica fundamental reside en la multitarea; es decir, desempeñar numerosas labores secuenciales y cambiar con frecuencia de una a otra de acuerdo con un plan impuesto externamente. “El cerebro tiene la capacidad para responder a múltiples estímulos. Pero yo creo que en algún minuto se ve sobrepasado por la cantidad de información”, dice Valdés. “El cerebro está bien diseñado para poner todos los recursos neuronales en una cosa y hacerlo lo mejor posible; cuando empiezas a dividir el foco de atención, empieza a bajar el rendimiento de manera inevitable”.

Para las mentes más creativas, los espacios de ocio no solo permiten que el cerebro tenga un respiro, genere conexiones e incorpore la información que procesamos del mundo sensorial. También pueden servir para explorar las ideas en las que están trabajando. “Cuando damos un paseo, nadamos o hacemos otras actividades en automático, nuestras mentes, a menudo, vagan”, señala Pang.

“Al elegir actividades que promuevan la imaginería mental y minimicen las distracciones, y programándolas inmediatamente después de episodios de pensamiento duro, puedes empujar a tu mente errante a trabajar en problemas que han estado ocupando tu atención, y así incrementar las probabilidades de que tu subconsciente explore nuevas avenidas, probar ideas locas y llegar a ideas a las que tu conciencia no llegaría”, concluye Pang.

GUILLERMO TUPPER
GDA / EL MERCURIO (Chile)

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