¿Se acerca el final de los pitillos de plástico?

¿Se acerca el final de los pitillos de plástico?

Campañas ciudadanas piden no utilizarlos para disminuir la contaminación por plástico en océanos.

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Ante la tendencia de disminuir el consumo de plásticos desechables, empresas le apuesta a otro tipo de pitillos.

Foto:

Archivo particular

20 de agosto 2016 , 11:56 a.m.

Si los 500 millones de pitillos, que un solo día se producen en Estados Unidos, se amarraran como una larga vara, se lograría envolver a la Tierra 2,5 veces.

Este dato, que fue calculado por la iniciativa internacional El último pitillo plástico (The Last Plastic Straw), es una imagen que, aunque parezca ciencia ficción, evidencia cómo la producción y contaminación por residuos plásticos desechables en los ambientes marinos acumula cifras astronómicas año tras año.

Nada más en el 2015, según la ONG internacional Ocean Conservancy, que programa la jornada de limpieza de playas más grande en el mundo, se reunieron 18 millones de toneladas de basura en las playas del mundo.

En el listado de los objetos más colectados, el pitillo ocupa el quinto lugar (con cerca de 439.000 unidades encontradas en las playas) por debajo de las colillas de cigarrillo, las botellas de plástico, los empaques de comida y las tapas de botellas, que están en los primeros puestos respectivamente.

Estos tubitos de plástico, que tienen un tiempo de uso entre 10 y 20 minutos, pero cuyas partículas pueden navegar en las corrientes oceánicas por milenios, se han convertido en un problema global por su inadecuada disposición.

La gravedad del asunto ha llevado a que colectivos de ciudadanos de todo el mundo proclamen como su consigna ambiental: ‘Sin pitillo, por favor’ o ‘Mejor sin pitillo’. Son campañas en la que les piden a los ciudadanos cambiar sus hábitos de consumo.

Los colombianos ya no son ajenos a estos eslóganes que vienen calando en restaurantes locales, pero también en grandes cadenas como Frisby o Crepes & Waffles, empresas que, como parte de su responsabilidad social, le han apostado a disminuir el uso de los pitillos.

Sumados a las bolsas, tapas y otros desechos derivados del petróleo, estos utensilios son parte de los objetos que hoy tienen en jaque a los océanos.

Según cálculos de la investigación internacional ‘La nueva economía del plástico’, que elaboró el Foro Mundial Económico, en 30 años los mares tendrán más plástico que peces, si se tiene en cuenta que pesarán más las toneladas del material que de los mismos animales marinos.

A eso se le suma, como advirtió un equipo de investigadores de universidades en California (Estados Unidos) y Australia, que actualmente el 60 por ciento de todas las especies marinas tienen en sus intestinos rastros de ese material, según los resultados de la investigación que publicaron en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America.

Un invento moderno

¿Pero cómo un invento de uso tan simple como el del pitillo se convirtió en un objeto tan cuestionado?

El pitillo (popote o pajilla, como se le dice en otros países), tal y como se conoce en su versión plástica, se popularizó a comienzos de 1970, cuando quedó rezagada la versión en papel, que por mucho tiempo fue la de uso más extendido.

Sin embargo, este no es un invento del todo moderno. Vale la pena recordar que diferentes culturas –que van desde pueblos indígenas en América hasta poblados en la época de la civilización mesopotámica– utilizaron diferentes materiales derivados de la naturaleza para destilar o consumir cierto tipo de bebidas.

En tiempos recientes, según el Lemelson Center para el Estudio de la Invención y la Innovación, que hace parte del reconocido Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsoniano de Estados Unidos, el pitillo de papel fue un invento de Marvin Stone, un americano que tenía una fábrica de boquillas para cigarrillos y quien se cansó de los pitillos de centeno, que dejaban residuos en el vaso. Utilizó un lápiz, lo rodeó de papel y comenzó a diseñar el modelo del pitillo moderno. Patentó su creación en 1888 y en menos de dos años ya su empresa fabricaba más pitillos que los mismos soportes para cigarros.

En los años treinta, otro norteamericano, Joseph B. Friedman, se inventó la manera de doblarles la punta a los rígidos palillos y con eso creó los vistosos flexible straws, los pitillos flexibles, que son tan frecuentes en batidos, malteadas o sorbetes.

Los hospitales, donde los pacientes tenían dificultades para tomar directamente del vaso, fueron los primeros en tildar el invento de “sanitario” y beneficioso para “disminuir la propagación de enfermedades de contacto”.

Sin embargo, el gran salto de este invento fue hacia mediados de los años 60 y 70, cuando se popularizaron los elementos derivados del petróleo y se extendió en restaurantes y otros establecimientos los empaques desechables.
De la mano de este boom se creó toda una serie de diseños en modo de espiral y con creación de diferentes figuras a partir del tubo plástico, que fueron explotados por la publicidad como llamativos objetos de mercadeo.

No obstante, a medida que se empezaron a evidenciar los efectos nocivos para el medio ambiente por los desechos de plástico, no solo porque son derivados del petróleo –que en su explotación genera gases de efecto invernadero– sino por su contaminación en el océano, diferentes sectores ambientales comenzaron a crear campañas para concientizar a los ciudadanos sobre los riesgos de su uso excesivo y muchas veces innecesario.

Estos implementos estaban poniendo en peligro ecosistemas tan únicos como los de las tortugas marinas, que al confundir los pitillos con alimento u otro elemento natural terminaban con alguna unidad enterrada en sus narices.

Hace un par de años, Mariana Matijasevic y Clara Inés Pérez, dos profesionales antioqueñas, conscientes de lo que estaba pasando, dejaron atrás el uso de pitillos y redujeron por completo su gasto de desechables.

Ambas, integrantes del colectivo Ciudad Verde– que promueve el desarrollo sustentable en las ciudades– son las líderes de una campaña en redes sociales conocida como ‘Mejor sin pitillo’ que ya tiene más de 4.000 adeptos en Facebook.

La campaña ha logrado destacar la labor de cerca de 15 restaurantes en Medellín, que por iniciativa propia no ofrecen estos utensilios, con lo que se “disminuye al menos un 70 por ciento el consumo”, asegura Pérez.

Debate sobre la utilidad

Entre las preguntas más frecuentes en redes sociales sobre la campaña está la duda sobre qué tan higiénico es que se consuma directamente del vaso.

“Hay varios mitos. Un pitillo no es un filtro, si la preparación no es potable, el pitillo no te está salvando de nada. Y si es por la limpieza del vaso, las bacterias no están sentadas en el borde, si el vaso está infectado es todo por completo. El pitillo da la ilusión de que uno no está entrando con potenciales elementos contaminados, pero el pitillo no es garantía de asepsia”, critica Matijasevic.

Otro cosa piensa Carlos Alberto Garay, presidente de Acoplásticos, la asociación que agrupa a los productores de plásticos en el país. Según él, no se puede olvidar que la razón fundamental del pitillo “es la higiene y las condiciones para la salud de las personas”.

“Además, los pitillos aparecieron en el mundo como una forma de ahorro de agua, la que se utiliza para la limpieza de los vasos de vidrio”, argumenta.

De acuerdo con el médico Carlos Francisco Fernández, editor médico de EL TIEMPO, no existe evidencia científica de que los pitillos contribuyan efectivamente a la disminución de la propagación de enfermedades. Aunque, reconoce que son recomendables para los pacientes que por alguna razón tienen una limitación donde no pueden mover la boca o que, por el contrario, necesitan fortalecer algunos músculos faciales.

También, explica, que en algunos casos son utilizados para el destete del biberón en los niños, pero que no se necesita que el material de los pitillos sea plástico.

Menos consumo

Garay, el vocero mayor de Acoplásticos, acepta que “las campañas deben ir encaminadas a un consumo responsable, que lleve a la racionalización del uso y a propiciar el reciclaje”.

El dirigente asegura que se están adelantando esfuerzos para que los pitillos puedan ser colectados, molidos y nuevamente utilizados.

Sin embargo, como han analizado diferentes ONG, por la calidad volátil del material de los pitillos y las bolsas se hace fácil que se pierda, llegue a fuentes hídricas y, por tanto, contamine los ecosistemas marinos.

De hecho, según cálculos internacionales, menos del 5 por ciento del plástico se recicla.

Ahora, como explican las integrantes de la Ciudad Verde, el no consumo sí evidencia un cambio significativo. Por ejemplo, en pequeños restaurantes de Medellín se han dejado de utilizar hasta 155.000 pitillos al año y la cadena de restaurantes Frisby, que viene impulsando esta campaña en sus 222 tiendas, en tan solo un mes ha logrado disminuir el consumo de más de 120.000 unidades.

Colombia empieza a regular este material

A finales de abril de este año, el Ministerio de Ambiente anunció la primera regulación nacional sobre el uso de las bolsas plásticas.

El objetivo de la norma es que solo circulen bolsas de tamaño superior a 30 x 30 centímetros, que sean de un material con un calibre suficiente para soportar la carga definida y lleven un mensaje educativo que concientice a los consumidores de hacer un mejor uso de estos implemento.

Adicionalmente, las grandes superficies, farmacias y tiendas de cadena –establecimientos donde en principio regirá la medida– tendrán que ofrecer empaques en otros materiales como alternativas para llevar los productos.

Como parte de la campaña que se denomina ‘Reembólsale al planeta’, también se estableció que cada último viernes del mes se llevará a cabo una jornada de uso responsable en la que se invita a los consumidores a llevar su propio contenedor a los almacenes para ir creando un hábito que disminuya la vieja costumbre de pedir una bolsa plástica hasta para cargar un cepillo de dientes o una chocolatina.

LAURA BETANCUR ALARCÓN
Redactora de EL TIEMPO

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