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El orgullo se teje en Santander

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Circuitos de historia y cultura sobre el algodón y los Comuneros toman fuerza en este departamento.

La tarde cae en Charalá. Una lluvia ligera hace brillar el pavimento, y en el Museo del Algodón y del Lienzo de la Tierra, a tres cuadras del parque principal del pueblo, Mercedes Álvarez ejecuta una danza con sus pies que oprimen los cuatro pedales de madera del telar.

Tac, tac, tac, tac. Con su baile, Mercedes imparte las órdenes para que los 1.400 hilos de algodón se aprieten uno a uno y les den forma a los manteles que hoy está tejiendo. "Van a ser beige. Es el color natural del algodón después de hilado", explica esta mujer de 50 años recién cumplidos.

Ella trabaja desde 1996 en la Corporación de Recuperación Comunera del Lienzo (Corpolienzo), que se ha abierto un espacio en el circuito turístico de Santander, un departamento conocido por su oferta de deportes de aventura, como el rafting, el parapente y el rappel.

"Uno sabe que cualquier turista que viene a Charalá no se va sin visitar Corpolienzo", asegura Mercedes. En esta casa esquinera, además de apreciar el proceso del tejido, se puede entrar al Museo del Algodón y, por supuesto, comprar productos -todos elaborados con algodón orgánico y tintes naturales-, como ruanas, chales y mochilas.

Ahora, en esta zona del oriente colombiano la historia y la cultura toman fuerza para atraer visitantes. Esto ocurre en sitios como Charalá, donde las gentes, por cuyas venas corre la sangre de los indígenas guane, conocen el pasado de su pueblo, piedra angular de la libertad.

"Aquí nos sentimos orgullosos de José Antonio Galán y Antonia Santos, unos berracos que lucharon por nuestra tierra", declara Mercedes, una de las responsables de que la producción de telas artesanales, una tradición afianzada desde tiempos precolombinos en Santander, no haya desaparecido.

El carácter rebelde del pueblo santandereano se ha manifestado en luchas como la del charaleño Galán, líder de la revolución de los Comuneros, que fue ejecutado en Santa Fe de Bogotá en 1782 por las autoridades españolas; o la de Antonia Santos, la hacendada de Pinchote que organizó una guerrilla en la provincia del Socorro para combatir a los realistas y dio su vida por la Independencia en 1819.

Los pasos de la historia se pueden seguir más al norte del departamento, en Barichara, cuna de otro jefe comunero que usaba atuendos de lienzo, Javier Gómez. Su pueblo ha sido destacado como uno de los más bonitos del país.

El historiador Heriberto Silva Rancel refiere en su libro Retazos históricos de mi pueblo Barichara que el periodista Manuel Ancízar describió a la meseta sobre la que está la población como "formada por una masa continua de margas arenosas impregnadas en parte de óxido de hierro hasta el punto de aproximarse al ocre rojo".

Esos tonos arcillosos se observan en la tapia pisada de las fachadas, en los tejados de las casas, en las piedras que forran las calles y en muchas lápidas del cementerio, del mismo color de la Catedral de la Inmaculada Concepción, en un costado del parque principal.

El fique de Curití

Curití significa 'pueblo de tejedores' en lengua guane. En este pueblo se puede ver la producción artesanal del fique, en la Empresa Cooperativa de Fibras Naturales de Santander (Ecofibras).

Allí antes solo se fabricaban costales paperos, pero desde que nació Ecofibras, hace 16 años, los usos del fique se ampliaron. Ahora se sigue el mismo proceso de hace años, pero a las fibras se les agregan colores para convertirse en individuales, tapetes, manteles, etc. Aquí trabajan 22 personas y otras 44 desde sus casas. "Los guanes usaban el fique para hacer cordeles, amarrar animales y cargar cosas. Tenían muchos colgandejos en sus casas para colgar naranjas y otras frutas", afirma Sandra Estévez, directora del departamento comercial de Ecofibras.

Una granja autosostenible

Un delicioso yogurt de flor de Jamaica, tan espeso que se necesita una cuchara para no dejar nada en el vaso, es una de las delicias que se pueden probar en la Huerta Biológica, en la Mesa de los Santos.

Esta finca de 8 hectáreas nació como un proyecto agrícola, pero incursionó en el turismo hace unos cuatroaños. Allí los visitantes conocen métodos de producción de alimentos orgánicos, mientras caminan por los cultivos en los que crecen 52 variedades de hortalizas.

En la huerta, que también es hogar de paso de animales que han sido incautados, los niños se divierten viendo curíes, llamas, alpacas, avestruces, conejos, faisanes, pavos reales, ponys, ovejas y cabras, entre otros animales.

En este sitio se producen semillas propias semillas, se recicla el agua, se usan paneles solares y no existe la palabra desperdicio, pues lo que sobra en la huerta sirve para alimentar a los animales, cuyo excremento se convierte en abono.

Aquí también se consiguen kumis, cuajada, queso y unas tostadas de moringa oleolífera, un árbol que tiene 25 por ciento más proteínas que un huevo, 7 veces más vitamina C que una naranja y 3 veces más calcio que un vaso de leche, entre otras propiedades.

Juan Uribe
Enviado especial VIAJAR

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