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La historia de un hombre que desde los 22 años vive con un marcapasos

Por: LAILA ABU SHIHAB REDACTORA DE EL TIEMPO | 9:09 p.m. | 09 de Junio del 2011

Marcapasos

Juan Carlos Arenas lleva una vida normal con el marcapasos que regula su frecuencia cardiaca.

Foto: Héctor Fabio Zamora

El aparato eléctrico no solo le solucionó una grave enfermedad, sino que lo hace más feliz.

Si pudiera hacerlo, Juan Carlos Arenas les recomendaría a sus amigos que se implantaran un marcapasos para ser más felices.
Desde que se lo pusieron, el 28 de abril del 2004, siente que ya no se deprime por cualquier cosa, que disfruta más la vida, que se ríe con más ganas.

"Un día le pregunté a mi médico si era un video que yo me estaba armando o si tenía una explicación científica, y me dijo que sí, que con el marcapasos yo era químicamente más feliz. Esto es lo mejor que me ha pasado", cuenta, orgulloso.

Su enfermedad se llama bloqueo auriculoventricular congénito de tercer grado. En español, eso quiere decir que el estímulo eléctrico que hace que el corazón se contraiga no funciona. Mientras que, normalmente, el corazón de una persona palpita 60 veces por minuto, el suyo solo latía 40 veces.

Hay bloqueos de tres tipos y el suyo es el más grave. Ningún médico lo detectó cuando Juan nació ni en los años siguientes. Fue solo hasta cuando, ya adolescente, tuvo otra enfermedad, que se lo diagnosticaron.

Tenía 16 años. Buscó una segunda opinión y la encontró en su actual cardiólogo, un hombre que le confirmó, sin tapujos, que el suyo no era un corazón como el de la mayoría. "Me quedé con él porque es crudo, directo. Eso me gustó mucho".

Siguieron meses muy difíciles. "El lugar más seguro para estar es un hospital", le dijeron. Y tenía que esperar un año, hasta que le hicieran otro electrocardiograma con el que pudieran comparar los resultados iniciales. Entonces, tomó conciencia de lo que significa la expresión muerte súbita.

"Ese año caí en una depresión asquerosa. No podía mirar a mi papá a los ojos, porque me ponía a llorar. Tenía esa conciencia de mortalidad inmediata muy presente y eso no me daba paz mental.
Era imposible".

Sus gustos musicales cambiaron, de Shakira, a Draco Rosa y Dave Matthews. Así, recibió la noticia de que lo suyo era congénito y de que a los 30 años tendrían que implantarle un marcapasos. Hasta entonces, la vida debía ser lo más normal posible. En el colegio, lo eximieron de clase de educación física y lo obligaron a investigar sobre el corazón.

Cuando tenía 22 años y ya había entrado a estudiar Arte, el corazón le mandó una señal de alerta y lo operaron. Dice que sintió cerca la muerte: cuando corría el Test de Cooper, en el colegio, antes de que le detectaran la enfermedad, y ni siquiera podía terminarlo porque se sentía mareado, sin poder respirar; o cuando se tomó un medicamento para la gripa que le produjo taquicardia.

"A mí no me parece tenaz tener un marcapasos, me parece súper bonito. Ahora tengo una tendencia muy fuerte a disfrutar mucho lo sencillo: el café, el sol, un cuadro. Pendejadas por ese estilo".

Químicamente, Juan lo sabe, las ventajas de tener ese aparato en su cuerpo son enormes. Él compara sus días antes de la operación con su vida ahora, y el cambio es gigantesco. Habla como si fuera médico.

"El ritmo cardiaco aumenta y, por lo tanto, también la frecuencia con que se oxigena el corazón, y suben todos los niveles químicos, sobre todo cerebrales: los neurotransmisores, la noradrenalina y la serotonina. Eso quiere decir que desde que me implantaron el marcapasos, yo soy, químicamente hablando, más feliz. Y eso se nota. Nunca me he vuelto a deprimir como antes. Todo el mundo debería tener una vaina de esas".

"Además -cuenta-, es como un seguro de vida que siempre te acompaña. Es como tu segunda oportunidad, aunque esas palabras no me gustan. Si te vas a morir, 'el man' (el marcapasos) está ahí para apoyarte".

El día a día

Desde que se lo implantaron, Juan Carlos, sin darse cuenta, empezó a comprar camisetas que tuvieran manchas, logos o cualquier dibujo en la parte del cuerpo donde lo tiene puesto: arriba, a la izquierda. Se hizo amigo de la herida y se relacionó con "la cosa", como también le dice.

Él todavía tiene el que le pusieron hace siete años. "Me dijeron que duraría entre ocho y nueve, así que 'el man' todavía tiene batería (...). Lo que ocurre con esto es lo más divino. La primera vez, la operación dura como una hora. El médico te hace preguntas todo el tiempo. Abren la piel y hacen un bolsillo antes del músculo, donde te meten el marcapasos. Ahí cogen los cables y los empujan por la vena, de a poquitos, y tú los sientes recorriéndola".

Habla con fascinación de ese momento. "Uno siente cómo el marcapasos toma control sobre tu corazón, es impresionante".

Los que conocen a Juan saben que, a veces, en cualquier lugar, le puede dar por quedarse quieto. "Es un momento especial, siento mi corazón, las palpitaciones. Me gusta. Le tengo cariño a eso.
Todo esto me ha hecho más consciente. A veces, el pie se empieza a mover al ritmo del corazón. Es muy bonito".

También está el hábito de medirse el ritmo cardiaco. "Estoy por ahí, donde sea, paro y lo hago". Y en ocasiones le da por correr, cuando tiene un espacio abierto cerca, costumbre que adquirió en su periodo de recuperación en el hospital -cuando se lo implantaron-, dos semanas en las que no soportaba las ganas de salir corriendo cada vez que veía un pasillo.

Un día en su vida puede incluir rutinas extrañas. Si al mediodía, por ejemplo, debe entrar a un banco que tenga detector de metales, se preocupa. "Los imanes pueden hacer que se desprograme: se puede subir o bajar el ritmo; incluso, se puede apagar. Es muy peligroso".

Esas máquinas se multiplican hoy en aeropuertos y en las empresas, con el agravante de que muchos vigilantes lo obligan a pasar por ellas.

Sus jornadas no incluyen deportes en los que pueda recibir un golpe que haga salir el marcapasos. Afortunadamente, dice, nunca se obsesionó con el fútbol americano o con el boxeo.

Debe tener mucho cuidado cuando se enferma, porque tiene absolutamente prohibidos los medicamentos que produzcan taquicardias.

Por la noche, cuando llega la rumba, baila y se bebe sus cervezas o un par de whiskys, como cualquier joven de 29 años, pero no puede desordenarse en otros aspectos. Y, aunque tuviera permiso, no le dan ganas de hacerlo. "Me prohibieron cualquier tipo de droga alucinógena. Nunca he querido estar cerca de ese mundo, pero, aunque lo quisiera, no podría".

Tampoco puede montar a caballo, porque el movimiento, que hace que el cuerpo se contraiga y se expanda, podría desconectar los cables que van del marcapasos al corazón.

"La última vez que lo hice fue como a los 12 años, y me encantaría volver a hacerlo. También me fascina el café, pero no puedo tomarme 14 tazas, si se me diera la gana; aunque creo que a todo el mundo le pasa".

Tampoco puede tomar bebidas energizantes. Sin embargo, lo que más le preguntan cuando saben que tiene un marcapasos es cómo es su vida sexual.

"¿El sexo? Normal. Es lo mismo que cuando estoy haciendo ejercicio. Si se acelera el ritmo, pues lo regulo y no pasa nada. Claro, a veces, sin querer, te golpean ahí y duele mucho, porque el aparato se clava, es un metal que está adentro de ti y como que se entierra. Es incómodo".

Algunas novias, incluso, se han llegado a encariñar con el aparato, le hablan, lo tocan, lo consienten. Pero no fue fácil tener "una relación tan bonita" como la que hoy lleva con 'el man'.

Semana mundial del ritmo cardiaco

Entre el 6 y el 12 de junio se realiza la Semana Mundial del Ritmo Cardiaco, una campaña promovida por la ONG 'Arrhythmia Alliance' para mejorar el diagnóstico, el tratamiento y la calidad de vida de las personas afectadas por arritmias cardiacas. En el país, el lema que acompaña la campaña este año es 'Conocer tu pulso puede salvar tu vida'.

LAILA ABU SHIHAB
REDACTORA DE EL TIEMPO

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