Tecnología y biociencias: la era de los poshumanos

Tecnología y biociencias: la era de los poshumanos

La inteligencia artificial no solo promete personas sanas, sino mejoradas. ¿Qué peligros se abren?

Inteligencia artificial y biotecnología

La biotecnología ya permite la edición genética de seres humanos.

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Gerard Julien / AFP

06 de agosto 2017 , 09:47 p.m.

El sueño –un poco romántico, otro poco vanguardista y también posmoderno– de hacerse a uno mismo está cerca. El ser humano como creación de sí mismo puede dejar de ser una metáfora y pasar a ser tan literal como editarnos igual que un texto: saco una palabra, una oración, tal vez un párrafo que no me gusta, y lo reemplazo. Lo mejoro. Todo gracias a la biotecnología, que ya permite la edición genética de seres humanos: lo hicieron el año pasado, por primera vez en la historia, un grupo de científicos chinos.

El 28 de octubre de 2016 se le inyectaron células genéticamente modificadas a un paciente con cáncer pulmonar. Las razones fueron terapéuticas, pero el universo que se abre es abismante: ya no es solo sanar humanos, sino mejorarlos. “Se desvanece la frontera entre la naturaleza que ‘somos’ y la dotación que nos ‘damos’...”, dice el filósofo alemán Jürgen Habermas en ‘El futuro de la naturaleza humana’ (Paidós).

Sobre ese giro llama la atención el filósofo francés Luc Ferry en su libro ‘La revolución transhumanista. Cómo la tecnología y la uberización del mundo van a transformar nuestras vidas’ (Alianza), recién publicado en español.

Las “biotecnologías ya son capaces de modificar el patrimonio genético de los individuos, de la misma forma que llevan lustros modificando las semillas de maíz, arroz o trigo: esos famosos “transgénicos” que provocan la inquietud y la ira de los ecologistas”, escribe. “¿Hasta dónde se podrá llegar por este camino con seres humanos? ¿Podremos algún día (¿pronto? ¿ya?) ‘perfeccionar’ a voluntad un rasgo del carácter, la inteligencia, el tamaño, la fuerza física o la belleza de nuestros hijos, elegir el sexo, el color de los ojos o del cabello?”.

Ferry habla de una nueva ideología, el “transhumanismo”. Un concepto surgido en los años sesenta, retomado en los noventa y sobre todo a principios de este siglo, con defensores como el filósofo británico Max More y el intelectual estadounidense Ronald Bailey.

En términos simples, se trata de la transformación o automodificación de la condición humana gracias a las nuevas tecnologías,
cuestión vista por los transhumanistas como algo deseable, incluso libertario.

El resultado de dicho proceso serían individuos que podrían ser llamados poshumanos

El resultado de dicho proceso serían individuos que podrían ser llamados poshumanos. La idea ha sido criticada por intelectuales como Francis Fukuyama: “La primera víctima del transhumanismo puede ser la igualdad”, escribió en el 2004 en un artículo titulado ‘La idea más peligrosa del mundo’.

La respuesta de Bailey fue: “El único peligro real que plantea el transhumanismo es que tanto las personas de izquierda como las de derecha pueden encontrarlo mucho más atractivo que el bioconservadurismo reaccionario ofrecido por Fukuyama”.

La clase inútil

El año pasado, Google inauguró su nuevo edificio en Londres. Ante una audiencia de periodistas, empresarios y publicistas, el presidente de la empresa, Sundar Pichai, anunció que el norte de Google será la inteligencia artificial. En lo mismo están los otros leviatanes posmodernos: Facebook, Amazon, Apple, Microsoft y Baidu, invirtiendo millones de dólares en científicos que desarrollan los algoritmos que hacen de nuestras vidas un universo de datos cruzados.

Tal vez el caso más cercano de este nuevo norte sea, para nosotros, mortales, el traductor de Google. Si hasta mediados del año pasado una frase de Borges se leía en inglés más o menos como: “Uno no es lo que es para lo que escribe sino para lo que ha leído”, hoy el traductor entrega esta versión: “No eres lo que escribes, sino lo que has leído”.

¿Qué pasó? Pasó que Google le introdujo inteligencia artificial a la herramienta, y gracias a eso aprende –sí, aprende– mejor y más rápido. ¿La meta? Que la red neuronal artificial que hace funcionar al traductor logre reproducir la estructura del lenguaje humano.

En ‘Homo Deus. Breve historia del mañana’ (Debate), el historiador israelí Yuval Noah Harari, además de mostrar experimentos y avances científicos que ponen en duda la existencia del libre albedrío, augura, sin necesidad de tener mucha imaginación, que, aparte de los operarios y administrativos, también los corredores de bolsa, los médicos, los abogados, los profesores y hasta los científicos perderán sus trabajos gracias al avance de la inteligencia artificial.

Por otra parte, muestra que se están desarrollando nuevos credos, que reemplazarán al liberalismo. Son las “tecnorreligiones”. Y las divide en dos clases: “tecnohumanismo” y “dataísmo”.

El primero es más conservador, todavía cree que los humanos somos la cúspide de la creación y defiende algunos valores humanistas tradicionales. Por la descripción que da el autor, suena a transhumanismo: “El tecnohumanismo conviene en que el ‘Homo sapiens’, tal como lo conocemos, ya ha terminado su recorrido histórico y ya no será relevante en el futuro, pero concluye que, por ello, debemos utilizar la tecnología para crear el ‘Homo Deus’, un modelo humano muy superior”.

Es un ideal futurista, sí, pero que todavía gira en torno a los deseos y experiencias humanas. Sin embargo, hay otra religión, una que quiere cortar el cordón umbilical con el humanismo, que prevé un mundo en el que el origen del sentido y la autoridad no sean esos deseos y experiencias, sino los datos.

Escribe Noah Harari: “La religión de los datos sostiene ahora que todas y cada una de tus palabras y actos forman parte del gran flujo de datos, que los algoritmos te observan constantemente y que les importa todo lo que haces y sientes”.

Suena a ciencia ficción, pero también a Google, Facebook, a un ‘smartphone’ y a esas aplicaciones y algoritmos que nos dicen cómo evitar un taco, que nos recomiendan
qué comprar o nos sugieren que agreguemos como amigo a esa persona con la que nunca hemos hablado, pero con la que nos cruzamos todas las mañanas. O sea, más o menos lo que nos muestra la serie de televisión ‘Black Mirror’.

El asunto no es que se vaya a desarrollar una inteligencia artificial con conciencia, como nosotros; más bien se trata de que la inteligencia se está independizando de la conciencia. Y de que muchas personas nos podemos volver superfluas para el mercado laboral.

Noah Harari habla de la “clase inútil” y se pregunta: “¿Qué harán los humanos conscientes cuando tengamos algoritmos no conscientes y muy inteligentes capaces de hacer casi todo mejor?”. “¿Son en verdad los organismos solo algoritmos y es en verdad la vida solo procesamiento de datos?”. “¿Qué le ocurrirá a la sociedad, a la política y a la vida cotidiana cuando algoritmos no conscientes pero muy inteligentes nos conozcan mejor que nosotros mismos?”.

Las predicciones son menos una certeza sobre el futuro que una provocación para reflexionar sobre el presente. Quizá eso todavía lo podemos hacer.

JUAN RODRÍGUEZ M.
EL MERCURIO (Chile) – GDA

‘Los estados de conciencia no son fenómenos codificables’: Mike Wilson

Pienso que hay muchas paranoias y temores en cuanto a esto, peligros que son reales; otros, no tanto. Pienso que el peligro está en la creación de nanotecnologías que puedan funcionar como armas biológicas o en sistemas inteligentes que controlen mecanismos vitales o bélicos que puedan ser ‘hackeables’.

Hawking advierte que la creación de inteligencia artificial, IA, más inteligente que los humanos, resultará en el fin de la humanidad; sin embargo, esto es filosóficamente problemático cuando se intenta definir “inteligencia”.

En cuanto a la posibilidad de IA en el sentido más radical, o sea, que una máquina logre cobrar conciencia, tenga experiencias y volición, el problema deja de ser científico.

Tampoco es un tema de avance tecnológico. Varios filósofos argumentan en contra de la posibilidad de una máquina consciente, por el simple hecho de que los estados de conciencia no son fenómenos codificables.

Las máquinas bien podrían simular conductas pero, no podrían poseer conductas, ni voluntad ni autoconciencia

Por mucho que se pueda programar una máquina para que emule conductas inteligentes o imite emociones, esta no puede experimentar esos estados.

Sería correcto decir que una puerta automática detecta la presencia de una persona y se abre, pero sería una falacia decir que se abre porque percibe la presencia de una persona. Es decir, las máquinas bien podrían simular conductas pero, no podrían poseer conductas, ni voluntad ni autoconciencia.

Estos son estados epistemológicamente incognoscibles –metafísicos en el sentido filosófico–; derechamente no tienen cabida dentro del lenguaje.

Las máquinas responden a su programación, y su programación es un código, y el código es lenguaje. He ahí el fracaso. Quizá se pueda conjeturar un contexto en el que se incorpore ‘wetware’ (un componente biológico, como el sistema nervioso o el cerebro humano, homologable a un ‘hardware’ o ‘software’), pero, en un caso así, lo que hace el ‘wetware’ es independiente de un proceso de diseño tecnológico. No se justifica asignarle “artificial” a cualquier estado de conciencia o inteligencia que emerja de componentes biológicos.

* Mike Wilson es escritor y profesor en la Universidad Católica. En el 2012 editó el libro ‘Where is my mind? Cognición, literatura y cine’. (Cuarto Propio).

Adriana Valdés: ‘Lo humano depende también de la fragilidad’

La inteligencia artificial y la biotecnología abren perspectivas mareadoras, porque crean una situación en que la conciencia humana individual queda excedida, y puede ser que la conciencia humana colectiva también.

La inteligencia humana creó otra inteligencia más compleja, supuestamente a su servicio. Tal vez pueda con ella o tal vez no. Para poder con ella, la conciencia humana tiene que crecer muchísimo, abrirse a dimensiones de futuro que no están en sus parámetros actuales, pero que ya se anuncian.

El avance científico no ha ido acompañado de un desarrollo equivalente en el plano ético, y lo que llamamos “humano” puede quedar a merced de poderes mezquinos
, utilitaristas y de corto plazo. Es desastroso en un plazo más largo. La atención gubernamental y ciudadana suele carecer de perspectivas de futuro y estar sujeta a los vaivenes de lo inmediato. La rapidez de los cambios excede la capacidad de reflexión. Lamento pensar que cualquier declaración de derechos y deberes se aprobará cuando ya esté obsoleta, como pasa con la legislación sobre estos asuntos.

Tal vez sería del caso, frente a las extensiones de las capacidades de las personas, poner al día una definición de “lo humano” que abarque sus capacidades genéticas y las capacidades actuales y futuras creadas por la ciencia.

Ya somos todos un poco cyborgs . Eso de “quiero ser una máquina” lo dijo proféticamente Warhol en los sesenta.

También me pregunto si la noción de lo humano depende solo de la inteligencia. Me parece que depende también de la fragilidad y la caducidad, de una experiencia corpórea.

Los límites del cuerpo humano lo ponen en desventaja frente a las máquinas, pero el hecho de ser vivo, de la inventiva de la vida, de su plasticidad sorprendente, lo pone por encima de lo maquinal. Qué hacer: pensar en lo mejor que se pueda en estos límites paradójicos. No podemos seguir pensando lo mismo y de la misma manera, como si la cibernética no fuera ya parte importante de lo real.

* Adriana Valdés es vicedirectora de la Academia Chilena de la Lengua. Prepara un libro sobre tecnología y humanismo.

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